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sábado, 28 de junio de 2025

LA. HUÉRFANA

 


El carruaje acercóse a la comandancia. La gente habia reconocido la campanilla de Pugachov y corría en tropel tras de nosotros. Shvabrin recibió al impostor en el por che. Vestia como un cosaco y se había dejado crecer la barba. El traidor ayudó a bajar del trineo a Pugachovy con ruines expresiones mostraba su alegria y su solicitud.

jantes que prefiero beber e Dios quieral

asesinando y sal amo que picotear

no respondió. Los nuestros respectivos a melancólica canción; aba en el pescante. El lada... De pronto, apa-enclavada en la abrupta alizada y su campanario, y en el fuerte de Bielogorsk

Al verme quedó desconcertado, pero en seguida recobris su aplomo y, alargándome la mano dije: -Tú también eres de los nuestros? ¿Ya ers hora!

Le di la espalda sin responderle. Se me oprimió el corazón cuando entramos en la tan conocida estancia donde, como epitafio de tiempos pasa-des, colgaba aún en la pared el diploma del difunto co-mandante. Tomó asiento Pugachov en el mismo díván en que acostumbraba echar un suefiecito Iván Kuzmich, ador-mecido por las refunfuños de su esposa. Shvabrin mismo se encargó de servir vodka a Pugachov. Este bebió una copa e indicándome, le dijo:

-Sirve también a su señoria.

Shrabrin se acercó a mi con su ofrecimiento, pero, por segunda ver, le volvi la espalda. Parecia fuera de sí. Con su acostumbrada perspicacia, seguramente habia intuido que Pugachov se hallaba disgustado. Sintió temor ante él y a mi me miraba con recelo. Pugachov se informó sobre la situación del fuerte y de asuntos semejantes y, de sope tin, preguntóle:

-Dime, hermano, ¿qué muchacha es esa que tienes hajo vigilancia? Quiero verla.

Shvahrin quedó tan pálido como un muerto.

-Soberano dijo con voz tremula, Soberano, no

la tengo bajo vigilancia... está enferma..., acostada en su habitación.

-Conduceme ante ella -pidióle el impostor, levantándo-se de su sitio

No habia excusa posible. Shvabrin guió a Pugachov a la alcoba de Maria Ivanovna. Yo segui sus pasos

Shvsbrin se detuvo en la escalera.

-Soberanol-manifestó Puede exigirme lo que gus-
 
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EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS

 



Hasta ahora mis fuerzas han tenido suerte. Con el tiempo, puede ser que me dirija a Moscú.

¿Proyectas entrar en Moscú?

El impostor quedóse pensativo y dijo, luego, a media VOZ:

Sólo Dios lo sabe. Mi sendero me resulta estrecho; mi albedrío no es del todo libre. Mis muchachos quieren pasarse de listos. Son unos ladrones. Debo mantener los ojos bien abiertos, pues al primer fracaso son capaces de comprar su cuello con mi cabeza.

-¡Seguro! -le respondí-. ¿No sería mejor que te apar-taras de ellos, antes de que sea demasiado tarde, y te aco-gieras a la indulgencia de la soberana?

Pugachov sonrióse amargamente.

-No-respondió-, ya es tarde para arrepentimientos.

No habrá perdón para mí. Seguiré como he empezado. ¿Quién sabe? ¡Puedo tener suerte! Grisha Otriepev tam-bién reinó en Moscú!

-Pero ¿sabes cuál fue su final? ¡Le arrojaron desde una ventana, le degollaron, le quemaron y sus cenizas fueron aventadas con un cañón!

-Escúchame-dijo Pugachov, poseído de una especie de salvaje inspiración. Te voy a contar un cuento que me relató en mi infancia una anciana kalmika. Cierta vez, el águila preguntó al cuervo: "Dime cuervo, ¿por qué vives en este mundo trescientos años y yo solamente trein-ta y tres?". "Porque tú, padrecito -respondióle el cuer-vo-, te alimentas de sangre, y yo de carroña". El águila lo pensó, y se dijo: "Voy a hacer la prueba, y me alimentaré con lo mismo que él." Así es que el águila voló tras el cuervo y se encontraron un caballo muerto y se posaron encima de él. El cuervo empezó a picotear profiriendo alabanzas. El águila picó una vez, la segunda, agitó las
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alas y dijo al cuervo: "No, hermano cuervo, jantes que alimentarme trescientos años con carroña, prefiero beber una sola vez sangre caliente, y que sea lo que Dios quiera!" ¿Qué te ha parecido el cuento kalmiko?

-Ingenioso -le respondí. Pero vivir asesinando y sal-teando los caminos, para mí es lo mismo que picotear carroña.

Pugachov me miró asombrado y no respondió. Los dos guardamos silencio, sumidos en nuestros respectivos pensamientos. El tártaro entonó una melancólica canción; Savielich, adormilado, se balanceaba en el pescante. El carruaje volaba por la llanura helada... De pronto, apa-reció ante mi vista la aldehuela enclavada en la abrupta orilla del río Yaik, con su empalizada y su campanario, y al cuarto de hora entrábamos en el fuerte de Bielogorsk.
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EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS

 




vido Dios que nos encontremos. Venga, siéntate en el pescante.


