ronca. Te precipitaste designando a Shvabrin comandan-te del fuerte, y ahora te apresuras dictaminando su ejecu ción. Ya has ofendido a los cosacos, imponiéndoles como jefe a un noble; no atemorices a los nobles ajusticiando a uno de ellos a la primera denuncia
-¡No hay que compadecerse de ellos ni recompensaries! -dijo el viejecillo de la cinta azul. No sería un desatino ahorcar a Shvabrin; pero tampoco estaria mal interrogar debidamente al señor oficial para saber a qué ha venido. Si no te reconoce como soberano, no tiene por qué acudir a ti en demanda de justicia; y si te reconoce, ¿por qué ha permanecido hasta hoy en Orenburg entre tus enemigos? No estaría mal que permitieras llevarle al cuerpo de guar-dia y organizar allí el baile: barrunto que su señoria nos ha sido enviado por los jefes orenburgueses.
La lógica del desalmado viejo se me antojó harto con-vincente. Un frío helado recorrióme todo el cuerpo al pensar en qué manos había caído. Pugachov advirtió mi turbación.
-¿Que, vuestra señoría? -dijo, acompañando sus pala-
bras de un guiño. Parece que mi mariscal habla con sensatez. ¿Cuál es tu opinión?
La chanza de Pugachov me ayudó a recuperar el ánimo. Le respondí tranquilamente que estaba en su poder y que podría hacer conmigo lo que quisiera.
-Bien -respondió Pugachov. Ahora, dime en qué si-tuación se encuentra vuestra ciudad.
-
Gracias a Dios-respondí-, todo va perfectamente.
-¿Perfectamente? -repitió Pugachov-. ¡Y la gente se
muere de hambre!
El impostor decía la verdad; pero yo, cumpliendo mi deber, les aseguré que se trataba de rumores infundados y que en Orenburg había abundancia de viveres
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-Ya lo ves -intervino el viejo, te está engañando en tu propia cara. Todos los evadidos concuerdan al decir que en Orenburg sufren hambre y peste, que comen ca. rroña, y gracias; y su señoría asegura que hay de todo. Si quieres colgar a Shvabrin, cuelga también, en la misma horca, a este galán, para que ninguno sienta envidia.
Me dio la impresión de que las palabras del maldito viejo hacían vacilar a Pugachov. Mas, por fortuna, Jlo-pusha empezó a contradecir a su camarada.
-Basta, Naumich le dijo. Tú todo lo arreglas con ahorcar o degollar. ¿Qué clase de héroe eres? No hay más que ver la envoltura en que va enfundada tu, alma Estás ya con un pie en la sepultura, y únicamente piensas en empujar a otros a ella. ¿Es que no tienes suficiente san-gre sobre tu conciencia?
-¿Cómo te has vuelto tan condescendiente? -contestó Bieloborodov. ¿De dónde te ha surgido tanta piedad?
-Es verdad -respondió Jlopusha, yo también he co-metido pecados y esta mano (apretó su huesudo puño y arremangándose mostró su brazo peludo) ha derramado sangre cristiana. Pero yo he matado a enemigos, y no a invitados; en la libre encrucijada y en el oscuro bosque, que no es lo mismo que en casa, sentados ante la estufa; con el garrote y con el mazo, pero no con charlas de comadres.
El viejo se volvió, mascullando estas palabras:
-¡Narices andrajosas!
-¿Qué es lo que gruñes, trasto viejo? -gritó Jlopusha-Te voy a dar "narices andrajosas"; espera, que ya llegará tu hora; como Dios lo permita, aún has de olfatear las te-nazas Pero, mientras tanto, ¡procura que no tenga que arrancarte la barba!
-¡Señores generales! -exclamó gravemente Pugachov.
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