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sábado, 28 de junio de 2025

EL ASEDIO DE LA CIUDAD

 



pleto acuerdo con el criterio del señor alférez, por estar basado en todas las reglas de la táctica, que casi siempre da preferencia a los movimientos de ataque.

Se detuvo para llenar la pipa. Mi amor propio sentiase ufano, y mis miradas arrogantes posábanse sobre los fun-cionarios que, descontentos e intranquilos, cuchicheaban entre sí.

-Pero, señores míos continuó el general, dejando esca-par un suspiro acompañado de una espesa bocanada de humo, no me aventuro a adoptar tan enorme responsa-bilidad, tratándose de la seguridad de la provincia que me ha sido encomendada por su alteza imperial, mi muy bondadosa soberana. De suerte que me adhiero a la ma-yoría de los votos, que ha decidido, como más sensato y seguro, esperar el asedio dentro de la ciudad, rechazar los ataques del enemigo con el fuego de la artillería y (de ser factible) con incursiones de ataque.

Los funcionarios, a su vez, miráronme burlonamente. El consejo se disolvió. Deploré la debilidad del honorable militar que, contra su propia convicción, decidióse a admi-tir el consejo de personas ignorantes e inexpertas.

A los pocos días de este célebre consejo nos enteramos de que Pugachov, fiel a su promesa, acercábase a Oren-burg. Desde lo alto de las murallas de la ciudad divisé el ejército de los sublevados, y me pareció que había aumen-tado unas diez veces desde su último ataque, del que fui testigo. Poseían artillería, procedente de los pequeños fuertes sometidos por Pugachov. Recordando la decisión del consejo, presenti un prolongado encierro entre las mu rallas de Orenburg, pensamiento que casi me hizo llorar de desprecio.

No describíré el asedio a la ciudad de Orenburg, lo cual concierne a la Historia y no a unas memorias familiares.

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Brevemente diré que, por negligencia de las autoridades locales, el asedio fue desastroso para la población, que ps-deció hambre y calamidades de todo género. Fácilmente se comprenderá que la vida en Orenburg era sumamente insoportable. Todos esperaban, desalentados, que se de-cidiera su suerte; todos se lamentaban de la carestia que, en realidad, era aterradora. La población llegó a habi-tuarse a los proyectiles que caían en los patios; ni siquiera los ataques de Pugachov suscitaban ya la curiosidad de la gente. Yo languidecía de aburrimiento. El tiempo pasaba y seguía sin noticias del fuerte de Bielogorsk. Todos los caminos estaban cortados. La separación de María Iva-novna se me hacía más insufrible cada día, atormentán-dome la incertidumbre por la suerte que pudiera haber corrido. Mi única distracción era montar a caballo. Gra-cias a Pugachov poseía un buen corcel, con el que com-partía los exiguos alimentos y con el que diariamente salía de la ciudad para liarme a tiros con los jinetes de Puga-chov. En estos tiroteos la ventaja estaba, generalmente del lado de los malhechores, bien alimentados, bien bebi dos y con excelentes monturas. La escuálida caballería de la ciudad no podía vencerlos. A veces, también salía al campo nuestra hambrienta infantería; pero el espesor de la nieve impedíale actuar debidamente contra los dispersos jinetes. La artillería atronaba inútilmente desde lo alto del baluarte y, cuando salía a la estepa, atascábase sin lo-grar moverse del sitio a causa de la extenuación de los caballos. ¡Tal era el panorama de nuestras acciones mi litares!

¡He ahí, lo que los funcionarios públicos orenburgueses conceptuaron de prudencia y cordura!

Cierta vez que, de alguna manera, conseguimos recha-zar y ahuyentar a un contingente relativamente numeroso,
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