¡Gracias, señor; gracias, padre míol decía Savielich mientras se acomodaba-. Que Dios te conceda cien años de vida por recoger a este viejo y darle sosiego. Toda la vida rezaré a Dios por ti y jamás volveré a recordarte el capote de piel de liebre.


El dichoso capote de piel de liebre pudo muy bien pro-vocar la ira de Pugachov. Mas, felizmente, o no le oyó el impostor, o desdeñó la inoportuna alusión. Los caballos galopaban; la gente deteníase en las calles, saludando con reverencias. Pugachov devolvía el saludo con movimientos de cabeza a ambos lados. En seguida dejamos atrás la aldea y nos lanzamos por un camino llano.


No es difícil imaginar lo que sentía en aquel momento. No habrían de pasar muchas horas, y de nuevo me hallaría junto a la que había desesperado de volver a ver. Me supuse lo que iba a ser nuestro encuentro.. También pensaba en el hombre en cuyas manos estaba mi porvenir y al que, por un extraño conjunto de circunstancias, ha-llábame vinculado. ¡Recordé la instintiva crueldad, los hábitos sanguinarios del que se había ofrecido como li-bertador de mi amada! Pugachov no sabía que ella era la hija del capitán Mironov; el enfurecido Shvabrin podría descubrirlo todo; Fugachov podría conocer la verdad por cualquier otro conducto... ¿Qué sería, entonces, de María Ivanovna? Sentíame inundado por una ola de frío y los pelos se me ponían de punta


Pugachov detuvo mis pensamientos, abordándome con una pregunta:


-¿En qué piensa su señoría?


-¡Cómo no voy a pensar! le respondí. Soy oficial

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y noble; ayer aún luchaba contra ti; hoy viajo en tu com pañía y la felicidad de toda mi vida depende de ti


-¿Y qué añadió Pugachov. ¿Te asusta?


Le respondi que ya había sido indultado una vez p él y que confiaba no solo en su gracia, sino también en zu ayuda.


-Y tienes razón, ¡como hay Dios, que tienes razie! -exclamó el impostor. Has visto que mis muchachos te miraban con malos ojos; el viejo, insistia hoy mismo en que eres un espia y que había que darte tormento y onl garte; pero yo -agregó, bajando la voz para que ni Se vielich ni el tártaro pudieran oirle, recordando tu vase de vino y tu capote de piel de liebre, no he podido estar de acuerdo. Como puedes ver, no soy tan sanguinario como me pinta tu gente.


Recordé su estancia en el fuerte de Bielogorsk; perm no consideré atinado discutir con él, y no le respondi ni una palabra.


-¿Qué dicen de mi en Orenburg? -preguntóme Pa gachov después de un corto silencio.


-Dicen que es dificilillo entenderse contigo; te has dado bien a conocer.


El rostro del impostor expresaba el halago de su amor propio.


-¡Síl -manifestó alegremente. Peleo como es debido ¿Conocen en Orenburg la batalla cerca de Yuseiev? Cua-renta generales muertos y cuatro ejércitos hechos prisio-neros. ¿Crees que el rey prusiano podría competir conmigo?


La jactancia del bandido resultábame divertida.


-Y tú mismo, ¿qué crees? -le pregunté. ¿Acabarias con Federico?


-¿Con Fiodor Fiodorovich? ¿Por qué no? Estoy derre-tando a vuestros generales, que antes le vencieron a el


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EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS



Dejen de discutir. No sería una desgracia si todos los perros orenburgueses estiraran los pies bajo una misma viga; pero si lo sería si nuestros galgos empiezan a darse dentelladas unos a otros. Venga , reconciliense.


lopusha y Bieloborodov no pronunciaron una palabra mas, pero miráronse sombríos. Vi la necesidad de variar de tema, pues el asunto podría acabar desfavorablemente para mí, y, dirigiéndome a Pugachov, dije con aire jovial: -¡Oh, se me olvidaba darte las gracias por el caballo y por el capote! Si no hubiera sido por ti, no habria po dido llegar a la ciudad y me habría helado en el camino. Mi ardid dio resultado. Pugachov se animó.


-Amor con amor se paga-dijo haciendo un guiño y entornando los ojos. Cuéntame ahora qué es lo que tienes que ver con esa muchacha, a la que Shvabrin in-juria. ¿No será la bienamada de tu tierno corazoncito? ¿Eh?


-Es mi prometida contesté a Pugachov, notando el favorable cambio de tiempo y considerando que no tenía por qué ocultarle la verdad.


-¡Tu novial-gritó Pugachov. ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Te casaremos y nos divertiremos en tu bo-dal -Después le dijo a Bieloborodov: ¡Oye, mariscal! Su señoría y yo somos viejos amigos; sentémonos a cenar; lo consultaremos con la almohada y mañana veremos que hemos de hacer con él.


Ganas me dieron de rehusar la invitación, pero no lo creí oportuno. Dos jóvenes cosacas hijas del dueño de la isba, cubrieron la mesa con un blanco mantel, trajeron pan, sopa y varias garrafitas de vino y cerveza y por segunda vez, encontréme de comensal con Pugachov y con sus ho-rribles camaradas.


