tropecé con un cosaco que habiase rezagado de sus cama-radas, me disponía a golpearle con mi sable turco, cuando él, despojándose del gorro, me gritó:
Buenos dias, Piotr Andreich! ¿Cómo está?
Reconoci a nuestro cabo y me alegré al verte.
-Buenos dias, Maximich -le contesté. ¿Hace mucho que saliste de Bielogorsk?
-No, padrecito, ayer vine de alli. Tengo una carta para usted.
-¿Dónde está? -grité sobreexcitado.
-La tengo aquí-respondió Maximich, echándose mano al pecho. Le prometí a Palasha que haría lo posible por entregársela a usted.
Me dio un papelito doblado y, sin más, partió al galope. Lo desdoblé y, trémulo de emoción, lei las siguientes lineas:
"Dios ha querido privarme a un mismo tiempo de padre y de madre. No tengo en el mundo parientes ni protec-tores. Me dirijo a usted, porque sé que siempre ha deseado mi bien, y porque en todo momento se halla dispuesto a ayudar a quien sea. Ruego a Dios que esta carta llegue a su poder! Maximich ha prometido entregársela, pues le ha dicho a Palasha que le ha visto a menudo, desde lejos, durante las escaramuzas, y que usted no observa pruden-cia alguna, sin pensar en quienes rezan a Dios por usted, con lágrimas en los ojos. He estado enferma durante largo tiempo; cuando me repuse, Alexei Ivanovich, que ahora gobierna el fuerte en el puesto de mi difunto padre, obligó al padre Guerasim a que me entregara a él, amenazándole con Pugachov. Vivo en nuestra casa sometida a vigilancia. Alexei Ivanovich intenta forzarme a que me case con él Dice que me ha salvado la vida al encubrir el engaño de Akulina Pamfilovna quien, al parecer, dijo a los bandidoš
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que era su sobrina. Para mí habría sido más fácil la muerte que convertirme en la esposa de un hombre como Alexei Ivanovich. Se comporta conmigo cruelmente y si no accedo, me amenaza con llevarme al campamento de los malechores para que me ocurra lo mismo que a Liza-beta Jarlova. He pedido a Alexei Ivanovich que me dé tiempo para pensarlo, y ha estado de acuerdo con esperar tres días más; si cumplido este plazo no me caso con él, ya no habrá salvación para mí. ¡Pobrecito Piotr Andreich!, usted es mi único protector; defiéndame. Solicite del ge-neral y de todos los jefes que envien refuerzos cuanto antes, y venga usted mismo si puede. Se despide de usted esta resignada y desgraciada huérfana.
María Mironova."
Estuve a punto de perder el juicio al leer esta carta. Sali disparando hacia el fuerte, espoleando sin compasión a mi pobre caballo. Fraguaba un proyecto tras otro para liberar a la desventurada muchacha, pero no pude con-cretar ninguno. Ya dentro de la ciudad, acudí presta-mente al general.
Le hallé paseándose de un lado a otro de la estancia y fumando su pipa de espuma de mar. Detúvose al verme. Indudablemente, mi aspecto le causó extrañeza y se apre-suró a saber el motivo de mi impetuosa llegada.
-Vuestra excelencia le dije, me dirijo a usted como lo haría un hijo con su padre; por amor de Dios, no me niegue lo que voy a pedirle, se trata de la dicha de toda mi vida.
-¿Qué ocurre, padrecito? -preguntó el sorprendido an-ciano. ¿Qué puedo hacer por ti? Habla.
-Vuestra Excelencia, concédame el mando de una com-pañía de soldados y cincuenta cosacos y envieme a liberar el fuerte de Bielogorsk.
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