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sábado, 28 de junio de 2025

EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS


uno de los habitantes de la ciudad por carecer de medios para seguir alimentándolo. Nos aproximamos a las puertas de la ciudad; el guardia nos cedió el paso y salimos de Orenburg.

Anochecía. Mi ruta pasaba cerca de la aldea de Bierd, que era el refugio de Pugachov. El camino estaba cu-bierto por la nieve, pero por toda la estepa apreciábanse las huellas de las pisadas de los caballos, diariamente re-novadas. Cabalgaba al trote y Savielich apenas podía seguirme a distancia y, frecuentemente, me gritaba:

-Más despacio, señor, por amor de Dios, más despacio. Mi maldito rocín no puede seguir a tu demonio de patas largas. ¿Por qué corres tanto? ¡Si fuéramos a un ban-quete, pero con lo que podemos encontrarnos es con un porrazo en la cabeza!... ¡Piotr Andrejch... padrecito Piotr Andreichl... ¡No me mates! ¡Dios todopoderoso, este muchacho corre hacia su perdición!

Pronto vimos brillar las luces de Bierd. Nos acercamos a los barrancos, que eran las fortificaciones naturales de la

layar felizmente la aldea, cuando en la oscuridad, delante de mí, divisé a cinco campesinos armados con garrotes:

aldea. Savielich no se quedó a la zaga, aunque repetía sin cesar sus súplicas quejumbrosas. Yo confiaba en sos-eran los centinelas de vanguardia del feudo de Pugachov. Nos dieron el alto. Como no sabía el santo y seña, intenté silenciosamente pasar de largo; pero en el acto nos cer-carón, y uno de ellos tomó mi caballo por la brida. Agarré

el sable y le aticé un golpe en la cabeza; su gorro le salvó, aunque tambaleándose y soltó la brida de la mano. Los otros huyeron desconcertados; aproveché el momento, es

poleé el caballo y salí a la carrera. La oscuridad de la cercana noche me libraría de cual-quier peligro, pero advertí que Savielich no estaba con-
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migo. El pobre viejo, con su caballo cojo, no pudo eva dirse de los bandidos. ¿Qué hacer? Esperé unos cuantr minutos y, convencido de que había sido apresado, volvi grupas para acudir en su ayuda.

Al volver al barranco pude oir, a cierta distancia, varios gritos, alboroto y la voz de mi Savielich. Aceleré la mar-cha y halléme de nuevo entre los campesinos centinelas que minutos antes me habían detenido. Rodeaban a Sa vielich. Habían arrojado al viejo de su caballo dispo níanse a amarrarle. Mi llegada los regocijó. Vociferando se lanzaron sobre mí y, en un abrir y cerrar de ojos, me tiraron de mi montura. El que parecía el jefe nos anunció que nos llevaría inmediatamente ante el soberano.

-Y nuestro padrecito añadió decidirá si les hemos de colgar ahora, o si hemos de esperar a que amanezca.

No opuse resistencia; Savielich siguió mi ejemplo y los centinelas nos escoltaron triunfantes.

Atravesamos el barranco y entramos en la aldea. En todas las isbas brillaban las luces, por todas partes reinaba el bullicio y resonaban los gritos. Por las calles transitaba numerosa gente; gracias a la oscuridad, nadie se fijó en nosotros y nadie pudo reconocer en mí a un oficial oren-burgués. Nos encaminaron directamente a una isba situada en la esquina del cruce de dos calles. Ante su puerta había varias barricas de vino y dos cañones.

-Este es el palacio -dijo uno de los campesinos-; ahora los anunciaremos.

Entró en la isba. Miré a Savielich y vi que el viejo se persignaba orando en voz baja. Tuve que esperar largo rato; por fin, salió el campesino y me dijo:

-Entra. Nuestro padrecito ha ordenado que se pre-sente el oficial.

Pasé a la isba, o al palacio, como lo denominaban los

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