La orgía, de la que fui testigo involuntario, se prolongó

 

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hasta altas horas de la noche. Finalmente, la embriagus dominó a mis compañeros de mesa. Pugachov se adormila en el asiento; sus compinches se levantaron indicándome que debía dejarle solo. Sali con ellos. Por orden de llo pusha me llevó un centinela al cuerpo de guardia, donde se hallaba mi Savielich, quedando los dos encerrados. El preceptor estaba tan aturdido por cuanto había pasado. que no me hizo ninguna pregunta. Se acostó en un rin cón oscuro y durante largo rato no hizo más que gemit y quejarse, hasta que empezó a ronear; yo me entregué a mis cavilaciones, que me impidieron pegar el ojo en toda la noche.


A la mañana siguiente vinieron en mi busca por man dato de Pugachov. Me presenté en su alojamiento. A h puerta había un trineo enganchado a tres caballos tártaros El gentío ocupaba la calle. Encontré a Pugachov en el zaguán; llevaba indumentaria de viaje, pelliza y gormo kirguiso. Le rodeaban los compañeros de la víspera con un aire de servilismo que contradecía todo lo que observé el día anterior. Pugachov me saludó cordialmente, indi-cándome que me sentara con él en el carruaje.


Nos sentamos.


-¡Al fuerte de Bielogorsk! -ordenó Pugachov a un cor-pulento tártaro que nos iba a servir de cochero.


Mi corazón latía violentamente. Los caballos arranca-ron, sonó la campanilla y el trineo adquirió velocidad...


-¡Detente! ¡Detentel -oyóse una voz harto conocida para mí. Era Savielich, que corría a nuestro encuentro. Pugachov hizo detener el coche-. Padrecito Piotr An dreich! -gritó el preceptor-. No me abandones a la vejet entre todos estos truha...

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EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS





 ronca. Te precipitaste designando a Shvabrin comandan-te del fuerte, y ahora te apresuras dictaminando su ejecu ción. Ya has ofendido a los cosacos, imponiéndoles como jefe a un noble; no atemorices a los nobles ajusticiando a uno de ellos a la primera denuncia


-¡No hay que compadecerse de ellos ni recompensaries! -dijo el viejecillo de la cinta azul. No sería un desatino ahorcar a Shvabrin; pero tampoco estaria mal interrogar debidamente al señor oficial para saber a qué ha venido. Si no te reconoce como soberano, no tiene por qué acudir a ti en demanda de justicia; y si te reconoce, ¿por qué ha permanecido hasta hoy en Orenburg entre tus enemigos? No estaría mal que permitieras llevarle al cuerpo de guar-dia y organizar allí el baile: barrunto que su señoria nos ha sido enviado por los jefes orenburgueses.


La lógica del desalmado viejo se me antojó harto con-vincente. Un frío helado recorrióme todo el cuerpo al pensar en qué manos había caído. Pugachov advirtió mi turbación.


-¿Que, vuestra señoría? -dijo, acompañando sus pala-


bras de un guiño. Parece que mi mariscal habla con sensatez. ¿Cuál es tu opinión?


La chanza de Pugachov me ayudó a recuperar el ánimo. Le respondí tranquilamente que estaba en su poder y que podría hacer conmigo lo que quisiera.


-Bien -respondió Pugachov. Ahora, dime en qué si-tuación se encuentra vuestra ciudad.


-


Gracias a Dios-respondí-, todo va perfectamente.


-¿Perfectamente? -repitió Pugachov-. ¡Y la gente se


muere de hambre!


El impostor decía la verdad; pero yo, cumpliendo mi deber, les aseguré que se trataba de rumores infundados y que en Orenburg había abundancia de viveres


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-Ya lo ves -intervino el viejo, te está engañando en tu propia cara. Todos los evadidos concuerdan al decir que en Orenburg sufren hambre y peste, que comen ca. rroña, y gracias; y su señoría asegura que hay de todo. Si quieres colgar a Shvabrin, cuelga también, en la misma horca, a este galán, para que ninguno sienta envidia.


Me dio la impresión de que las palabras del maldito viejo hacían vacilar a Pugachov. Mas, por fortuna, Jlo-pusha empezó a contradecir a su camarada.


-Basta, Naumich le dijo. Tú todo lo arreglas con ahorcar o degollar. ¿Qué clase de héroe eres? No hay más que ver la envoltura en que va enfundada tu, alma Estás ya con un pie en la sepultura, y únicamente piensas en empujar a otros a ella. ¿Es que no tienes suficiente san-gre sobre tu conciencia?


-¿Cómo te has vuelto tan condescendiente? -contestó Bieloborodov. ¿De dónde te ha surgido tanta piedad?


-Es verdad -respondió Jlopusha, yo también he co-metido pecados y esta mano (apretó su huesudo puño y arremangándose mostró su brazo peludo) ha derramado sangre cristiana. Pero yo he matado a enemigos, y no a invitados; en la libre encrucijada y en el oscuro bosque, que no es lo mismo que en casa, sentados ante la estufa; con el garrote y con el mazo, pero no con charlas de comadres.


El viejo se volvió, mascullando estas palabras:


-¡Narices andrajosas!


