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martes, 17 de junio de 2025

EL FUERTE


CAPITULO III

El fuerte de Bielogorsk distaba unas cuarenta verstas de Orenburg. El camino discurría por la escarpada orilla del río Yalk, que aún no se había helado; sus plomizas olas destacaban sombríamente en las monótonas orillas



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cubiertas de nieve. Tras ellas se extendía la estepa kir. guisa. Tha asumido en hondas y tristes reflexiones. La vida de guarnición ofreciame pocos atractivos. Intentaba re presentarme al capitán Mironov, mi futuro jefe, y me lo figuraba un viejo severo y fastidioso, únicamente intere sado en los asuntos de su cargo, y dispuesto a arrestarme a pan y agua por cualquier frusleria.


Anochecía. Viajábamos a buena velocidad.


-¿Queda lejos el fuerte? -pregunté al cochero.


-Está cerca -respondió; ya se le puede divisar.


Miré en todas direcciones esperando ver amenazadores bastiones, torres y baluartes. Pero no pude descubrir na-da, a no ser una aldehuela cercada por una empalizada de estacas. A un lado se alzaban tres o cuatro hacinas medio cubiertas por la nieve; a otro, un torcido molino, cuyas


aspas de liber caían desprendidas indolentemente. -¿Dónde está el fuerte? -pregunté, sorprendido.


-Ese es me respondió el cochero indicando la alde. huela.


En aquel momento nos aproximábamos a ella. Ante el portón había un viejo cañón de hierro fundido; las calles eran estrechas y sinuosas; las isbas, bajas y en su mayor parte, con techos de paja. Ordené que me llevaran direc tamente a la commandancia, y al cabo de un minuto el carruaje detúvose ante una casita de madera, construida en un lugar elevado junto a la iglesia, también de madera.


Nadie salió a recibirme. Entré en el zaguán y entreabri la puerta del vestíbulo. Un anciano inválido, sentado en


Soldados de edad avanzada que habían pasado toda su vida en las filas del ejército, la palabra con que se los denomi naha no significa, forzosamente, que sufrieran defecto fisico alguno.


miércoles, 11 de junio de 2025

EL GUIA


ahora ya tiene un mozo como tú! ¡Oh, el tiempo, el tiem-po, con qué rapidez pasal

Abrió la carta y púsose a leerla a media voz, interca lando sus observaciones.

-"Andrei Karlovich, muy señor mío, espero que vues-tra excelencia ¿Qué ceremonias son éstas? ¡No le dará vergüenza! Claro: la disciplina está por encima de todo, pero, ¿es así como debe escribirse a un viejo cama-rada? "Vuestra excelencia no haya olvidado...". si..., "y cuando... al difunto mariscal de campo Min.... en la campaña..., así como a Karolinka..." ¡Ah, demo-nio! ¿Así que aún recuerda nuestras antiguas picardías? "Ahora tratemos del asunto le envio a mi pillete". Si....". sujetarle con guantes de erizo... ¿Qué es eso de "guantes de erizo"? Será algún dicho ruso.. ