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sábado, 28 de junio de 2025
LA. HUÉRFANA
EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS
EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS
vido Dios que nos encontremos. Venga, siéntate en el pescante.
¡Gracias, señor; gracias, padre míol decía Savielich mientras se acomodaba-. Que Dios te conceda cien años de vida por recoger a este viejo y darle sosiego. Toda la vida rezaré a Dios por ti y jamás volveré a recordarte el capote de piel de liebre.
El dichoso capote de piel de liebre pudo muy bien pro-vocar la ira de Pugachov. Mas, felizmente, o no le oyó el impostor, o desdeñó la inoportuna alusión. Los caballos galopaban; la gente deteníase en las calles, saludando con reverencias. Pugachov devolvía el saludo con movimientos de cabeza a ambos lados. En seguida dejamos atrás la aldea y nos lanzamos por un camino llano.
No es difícil imaginar lo que sentía en aquel momento. No habrían de pasar muchas horas, y de nuevo me hallaría junto a la que había desesperado de volver a ver. Me supuse lo que iba a ser nuestro encuentro.. También pensaba en el hombre en cuyas manos estaba mi porvenir y al que, por un extraño conjunto de circunstancias, ha-llábame vinculado. ¡Recordé la instintiva crueldad, los hábitos sanguinarios del que se había ofrecido como li-bertador de mi amada! Pugachov no sabía que ella era la hija del capitán Mironov; el enfurecido Shvabrin podría descubrirlo todo; Fugachov podría conocer la verdad por cualquier otro conducto... ¿Qué sería, entonces, de María Ivanovna? Sentíame inundado por una ola de frío y los pelos se me ponían de punta
Pugachov detuvo mis pensamientos, abordándome con una pregunta:
-¿En qué piensa su señoría?
-¡Cómo no voy a pensar! le respondí. Soy oficial
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y noble; ayer aún luchaba contra ti; hoy viajo en tu com pañía y la felicidad de toda mi vida depende de ti
-¿Y qué añadió Pugachov. ¿Te asusta?
Le respondi que ya había sido indultado una vez p él y que confiaba no solo en su gracia, sino también en zu ayuda.
-Y tienes razón, ¡como hay Dios, que tienes razie! -exclamó el impostor. Has visto que mis muchachos te miraban con malos ojos; el viejo, insistia hoy mismo en que eres un espia y que había que darte tormento y onl garte; pero yo -agregó, bajando la voz para que ni Se vielich ni el tártaro pudieran oirle, recordando tu vase de vino y tu capote de piel de liebre, no he podido estar de acuerdo. Como puedes ver, no soy tan sanguinario como me pinta tu gente.
Recordé su estancia en el fuerte de Bielogorsk; perm no consideré atinado discutir con él, y no le respondi ni una palabra.
-¿Qué dicen de mi en Orenburg? -preguntóme Pa gachov después de un corto silencio.
-Dicen que es dificilillo entenderse contigo; te has dado bien a conocer.
El rostro del impostor expresaba el halago de su amor propio.
-¡Síl -manifestó alegremente. Peleo como es debido ¿Conocen en Orenburg la batalla cerca de Yuseiev? Cua-renta generales muertos y cuatro ejércitos hechos prisio-neros. ¿Crees que el rey prusiano podría competir conmigo?
La jactancia del bandido resultábame divertida.
-Y tú mismo, ¿qué crees? -le pregunté. ¿Acabarias con Federico?
-¿Con Fiodor Fiodorovich? ¿Por qué no? Estoy derre-tando a vuestros generales, que antes le vencieron a el
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Dejen de discutir. No sería una desgracia si todos los perros orenburgueses estiraran los pies bajo una misma viga; pero si lo sería si nuestros galgos empiezan a darse dentelladas unos a otros. Venga , reconciliense.
lopusha y Bieloborodov no pronunciaron una palabra mas, pero miráronse sombríos. Vi la necesidad de variar de tema, pues el asunto podría acabar desfavorablemente para mí, y, dirigiéndome a Pugachov, dije con aire jovial: -¡Oh, se me olvidaba darte las gracias por el caballo y por el capote! Si no hubiera sido por ti, no habria po dido llegar a la ciudad y me habría helado en el camino. Mi ardid dio resultado. Pugachov se animó.
-Amor con amor se paga-dijo haciendo un guiño y entornando los ojos. Cuéntame ahora qué es lo que tienes que ver con esa muchacha, a la que Shvabrin in-juria. ¿No será la bienamada de tu tierno corazoncito? ¿Eh?
-Es mi prometida contesté a Pugachov, notando el favorable cambio de tiempo y considerando que no tenía por qué ocultarle la verdad.
-¡Tu novial-gritó Pugachov. ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Te casaremos y nos divertiremos en tu bo-dal -Después le dijo a Bieloborodov: ¡Oye, mariscal! Su señoría y yo somos viejos amigos; sentémonos a cenar; lo consultaremos con la almohada y mañana veremos que hemos de hacer con él.
Ganas me dieron de rehusar la invitación, pero no lo creí oportuno. Dos jóvenes cosacas hijas del dueño de la isba, cubrieron la mesa con un blanco mantel, trajeron pan, sopa y varias garrafitas de vino y cerveza y por segunda vez, encontréme de comensal con Pugachov y con sus ho-rribles camaradas.
La orgía, de la que fui testigo involuntario, se prolongó
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hasta altas horas de la noche. Finalmente, la embriagus dominó a mis compañeros de mesa. Pugachov se adormila en el asiento; sus compinches se levantaron indicándome que debía dejarle solo. Sali con ellos. Por orden de llo pusha me llevó un centinela al cuerpo de guardia, donde se hallaba mi Savielich, quedando los dos encerrados. El preceptor estaba tan aturdido por cuanto había pasado. que no me hizo ninguna pregunta. Se acostó en un rin cón oscuro y durante largo rato no hizo más que gemit y quejarse, hasta que empezó a ronear; yo me entregué a mis cavilaciones, que me impidieron pegar el ojo en toda la noche.
A la mañana siguiente vinieron en mi busca por man dato de Pugachov. Me presenté en su alojamiento. A h puerta había un trineo enganchado a tres caballos tártaros El gentío ocupaba la calle. Encontré a Pugachov en el zaguán; llevaba indumentaria de viaje, pelliza y gormo kirguiso. Le rodeaban los compañeros de la víspera con un aire de servilismo que contradecía todo lo que observé el día anterior. Pugachov me saludó cordialmente, indi-cándome que me sentara con él en el carruaje.
Nos sentamos.
-¡Al fuerte de Bielogorsk! -ordenó Pugachov a un cor-pulento tártaro que nos iba a servir de cochero.
Mi corazón latía violentamente. Los caballos arranca-ron, sonó la campanilla y el trineo adquirió velocidad...
-¡Detente! ¡Detentel -oyóse una voz harto conocida para mí. Era Savielich, que corría a nuestro encuentro. Pugachov hizo detener el coche-. Padrecito Piotr An dreich! -gritó el preceptor-. No me abandones a la vejet entre todos estos truha...
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ronca. Te precipitaste designando a Shvabrin comandan-te del fuerte, y ahora te apresuras dictaminando su ejecu ción. Ya has ofendido a los cosacos, imponiéndoles como jefe a un noble; no atemorices a los nobles ajusticiando a uno de ellos a la primera denuncia
-¡No hay que compadecerse de ellos ni recompensaries! -dijo el viejecillo de la cinta azul. No sería un desatino ahorcar a Shvabrin; pero tampoco estaria mal interrogar debidamente al señor oficial para saber a qué ha venido. Si no te reconoce como soberano, no tiene por qué acudir a ti en demanda de justicia; y si te reconoce, ¿por qué ha permanecido hasta hoy en Orenburg entre tus enemigos? No estaría mal que permitieras llevarle al cuerpo de guar-dia y organizar allí el baile: barrunto que su señoria nos ha sido enviado por los jefes orenburgueses.
La lógica del desalmado viejo se me antojó harto con-vincente. Un frío helado recorrióme todo el cuerpo al pensar en qué manos había caído. Pugachov advirtió mi turbación.
-¿Que, vuestra señoría? -dijo, acompañando sus pala-
bras de un guiño. Parece que mi mariscal habla con sensatez. ¿Cuál es tu opinión?
La chanza de Pugachov me ayudó a recuperar el ánimo. Le respondí tranquilamente que estaba en su poder y que podría hacer conmigo lo que quisiera.
-Bien -respondió Pugachov. Ahora, dime en qué si-tuación se encuentra vuestra ciudad.
-
Gracias a Dios-respondí-, todo va perfectamente.