-¿Qué es lo que gruñes, trasto viejo? -gritó Jlopusha-Te voy a dar "narices andrajosas"; espera, que ya llegará tu hora; como Dios lo permita, aún has de olfatear las te-nazas Pero, mientras tanto, ¡procura que no tenga que arrancarte la barba!


-¡Señores generales! -exclamó gravemente Pugachov.


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EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS

 


campesinos. Estaba alumbrada con dos velas de sebo y las paredes aparecian cubiertas con papel de color de oro, sin embargo -los bancos, la mesa, el lavamanos colgado de una cuerda, la toalla pendiente de un clavo, el atizador del fuego en un rincón y el amplio fogón lleno de puche ros- todo recordaba a una isba vulgar. Pugachov hallábase sentado bajo las imágenes, con su caftán colorado, el alto gorro y con sus brazos en jarras en altivo porte. De pie, su lado, estaban algunos de sus camaradas de más impor tancia, con aspecto de falso servilismo. Se advertia que la Ilegada de un oficial desde Orenburg habia despertado viva curiosidad entre los sublevados, quienes se disponían a recibirme con toda solemnidad. Pugachov me reconoció al primer golpe de vista. Su simulada gravedad desapare ció al instante.

-¡Ah, vuestra señoría! -exclamó con viveza, ¿Cómo estás? ¿Cómo te ha traído Dios por aquí? Le respondi que viajaba por asuntos particulares y que

su gente me había detenido.

-¿De qué asuntos se trata? -añadió.

No sabía qué responderle. Creyó que yo no quería ex plicarme ante testigos, y ordenó a sus camaradas que sa-lieran. Todos obedecieron, excepto dos de ellos, que no se movieron del sitio.

-Habla francamente ante éstos-me dijo Pugachov no les oculto nada.

Miré de reojo a los cómplices del impostor. Uno de ellos, un enjuto y encorvado viejecillo de canosa barba, no llevaba sobre si nada de notable, a no ser una cinta azul que le cruzaba el hombro sobre su chamarra gris. Pero en la vida olvidaré a su camarada. Era de elevada estatura, corpulento y de anchos hombros, de unos cua renta y cinco años, según calculé. Su espesa y pelirroja
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barba, los grises y brillantes ojos, la nariz sin ventanas y la frente y los carrillos salpicados de manchas rojizas, con ferían, a su abigarrado y ancho rostro, una expresión in explicable. Vestía camisa roja, bata kirguisa y pantalones cosacos. El primero (como más tarde supe) era el capo-ral fugitivo de Bieloborodov; el segundo, Afanasi Sokolov (alias Jlopusha) 1, un delincuente deportado que habíase fugado tres veces de las minas de Siberia. A pesar de los sentimientos que me absorbían y me inquietaban por com pleto, la compañía en la que inesperadamente me encontré logró distraer considerablemente mi imaginación. Puga.

chov me hizo volver a la realidad con su pregunta: -Di, ¿qué asunto te ha hecho salir de Orenburg?

Una idea singular me vino a la cabeza: me pareció que la Providencia, que por segunda vez me había guiado hasta Pugachov, brindábame la oportunidad de realizar mi proyecto. Determiné aprovecharla y, sin meditar bien mi decisión, respondí a la pregunta de Pugachov:

-Iba al fuerte de Bielogorsk para liberar a una huér fana, a quien allí están ofendiendo.

Los ojos de Pugachov relampaguearon.

-¿Cuál de mis hombres se atreve a maltratar a una huérfana? -gritó-. Por muy listo que sea, no escapará a mi justicia. Dime, ¿quién es el culpable?

-Shvabrin -respondí. Tiene secuestrada a aquella

muchacha que viste enferma en casa de la popesa, y la quiere obligar a que se case con él.

-Yo escarmentaré a Shvabrin-dijo amenazadoramen-te-. Va a saber cómo trato a los indisciplinados y a los que ultrajan al pueblo. Le ahorcaré.

-Permíteme una palabra -intervino Jlopusha con voz  6


EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS


uno de los habitantes de la ciudad por carecer de medios para seguir alimentándolo. Nos aproximamos a las puertas de la ciudad; el guardia nos cedió el paso y salimos de Orenburg.

Anochecía. Mi ruta pasaba cerca de la aldea de Bierd, que era el refugio de Pugachov. El camino estaba cu-bierto por la nieve, pero por toda la estepa apreciábanse las huellas de las pisadas de los caballos, diariamente re-novadas. Cabalgaba al trote y Savielich apenas podía seguirme a distancia y, frecuentemente, me gritaba:

-Más despacio, señor, por amor de Dios, más despacio. Mi maldito rocín no puede seguir a tu demonio de patas largas. ¿Por qué corres tanto? ¡Si fuéramos a un ban-quete, pero con lo que podemos encontrarnos es con un porrazo en la cabeza!... ¡Piotr Andrejch... padrecito Piotr Andreichl... ¡No me mates! ¡Dios todopoderoso, este muchacho corre hacia su perdición!

