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sábado, 28 de junio de 2025

EL ASEDIO DE LA CIUDAD

 


Con él se hallaba un funcionario público, recuerdo que que vestía un caftan de brocado. Se interesó por la suer-te de Ivan Kuzmich, al que llamó su compadre, y, fre. cuentemente, interrumpia mi relato con preguntas com-plementarias y con observaciones moralizadoras, que si no revelaban en él a una persona versada en el arte militar, sí, al menos, ponían de relieve su perspicacia y su inteli gencia natural. Entre tanto, fueron llegando los demás invitados. Excepto el propio general, ninguno de ellos era militar. Cuando todos hubieron tomado asiento y les fue servida una taza de té, el general expuso, clara y amplia-mente, el asunto que habíamos de tratar.

-Ahora, caballeros siguió diciendo, debe decirse la manera de actuar contra los rebeldes: ¿a la ofensiva, o la defensiva? Cada uno de estos procedimientos tiene sus ventajas y sus desventajas. La ofensiva, ofrece mayores esperanzas de un rápido exterminio del enemigo; la de-fensiva es más segura y menos peligrosa Así que co-mencemos a exponer opiniones en la forma legal acostum-brada, es decir, empezando por los grados inferiores. Se-ñor alférez! -dijo, dirigiéndose a mí-, tenga la bondad de expresarnos su criterio.

Me puse en pie y, en pocas palabras, describí a Puga chov y a su cuadrilla, asegurando que el impostor carecia de medios para resistir a las armas regulares.

Los funcionarios acogieron esta opinión con evidente hostilidad; creían advertir en ella la irreflexión y la teme ridad de la juventud. Dejóse oír un murmullo y pude dis tinguir netamente la palabra "mocoso", pronunciada por alguien a media voz. El general, sonriéndose, me dijo:

- Señor alférez! Habitualmente, las primeras voces que se oyen en un consejo militar propugnan los movi-
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- mientas de ofensiva; eso es natural. Prosigamos recogien-do opiniones. ¡Señor consejero!, expónganos su juicio,

El viejecillo con caftán de brocado se bebió apresurado su tercera taza de té, copiosamente rebajado con ron, y manifestó:

-Es mi criterio, excelencia, que no debe procederse ni ofensiva, ni defensivamente.

-¿Cómo dice, señor consejero? -replicóle asombrado el general-. La táctica prevé dos procedimientos: el de-fensivo o el de ataque.

-Vuestra excelencia muévase sobornando.

-¡Ah, ja, jal, esta opinión suya es hartamente cuerda. Los movimientos corruptivos son admisibles, según la tác tica, y utilizaremos su consejo. Se podría ofrecer por la cabeza del truhán unos setenta rublos.. cien... del fondo secreto.. y hasta

-Y entonces -le interrumpió el jefe de la aduana-, que deje de ser un funcionario público y me convierta en un borrego kirguiso, si esos ladrones no nos entregan a su ca-becilla atado de pies y manos.

-Todavía hemos de cavilar y discutir sobre esto -dijo el general-. Sin embargo, por lo que pueda suceder, es necesario adoptar medidas militares. Caballeros, sigan exponiendo sus ideas por el orden debido.

Los juicios emitidos fueron opuestos al mío. Los fun-cionarios apelaban a la falta de confianza en la tropa, a la inseguridad del éxito, a la prudencia, y así sucesivamente. Estimaban más prudente quedarse bajo la protección de los cañones tras las sólidas murallas de piedra, que intentar la victoria de las armas en el campo de batalla. Finalmente, después de escuchar mi opinión, el general, sacudiendo la

ceniza de su pipa, pronunció estas palabras: -¡Señores míos! Debo manifestarles que estoy de com-  
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