-¿Perfectamente? -repitió Pugachov-. ¡Y la gente se
muere de hambre!
El impostor decía la verdad; pero yo, cumpliendo mi deber, les aseguré que se trataba de rumores infundados y que en Orenburg había abundancia de viveres
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-Ya lo ves -intervino el viejo, te está engañando en tu propia cara. Todos los evadidos concuerdan al decir que en Orenburg sufren hambre y peste, que comen ca. rroña, y gracias; y su señoría asegura que hay de todo. Si quieres colgar a Shvabrin, cuelga también, en la misma horca, a este galán, para que ninguno sienta envidia.
Me dio la impresión de que las palabras del maldito viejo hacían vacilar a Pugachov. Mas, por fortuna, Jlo-pusha empezó a contradecir a su camarada.
-Basta, Naumich le dijo. Tú todo lo arreglas con ahorcar o degollar. ¿Qué clase de héroe eres? No hay más que ver la envoltura en que va enfundada tu, alma Estás ya con un pie en la sepultura, y únicamente piensas en empujar a otros a ella. ¿Es que no tienes suficiente san-gre sobre tu conciencia?
-¿Cómo te has vuelto tan condescendiente? -contestó Bieloborodov. ¿De dónde te ha surgido tanta piedad?
-Es verdad -respondió Jlopusha, yo también he co-metido pecados y esta mano (apretó su huesudo puño y arremangándose mostró su brazo peludo) ha derramado sangre cristiana. Pero yo he matado a enemigos, y no a invitados; en la libre encrucijada y en el oscuro bosque, que no es lo mismo que en casa, sentados ante la estufa; con el garrote y con el mazo, pero no con charlas de comadres.
El viejo se volvió, mascullando estas palabras:
-¡Narices andrajosas!
-¿Qué es lo que gruñes, trasto viejo? -gritó Jlopusha-Te voy a dar "narices andrajosas"; espera, que ya llegará tu hora; como Dios lo permita, aún has de olfatear las te-nazas Pero, mientras tanto, ¡procura que no tenga que arrancarte la barba!
-¡Señores generales! -exclamó gravemente Pugachov.
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El general miróme fijamente, suponiendo que, quizá, me habría vuelto loco (en lo que apenas se equivocó).
-¿Cómo? ¿A liberar el fuerte de Bielogorsk? -dijo fi-nalmente.
-Le respondo del éxito contesté con ardor. No tiene más que darme su consentimiento.
-No, joven -negó con un movimiento de cabeza-. A una distancia tan considerable el enemigo podría cortar fácilmente vuestras comunicaciones con el punto estraté-gico principal, y lograr sobre vosotros la victoria. El corte de las comunicaciones..
Me intranquilicé viéndole enfrascado en disquisiciones militares, y apresuréme a interrumpirle.
-La hija del capitán Mironov-dije- me ha escrito una carta; en ella reclama ayuda, pues Shvabrin intenta for-zarla a que se case con él.
-¿Es posible? ¡Oh, ose Shvabrin es un grandísima Schelm¹, y como caiga en mis manos, ordenaré que le juzguen en veinticuatro horas y le fusilaremos en el para-peto del fuerte; pero, por ahora, es preciso armarse de paciencia
-Armarse de paciencial-grité fuera de mí ¡Y, mien-tras tanto, que se case con María Ivanovnal
-¡Oh! -respondió el general. Eso no constituye nin-guna desgracia: por ahora le conviene convertirse en la esposa de Shvabrin para que éste la proteja; y cuando le fusilemos, que Dios lo permita, ya le surgirán a ella otros pretendientes. Las viuditas lindas, no se quedan soltero-nas; o sea, he querido decir, que una viudita siempre encuentra marido antes que una soltera.
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¡Prefiero la muerte, que cedérsela a Shvabrin! -ex-clamé furioso.
-¡Vaya, vayal -respondió el viejo. Ahora comprendo: por lo que se ve, estás enamorado de María Ivanovna. ¡Ah, eso es otra cosa! ¡Pobre muchacho! Pero no puedo, a pesar de todo, darte una compañía y medio centenar de cosacos. Esa expedición sería una imprudencia y no puedo cargar con semejante responsabilidad.
Incliné la cabeza dominado por la desesperación. Y, de pronto, una idea cruzó mi cerebro. En qué consistía, podrá conocerlo el lector en el próximo capítulo, como decían los antiguos novelistas. hoja 10
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