arrestados rostros
jaban junto
inválidos de
rretas la
con palas;
En las y reparaban la puerta pronto como fuerte de sidencia del general.
de
los
inmediaciones de Orenburg con los pies sujetos, las desfigurados por las tenazas del a las fortificaciones, bajo la guarnición. Otros, basura que cubría el foso, o en el baluarte, los albañiles la muralla de la ciudad. nos detuvieron, exigiéndonos el sargento se enteró de Bielogorsk, me acompañó
vimos un grupo cabezas afeitadas y verdugo. Traba-la vigilancia de los transportaban en ca-levantaban la tierra cargaban ladrillos Los centinelas de los pasaportes. Tan que procedía del directamente a la re-
Le encontré en el jardín. Inspeccionaba los manzanos,
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desnudos por el aliento del otoño, y, con ayuda de m viejo jardinero, los envolvía cuidadosamente en acogedora paja. Su rostro reflejaba tranquilidad, salud y bondad. Alegróse al verme y se interesó por los espantosos suce-sos de que había sido testigo. Le relaté todo. El anciano escuchaba atentamente, al mismo tiempo que iba arran-cando las ramas secas.
-¡Pobre Mironov! -exclamó cuando hube terminado mi triste relato. Es una lástima, era un buen oficial. ¡Y madame Mironov era una dama bondadosa, y una ver-dadera artista preparando las setas en salmueral ¿Y Mas ha, la hija del capitán?
Le respondí que se había quedado en el fuerte, bajo los cuidados de la mujer del pope.
-¡Ay, ay, ay! -lamentóse. Eso es grave, muy grave. Bajo ningún concepto puede confiarse en la disciplina de los bandidos. ¿Qué será de la pobre muchacha?
Le dije que no era mucha la distancia al fuerte de Bie-logorsk y que, seguramente, Su Excelencia no demoraría el envío de tropas para liberar a sus desventurados habi-tantes. El general movió la cabeza dubitativamente.
-Veremos, veremos -manifestó. Aún tenemos tiem-po de conversar sobre esto. Haz el favor de venir a to-mar conmigo una tacita de té: hoy voy a celebrar consejo militar. Puedes darnos informes fidedignos sobre el tuno de Pugachov y sobre su ejército. Mientras tanto, vete a descansar.
Fui al alojamiento que se me había destinado, donde Savielich trajinaba ya, y esperé impacientemente a que llegara la hora prevista. Como el lector comprenderá, no podía dejar de presentarme a una reunión que tanta im-portancia habría de tener para mi futuro. Y llegué pun-tual a casa del general.
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