Pronto vimos brillar las luces de Bierd. Nos acercamos a los barrancos, que eran las fortificaciones naturales de la

layar felizmente la aldea, cuando en la oscuridad, delante de mí, divisé a cinco campesinos armados con garrotes:

aldea. Savielich no se quedó a la zaga, aunque repetía sin cesar sus súplicas quejumbrosas. Yo confiaba en sos-eran los centinelas de vanguardia del feudo de Pugachov. Nos dieron el alto. Como no sabía el santo y seña, intenté silenciosamente pasar de largo; pero en el acto nos cer-carón, y uno de ellos tomó mi caballo por la brida. Agarré

el sable y le aticé un golpe en la cabeza; su gorro le salvó, aunque tambaleándose y soltó la brida de la mano. Los otros huyeron desconcertados; aproveché el momento, es

poleé el caballo y salí a la carrera. La oscuridad de la cercana noche me libraría de cual-quier peligro, pero advertí que Savielich no estaba con-
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migo. El pobre viejo, con su caballo cojo, no pudo eva dirse de los bandidos. ¿Qué hacer? Esperé unos cuantr minutos y, convencido de que había sido apresado, volvi grupas para acudir en su ayuda.

Al volver al barranco pude oir, a cierta distancia, varios gritos, alboroto y la voz de mi Savielich. Aceleré la mar-cha y halléme de nuevo entre los campesinos centinelas que minutos antes me habían detenido. Rodeaban a Sa vielich. Habían arrojado al viejo de su caballo dispo níanse a amarrarle. Mi llegada los regocijó. Vociferando se lanzaron sobre mí y, en un abrir y cerrar de ojos, me tiraron de mi montura. El que parecía el jefe nos anunció que nos llevaría inmediatamente ante el soberano.

-Y nuestro padrecito añadió decidirá si les hemos de colgar ahora, o si hemos de esperar a que amanezca.

No opuse resistencia; Savielich siguió mi ejemplo y los centinelas nos escoltaron triunfantes.

Atravesamos el barranco y entramos en la aldea. En todas las isbas brillaban las luces, por todas partes reinaba el bullicio y resonaban los gritos. Por las calles transitaba numerosa gente; gracias a la oscuridad, nadie se fijó en nosotros y nadie pudo reconocer en mí a un oficial oren-burgués. Nos encaminaron directamente a una isba situada en la esquina del cruce de dos calles. Ante su puerta había varias barricas de vino y dos cañones.

-Este es el palacio -dijo uno de los campesinos-; ahora los anunciaremos.

Entró en la isba. Miré a Savielich y vi que el viejo se persignaba orando en voz baja. Tuve que esperar largo rato; por fin, salió el campesino y me dijo:

-Entra. Nuestro padrecito ha ordenado que se pre-sente el oficial.

Pasé a la isba, o al palacio, como lo denominaban los

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EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS

 

Después de dejar al general me encaminé apresurada-mente a mi alojamiento. Savielich me recibió con uno de sus acostumbrados sermones.

-¡Buenas ganas tienes, señor, de ajustar cuentas con bandidos borrachos! ¿Acaso es esa una ocupación de ca-balleros? Cuando menos lo pienses, te perderás sin pena ni gloria. Si lucharas, al menos, contra turcos o suecos; pero, hasta es pecado decir contra quienes te peleas.

Corté su plática preguntándole

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-¿Cuánto dinero me ha podido quedar?

Bastante respondió con aire satisfecho, por más que rebuscaron los truhanes, yo pude esconderlo a tiempo. Y, con estas palabras, extrajo del bolsillo una larga bol. sa de punto, repleta de plata.

-Bien, Savielich le dije, entrégame la mitad y qué date con el resto. Marcho para el fuerte de Bielogorsk -¡Padrecito Piotr Andreich! -exclamó mi buen precep-

tor con voz temblorosa. Reflexiona, ¡cómo vas a ponerte en camino en estos tiempos, cuando no se puede ir a nin guna parte por culpa de los bandidos! Compadécete, por lo menos, de tus padres, ya que no tienes piedad de ti mismo. ¿Adónde tienes que ir? ¿Para qué? Aguarda un poco: llegarán tropas y atraparán a los malechores; en-tonces podrás viajar por los cuatro puntos cardinales.

Pero mi decisión era inquebrantable.

-Ya es tarde para reflexionar contesté al anciano-. Tengo que ir, no queda otro remedio. ¡No te aflijas, Sa-vielich; Dios es misericordioso, y quizá volvamos a vernos! No tengas reparos y no seas tacaño. Compra lo que ne-cesites, aunque sea caro. Ese dinero te lo regalo. Si den-tro de tres días no he regresado...

-Pero ¿qué dices, señor? me interrumpió Savielich-. ¡Que te deje ir solo! Ni en sueños me lo pidas. Si has resuelto hacer el viaje, iré tras de ti, aunque sea a pie; no pienso abandonarte. ¡Cómo voy a quedarme sentado al cobijo de la muralla sin til ¿Es que piensas que me he vuelto loco? Como quieras, señor, pero no me separaré de ti.

Sabía que con Savielich era inútil discutir, y le auto-ricé para que hiciese los preparativos para el camino. Al cabo de media hora montaba en mi magnífico caballo, y Savielich en un rocín flaco y cojo, que le había regalado

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EL ASEDIO DE LA CIUDAD

 

El general miróme fijamente, suponiendo que, quizá, me habría vuelto loco (en lo que apenas se equivocó).


-¿Cómo? ¿A liberar el fuerte de Bielogorsk? -dijo fi-nalmente.


