vido Dios que nos encontremos. Venga, siéntate en el pescante.
¡Gracias, señor; gracias, padre míol decía Savielich mientras se acomodaba-. Que Dios te conceda cien años de vida por recoger a este viejo y darle sosiego. Toda la vida rezaré a Dios por ti y jamás volveré a recordarte el capote de piel de liebre.
El dichoso capote de piel de liebre pudo muy bien pro-vocar la ira de Pugachov. Mas, felizmente, o no le oyó el impostor, o desdeñó la inoportuna alusión. Los caballos galopaban; la gente deteníase en las calles, saludando con reverencias. Pugachov devolvía el saludo con movimientos de cabeza a ambos lados. En seguida dejamos atrás la aldea y nos lanzamos por un camino llano.
No es difícil imaginar lo que sentía en aquel momento. No habrían de pasar muchas horas, y de nuevo me hallaría junto a la que había desesperado de volver a ver. Me supuse lo que iba a ser nuestro encuentro.. También pensaba en el hombre en cuyas manos estaba mi porvenir y al que, por un extraño conjunto de circunstancias, ha-llábame vinculado. ¡Recordé la instintiva crueldad, los hábitos sanguinarios del que se había ofrecido como li-bertador de mi amada! Pugachov no sabía que ella era la hija del capitán Mironov; el enfurecido Shvabrin podría descubrirlo todo; Fugachov podría conocer la verdad por cualquier otro conducto... ¿Qué sería, entonces, de María Ivanovna? Sentíame inundado por una ola de frío y los pelos se me ponían de punta
Pugachov detuvo mis pensamientos, abordándome con una pregunta:
-¿En qué piensa su señoría?
-¡Cómo no voy a pensar! le respondí. Soy oficial
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y noble; ayer aún luchaba contra ti; hoy viajo en tu com pañía y la felicidad de toda mi vida depende de ti
-¿Y qué añadió Pugachov. ¿Te asusta?
Le respondi que ya había sido indultado una vez p él y que confiaba no solo en su gracia, sino también en zu ayuda.
-Y tienes razón, ¡como hay Dios, que tienes razie! -exclamó el impostor. Has visto que mis muchachos te miraban con malos ojos; el viejo, insistia hoy mismo en que eres un espia y que había que darte tormento y onl garte; pero yo -agregó, bajando la voz para que ni Se vielich ni el tártaro pudieran oirle, recordando tu vase de vino y tu capote de piel de liebre, no he podido estar de acuerdo. Como puedes ver, no soy tan sanguinario como me pinta tu gente.
Recordé su estancia en el fuerte de Bielogorsk; perm no consideré atinado discutir con él, y no le respondi ni una palabra.
-¿Qué dicen de mi en Orenburg? -preguntóme Pa gachov después de un corto silencio.
-Dicen que es dificilillo entenderse contigo; te has dado bien a conocer.
El rostro del impostor expresaba el halago de su amor propio.
-¡Síl -manifestó alegremente. Peleo como es debido ¿Conocen en Orenburg la batalla cerca de Yuseiev? Cua-renta generales muertos y cuatro ejércitos hechos prisio-neros. ¿Crees que el rey prusiano podría competir conmigo?
La jactancia del bandido resultábame divertida.
-Y tú mismo, ¿qué crees? -le pregunté. ¿Acabarias con Federico?
-¿Con Fiodor Fiodorovich? ¿Por qué no? Estoy derre-tando a vuestros generales, que antes le vencieron a el
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