El general miróme fijamente, suponiendo que, quizá, me habría vuelto loco (en lo que apenas se equivocó).
-¿Cómo? ¿A liberar el fuerte de Bielogorsk? -dijo fi-nalmente.
-Le respondo del éxito contesté con ardor. No tiene más que darme su consentimiento.
-No, joven -negó con un movimiento de cabeza-. A una distancia tan considerable el enemigo podría cortar fácilmente vuestras comunicaciones con el punto estraté-gico principal, y lograr sobre vosotros la victoria. El corte de las comunicaciones..
Me intranquilicé viéndole enfrascado en disquisiciones militares, y apresuréme a interrumpirle.
-La hija del capitán Mironov-dije- me ha escrito una carta; en ella reclama ayuda, pues Shvabrin intenta for-zarla a que se case con él.
-¿Es posible? ¡Oh, ose Shvabrin es un grandísima Schelm¹, y como caiga en mis manos, ordenaré que le juzguen en veinticuatro horas y le fusilaremos en el para-peto del fuerte; pero, por ahora, es preciso armarse de paciencia
-Armarse de paciencial-grité fuera de mí ¡Y, mien-tras tanto, que se case con María Ivanovnal
-¡Oh! -respondió el general. Eso no constituye nin-guna desgracia: por ahora le conviene convertirse en la esposa de Shvabrin para que éste la proteja; y cuando le fusilemos, que Dios lo permita, ya le surgirán a ella otros pretendientes. Las viuditas lindas, no se quedan soltero-nas; o sea, he querido decir, que una viudita siempre encuentra marido antes que una soltera.
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¡Prefiero la muerte, que cedérsela a Shvabrin! -ex-clamé furioso.
-¡Vaya, vayal -respondió el viejo. Ahora comprendo: por lo que se ve, estás enamorado de María Ivanovna. ¡Ah, eso es otra cosa! ¡Pobre muchacho! Pero no puedo, a pesar de todo, darte una compañía y medio centenar de cosacos. Esa expedición sería una imprudencia y no puedo cargar con semejante responsabilidad.
Incliné la cabeza dominado por la desesperación. Y, de pronto, una idea cruzó mi cerebro. En qué consistía, podrá conocerlo el lector en el próximo capítulo, como decían los antiguos novelistas. hoja 10

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