-Le respondo del éxito contesté con ardor. No tiene más que darme su consentimiento.


-No, joven -negó con un movimiento de cabeza-. A una distancia tan considerable el enemigo podría cortar fácilmente vuestras comunicaciones con el punto estraté-gico principal, y lograr sobre vosotros la victoria. El corte de las comunicaciones..


Me intranquilicé viéndole enfrascado en disquisiciones militares, y apresuréme a interrumpirle.


-La hija del capitán Mironov-dije- me ha escrito una carta; en ella reclama ayuda, pues Shvabrin intenta for-zarla a que se case con él.


-¿Es posible? ¡Oh, ose Shvabrin es un grandísima Schelm¹, y como caiga en mis manos, ordenaré que le juzguen en veinticuatro horas y le fusilaremos en el para-peto del fuerte; pero, por ahora, es preciso armarse de paciencia


-Armarse de paciencial-grité fuera de mí ¡Y, mien-tras tanto, que se case con María Ivanovnal


-¡Oh! -respondió el general. Eso no constituye nin-guna desgracia: por ahora le conviene convertirse en la esposa de Shvabrin para que éste la proteja; y cuando le fusilemos, que Dios lo permita, ya le surgirán a ella otros pretendientes. Las viuditas lindas, no se quedan soltero-nas; o sea, he querido decir, que una viudita siempre encuentra marido antes que una soltera.

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¡Prefiero la muerte, que cedérsela a Shvabrin! -ex-clamé furioso.


-¡Vaya, vayal -respondió el viejo. Ahora comprendo: por lo que se ve, estás enamorado de María Ivanovna. ¡Ah, eso es otra cosa! ¡Pobre muchacho! Pero no puedo, a pesar de todo, darte una compañía y medio centenar de cosacos. Esa expedición sería una imprudencia y no puedo cargar con semejante responsabilidad.


Incliné la cabeza dominado por la desesperación. Y, de pronto, una idea cruzó mi cerebro. En qué consistía, podrá conocerlo el lector en el próximo capítulo, como decían los antiguos novelistas. hoja 10

EL ASEDIO DE LA CIUDAD

 


tropecé con un cosaco que habiase rezagado de sus cama-radas, me disponía a golpearle con mi sable turco, cuando él, despojándose del gorro, me gritó:

Buenos dias, Piotr Andreich! ¿Cómo está?

Reconoci a nuestro cabo y me alegré al verte.

-Buenos dias, Maximich -le contesté. ¿Hace mucho que saliste de Bielogorsk?

-No, padrecito, ayer vine de alli. Tengo una carta para usted.

-¿Dónde está? -grité sobreexcitado.

-La tengo aquí-respondió Maximich, echándose mano al pecho. Le prometí a Palasha que haría lo posible por entregársela a usted.

Me dio un papelito doblado y, sin más, partió al galope. Lo desdoblé y, trémulo de emoción, lei las siguientes lineas:

"Dios ha querido privarme a un mismo tiempo de padre y de madre. No tengo en el mundo parientes ni protec-tores. Me dirijo a usted, porque sé que siempre ha deseado mi bien, y porque en todo momento se halla dispuesto a ayudar a quien sea. Ruego a Dios que esta carta llegue a su poder! Maximich ha prometido entregársela, pues le ha dicho a Palasha que le ha visto a menudo, desde lejos, durante las escaramuzas, y que usted no observa pruden-cia alguna, sin pensar en quienes rezan a Dios por usted, con lágrimas en los ojos. He estado enferma durante largo tiempo; cuando me repuse, Alexei Ivanovich, que ahora gobierna el fuerte en el puesto de mi difunto padre, obligó al padre Guerasim a que me entregara a él, amenazándole con Pugachov. Vivo en nuestra casa sometida a vigilancia. Alexei Ivanovich intenta forzarme a que me case con él Dice que me ha salvado la vida al encubrir el engaño de Akulina Pamfilovna quien, al parecer, dijo a los bandidoš
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que era su sobrina. Para mí habría sido más fácil la muerte que convertirme en la esposa de un hombre como Alexei Ivanovich. Se comporta conmigo cruelmente y si no accedo, me amenaza con llevarme al campamento de los malechores para que me ocurra lo mismo que a Liza-beta Jarlova. He pedido a Alexei Ivanovich que me dé tiempo para pensarlo, y ha estado de acuerdo con esperar tres días más; si cumplido este plazo no me caso con él, ya no habrá salvación para mí. ¡Pobrecito Piotr Andreich!, usted es mi único protector; defiéndame. Solicite del ge-neral y de todos los jefes que envien refuerzos cuanto antes, y venga usted mismo si puede. Se despide de usted esta resignada y desgraciada huérfana.

María Mironova."

Estuve a punto de perder el juicio al leer esta carta. Sali disparando hacia el fuerte, espoleando sin compasión a mi pobre caballo. Fraguaba un proyecto tras otro para liberar a la desventurada muchacha, pero no pude con-cretar ninguno. Ya dentro de la ciudad, acudí presta-mente al general.

Le hallé paseándose de un lado a otro de la estancia y fumando su pipa de espuma de mar. Detúvose al verme. Indudablemente, mi aspecto le causó extrañeza y se apre-suró a saber el motivo de mi impetuosa llegada.

