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sábado, 28 de junio de 2025

EL FEUDO DE LOS SUBLEVADOS

 



Hasta ahora mis fuerzas han tenido suerte. Con el tiempo, puede ser que me dirija a Moscú.

¿Proyectas entrar en Moscú?

El impostor quedóse pensativo y dijo, luego, a media VOZ:

Sólo Dios lo sabe. Mi sendero me resulta estrecho; mi albedrío no es del todo libre. Mis muchachos quieren pasarse de listos. Son unos ladrones. Debo mantener los ojos bien abiertos, pues al primer fracaso son capaces de comprar su cuello con mi cabeza.

-¡Seguro! -le respondí-. ¿No sería mejor que te apar-taras de ellos, antes de que sea demasiado tarde, y te aco-gieras a la indulgencia de la soberana?

Pugachov sonrióse amargamente.

-No-respondió-, ya es tarde para arrepentimientos.

No habrá perdón para mí. Seguiré como he empezado. ¿Quién sabe? ¡Puedo tener suerte! Grisha Otriepev tam-bién reinó en Moscú!

-Pero ¿sabes cuál fue su final? ¡Le arrojaron desde una ventana, le degollaron, le quemaron y sus cenizas fueron aventadas con un cañón!

-Escúchame-dijo Pugachov, poseído de una especie de salvaje inspiración. Te voy a contar un cuento que me relató en mi infancia una anciana kalmika. Cierta vez, el águila preguntó al cuervo: "Dime cuervo, ¿por qué vives en este mundo trescientos años y yo solamente trein-ta y tres?". "Porque tú, padrecito -respondióle el cuer-vo-, te alimentas de sangre, y yo de carroña". El águila lo pensó, y se dijo: "Voy a hacer la prueba, y me alimentaré con lo mismo que él." Así es que el águila voló tras el cuervo y se encontraron un caballo muerto y se posaron encima de él. El cuervo empezó a picotear profiriendo alabanzas. El águila picó una vez, la segunda, agitó las
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alas y dijo al cuervo: "No, hermano cuervo, jantes que alimentarme trescientos años con carroña, prefiero beber una sola vez sangre caliente, y que sea lo que Dios quiera!" ¿Qué te ha parecido el cuento kalmiko?

-Ingenioso -le respondí. Pero vivir asesinando y sal-teando los caminos, para mí es lo mismo que picotear carroña.

Pugachov me miró asombrado y no respondió. Los dos guardamos silencio, sumidos en nuestros respectivos pensamientos. El tártaro entonó una melancólica canción; Savielich, adormilado, se balanceaba en el pescante. El carruaje volaba por la llanura helada... De pronto, apa-reció ante mi vista la aldehuela enclavada en la abrupta orilla del río Yaik, con su empalizada y su campanario, y al cuarto de hora entrábamos en el fuerte de Bielogorsk.
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