campesinos. Estaba alumbrada con dos velas de sebo y las paredes aparecian cubiertas con papel de color de oro, sin embargo -los bancos, la mesa, el lavamanos colgado de una cuerda, la toalla pendiente de un clavo, el atizador del fuego en un rincón y el amplio fogón lleno de puche ros- todo recordaba a una isba vulgar. Pugachov hallábase sentado bajo las imágenes, con su caftán colorado, el alto gorro y con sus brazos en jarras en altivo porte. De pie, su lado, estaban algunos de sus camaradas de más impor tancia, con aspecto de falso servilismo. Se advertia que la Ilegada de un oficial desde Orenburg habia despertado viva curiosidad entre los sublevados, quienes se disponían a recibirme con toda solemnidad. Pugachov me reconoció al primer golpe de vista. Su simulada gravedad desapare ció al instante.
-¡Ah, vuestra señoría! -exclamó con viveza, ¿Cómo estás? ¿Cómo te ha traído Dios por aquí? Le respondi que viajaba por asuntos particulares y que
su gente me había detenido.
-¿De qué asuntos se trata? -añadió.
No sabía qué responderle. Creyó que yo no quería ex plicarme ante testigos, y ordenó a sus camaradas que sa-lieran. Todos obedecieron, excepto dos de ellos, que no se movieron del sitio.
-Habla francamente ante éstos-me dijo Pugachov no les oculto nada.
Miré de reojo a los cómplices del impostor. Uno de ellos, un enjuto y encorvado viejecillo de canosa barba, no llevaba sobre si nada de notable, a no ser una cinta azul que le cruzaba el hombro sobre su chamarra gris. Pero en la vida olvidaré a su camarada. Era de elevada estatura, corpulento y de anchos hombros, de unos cua renta y cinco años, según calculé. Su espesa y pelirroja
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barba, los grises y brillantes ojos, la nariz sin ventanas y la frente y los carrillos salpicados de manchas rojizas, con ferían, a su abigarrado y ancho rostro, una expresión in explicable. Vestía camisa roja, bata kirguisa y pantalones cosacos. El primero (como más tarde supe) era el capo-ral fugitivo de Bieloborodov; el segundo, Afanasi Sokolov (alias Jlopusha) 1, un delincuente deportado que habíase fugado tres veces de las minas de Siberia. A pesar de los sentimientos que me absorbían y me inquietaban por com pleto, la compañía en la que inesperadamente me encontré logró distraer considerablemente mi imaginación. Puga.
chov me hizo volver a la realidad con su pregunta: -Di, ¿qué asunto te ha hecho salir de Orenburg?
Una idea singular me vino a la cabeza: me pareció que la Providencia, que por segunda vez me había guiado hasta Pugachov, brindábame la oportunidad de realizar mi proyecto. Determiné aprovecharla y, sin meditar bien mi decisión, respondí a la pregunta de Pugachov:
-Iba al fuerte de Bielogorsk para liberar a una huér fana, a quien allí están ofendiendo.
Los ojos de Pugachov relampaguearon.
-¿Cuál de mis hombres se atreve a maltratar a una huérfana? -gritó-. Por muy listo que sea, no escapará a mi justicia. Dime, ¿quién es el culpable?
-Shvabrin -respondí. Tiene secuestrada a aquella
muchacha que viste enferma en casa de la popesa, y la quiere obligar a que se case con él.
-Yo escarmentaré a Shvabrin-dijo amenazadoramen-te-. Va a saber cómo trato a los indisciplinados y a los que ultrajan al pueblo. Le ahorcaré.
-Permíteme una palabra -intervino Jlopusha con voz 6

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