-Vuestra excelencia le dije, me dirijo a usted como lo haría un hijo con su padre; por amor de Dios, no me niegue lo que voy a pedirle, se trata de la dicha de toda mi vida.

-¿Qué ocurre, padrecito? -preguntó el sorprendido an-ciano. ¿Qué puedo hacer por ti? Habla.

-Vuestra Excelencia, concédame el mando de una com-pañía de soldados y cincuenta cosacos y envieme a liberar el fuerte de Bielogorsk.
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EL ASEDIO DE LA CIUDAD

 



pleto acuerdo con el criterio del señor alférez, por estar basado en todas las reglas de la táctica, que casi siempre da preferencia a los movimientos de ataque.

Se detuvo para llenar la pipa. Mi amor propio sentiase ufano, y mis miradas arrogantes posábanse sobre los fun-cionarios que, descontentos e intranquilos, cuchicheaban entre sí.

-Pero, señores míos continuó el general, dejando esca-par un suspiro acompañado de una espesa bocanada de humo, no me aventuro a adoptar tan enorme responsa-bilidad, tratándose de la seguridad de la provincia que me ha sido encomendada por su alteza imperial, mi muy bondadosa soberana. De suerte que me adhiero a la ma-yoría de los votos, que ha decidido, como más sensato y seguro, esperar el asedio dentro de la ciudad, rechazar los ataques del enemigo con el fuego de la artillería y (de ser factible) con incursiones de ataque.

Los funcionarios, a su vez, miráronme burlonamente. El consejo se disolvió. Deploré la debilidad del honorable militar que, contra su propia convicción, decidióse a admi-tir el consejo de personas ignorantes e inexpertas.

A los pocos días de este célebre consejo nos enteramos de que Pugachov, fiel a su promesa, acercábase a Oren-burg. Desde lo alto de las murallas de la ciudad divisé el ejército de los sublevados, y me pareció que había aumen-tado unas diez veces desde su último ataque, del que fui testigo. Poseían artillería, procedente de los pequeños fuertes sometidos por Pugachov. Recordando la decisión del consejo, presenti un prolongado encierro entre las mu rallas de Orenburg, pensamiento que casi me hizo llorar de desprecio.

No describíré el asedio a la ciudad de Orenburg, lo cual concierne a la Historia y no a unas memorias familiares.

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Brevemente diré que, por negligencia de las autoridades locales, el asedio fue desastroso para la población, que ps-deció hambre y calamidades de todo género. Fácilmente se comprenderá que la vida en Orenburg era sumamente insoportable. Todos esperaban, desalentados, que se de-cidiera su suerte; todos se lamentaban de la carestia que, en realidad, era aterradora. La población llegó a habi-tuarse a los proyectiles que caían en los patios; ni siquiera los ataques de Pugachov suscitaban ya la curiosidad de la gente. Yo languidecía de aburrimiento. El tiempo pasaba y seguía sin noticias del fuerte de Bielogorsk. Todos los caminos estaban cortados. La separación de María Iva-novna se me hacía más insufrible cada día, atormentán-dome la incertidumbre por la suerte que pudiera haber corrido. Mi única distracción era montar a caballo. Gra-cias a Pugachov poseía un buen corcel, con el que com-partía los exiguos alimentos y con el que diariamente salía de la ciudad para liarme a tiros con los jinetes de Puga-chov. En estos tiroteos la ventaja estaba, generalmente del lado de los malhechores, bien alimentados, bien bebi dos y con excelentes monturas. La escuálida caballería de la ciudad no podía vencerlos. A veces, también salía al campo nuestra hambrienta infantería; pero el espesor de la nieve impedíale actuar debidamente contra los dispersos jinetes. La artillería atronaba inútilmente desde lo alto del baluarte y, cuando salía a la estepa, atascábase sin lo-grar moverse del sitio a causa de la extenuación de los caballos. ¡Tal era el panorama de nuestras acciones mi litares!

¡He ahí, lo que los funcionarios públicos orenburgueses conceptuaron de prudencia y cordura!

Cierta vez que, de alguna manera, conseguimos recha-zar y ahuyentar a un contingente relativamente numeroso,
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EL ASEDIO DE LA CIUDAD

 


Con él se hallaba un funcionario público, recuerdo que que vestía un caftan de brocado. Se interesó por la suer-te de Ivan Kuzmich, al que llamó su compadre, y, fre. cuentemente, interrumpia mi relato con preguntas com-plementarias y con observaciones moralizadoras, que si no revelaban en él a una persona versada en el arte militar, sí, al menos, ponían de relieve su perspicacia y su inteli gencia natural. Entre tanto, fueron llegando los demás invitados. Excepto el propio general, ninguno de ellos era militar. Cuando todos hubieron tomado asiento y les fue servida una taza de té, el general expuso, clara y amplia-mente, el asunto que habíamos de tratar.

-Ahora, caballeros siguió diciendo, debe decirse la manera de actuar contra los rebeldes: ¿a la ofensiva, o la defensiva? Cada uno de estos procedimientos tiene sus ventajas y sus desventajas. La ofensiva, ofrece mayores esperanzas de un rápido exterminio del enemigo; la de-fensiva es más segura y menos peligrosa Así que co-mencemos a exponer opiniones en la forma legal acostum-brada, es decir, empezando por los grados inferiores. Se-ñor alférez! -dijo, dirigiéndose a mí-, tenga la bondad de expresarnos su criterio.

