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sábado, 28 de junio de 2025

EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS



Dejen de discutir. No sería una desgracia si todos los perros orenburgueses estiraran los pies bajo una misma viga; pero si lo sería si nuestros galgos empiezan a darse dentelladas unos a otros. Venga , reconciliense.


lopusha y Bieloborodov no pronunciaron una palabra mas, pero miráronse sombríos. Vi la necesidad de variar de tema, pues el asunto podría acabar desfavorablemente para mí, y, dirigiéndome a Pugachov, dije con aire jovial: -¡Oh, se me olvidaba darte las gracias por el caballo y por el capote! Si no hubiera sido por ti, no habria po dido llegar a la ciudad y me habría helado en el camino. Mi ardid dio resultado. Pugachov se animó.


-Amor con amor se paga-dijo haciendo un guiño y entornando los ojos. Cuéntame ahora qué es lo que tienes que ver con esa muchacha, a la que Shvabrin in-juria. ¿No será la bienamada de tu tierno corazoncito? ¿Eh?


-Es mi prometida contesté a Pugachov, notando el favorable cambio de tiempo y considerando que no tenía por qué ocultarle la verdad.


-¡Tu novial-gritó Pugachov. ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Te casaremos y nos divertiremos en tu bo-dal -Después le dijo a Bieloborodov: ¡Oye, mariscal! Su señoría y yo somos viejos amigos; sentémonos a cenar; lo consultaremos con la almohada y mañana veremos que hemos de hacer con él.


Ganas me dieron de rehusar la invitación, pero no lo creí oportuno. Dos jóvenes cosacas hijas del dueño de la isba, cubrieron la mesa con un blanco mantel, trajeron pan, sopa y varias garrafitas de vino y cerveza y por segunda vez, encontréme de comensal con Pugachov y con sus ho-rribles camaradas.


La orgía, de la que fui testigo involuntario, se prolongó

 

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hasta altas horas de la noche. Finalmente, la embriagus dominó a mis compañeros de mesa. Pugachov se adormila en el asiento; sus compinches se levantaron indicándome que debía dejarle solo. Sali con ellos. Por orden de llo pusha me llevó un centinela al cuerpo de guardia, donde se hallaba mi Savielich, quedando los dos encerrados. El preceptor estaba tan aturdido por cuanto había pasado. que no me hizo ninguna pregunta. Se acostó en un rin cón oscuro y durante largo rato no hizo más que gemit y quejarse, hasta que empezó a ronear; yo me entregué a mis cavilaciones, que me impidieron pegar el ojo en toda la noche.


A la mañana siguiente vinieron en mi busca por man dato de Pugachov. Me presenté en su alojamiento. A h puerta había un trineo enganchado a tres caballos tártaros El gentío ocupaba la calle. Encontré a Pugachov en el zaguán; llevaba indumentaria de viaje, pelliza y gormo kirguiso. Le rodeaban los compañeros de la víspera con un aire de servilismo que contradecía todo lo que observé el día anterior. Pugachov me saludó cordialmente, indi-cándome que me sentara con él en el carruaje.


Nos sentamos.


-¡Al fuerte de Bielogorsk! -ordenó Pugachov a un cor-pulento tártaro que nos iba a servir de cochero.


Mi corazón latía violentamente. Los caballos arranca-ron, sonó la campanilla y el trineo adquirió velocidad...


-¡Detente! ¡Detentel -oyóse una voz harto conocida para mí. Era Savielich, que corría a nuestro encuentro. Pugachov hizo detener el coche-. Padrecito Piotr An dreich! -gritó el preceptor-. No me abandones a la vejet entre todos estos truha...

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