Me puse en pie y, en pocas palabras, describí a Puga chov y a su cuadrilla, asegurando que el impostor carecia de medios para resistir a las armas regulares.

Los funcionarios acogieron esta opinión con evidente hostilidad; creían advertir en ella la irreflexión y la teme ridad de la juventud. Dejóse oír un murmullo y pude dis tinguir netamente la palabra "mocoso", pronunciada por alguien a media voz. El general, sonriéndose, me dijo:

- Señor alférez! Habitualmente, las primeras voces que se oyen en un consejo militar propugnan los movi-
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- mientas de ofensiva; eso es natural. Prosigamos recogien-do opiniones. ¡Señor consejero!, expónganos su juicio,

El viejecillo con caftán de brocado se bebió apresurado su tercera taza de té, copiosamente rebajado con ron, y manifestó:

-Es mi criterio, excelencia, que no debe procederse ni ofensiva, ni defensivamente.

-¿Cómo dice, señor consejero? -replicóle asombrado el general-. La táctica prevé dos procedimientos: el de-fensivo o el de ataque.

-Vuestra excelencia muévase sobornando.

-¡Ah, ja, jal, esta opinión suya es hartamente cuerda. Los movimientos corruptivos son admisibles, según la tác tica, y utilizaremos su consejo. Se podría ofrecer por la cabeza del truhán unos setenta rublos.. cien... del fondo secreto.. y hasta

-Y entonces -le interrumpió el jefe de la aduana-, que deje de ser un funcionario público y me convierta en un borrego kirguiso, si esos ladrones no nos entregan a su ca-becilla atado de pies y manos.

-Todavía hemos de cavilar y discutir sobre esto -dijo el general-. Sin embargo, por lo que pueda suceder, es necesario adoptar medidas militares. Caballeros, sigan exponiendo sus ideas por el orden debido.

Los juicios emitidos fueron opuestos al mío. Los fun-cionarios apelaban a la falta de confianza en la tropa, a la inseguridad del éxito, a la prudencia, y así sucesivamente. Estimaban más prudente quedarse bajo la protección de los cañones tras las sólidas murallas de piedra, que intentar la victoria de las armas en el campo de batalla. Finalmente, después de escuchar mi opinión, el general, sacudiendo la

ceniza de su pipa, pronunció estas palabras: -¡Señores míos! Debo manifestarles que estoy de com-  
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EL ASEDIO DE LA CIUDAD


arrestados rostros

jaban junto

inválidos de

rretas la

con palas;

En las y reparaban la puerta pronto como fuerte de sidencia del general.

de

los

inmediaciones de Orenburg con los pies sujetos, las desfigurados por las tenazas del a las fortificaciones, bajo la guarnición. Otros, basura que cubría el foso, o en el baluarte, los albañiles la muralla de la ciudad. nos detuvieron, exigiéndonos el sargento se enteró de Bielogorsk, me acompañó

vimos un grupo cabezas afeitadas y verdugo. Traba-la vigilancia de los transportaban en ca-levantaban la tierra cargaban ladrillos Los centinelas de los pasaportes. Tan que procedía del directamente a la re-

Le encontré en el jardín. Inspeccionaba los manzanos,
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desnudos por el aliento del otoño, y, con ayuda de m viejo jardinero, los envolvía cuidadosamente en acogedora paja. Su rostro reflejaba tranquilidad, salud y bondad. Alegróse al verme y se interesó por los espantosos suce-sos de que había sido testigo. Le relaté todo. El anciano escuchaba atentamente, al mismo tiempo que iba arran-cando las ramas secas.

-¡Pobre Mironov! -exclamó cuando hube terminado mi triste relato. Es una lástima, era un buen oficial. ¡Y madame Mironov era una dama bondadosa, y una ver-dadera artista preparando las setas en salmueral ¿Y Mas ha, la hija del capitán?

Le respondí que se había quedado en el fuerte, bajo los cuidados de la mujer del pope.

-¡Ay, ay, ay! -lamentóse. Eso es grave, muy grave. Bajo ningún concepto puede confiarse en la disciplina de los bandidos. ¿Qué será de la pobre muchacha?

Le dije que no era mucha la distancia al fuerte de Bie-logorsk y que, seguramente, Su Excelencia no demoraría el envío de tropas para liberar a sus desventurados habi-tantes. El general movió la cabeza dubitativamente.

-Veremos, veremos -manifestó. Aún tenemos tiem-po de conversar sobre esto. Haz el favor de venir a to-mar conmigo una tacita de té: hoy voy a celebrar consejo militar. Puedes darnos informes fidedignos sobre el tuno de Pugachov y sobre su ejército. Mientras tanto, vete a descansar.

Fui al alojamiento que se me había destinado, donde Savielich trajinaba ya, y esperé impacientemente a que llegara la hora prevista. Como el lector comprenderá, no podía dejar de presentarme a una reunión que tanta im-portancia habría de tener para mi futuro. Y llegué pun-tual a casa del general.
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dónde sea brilla

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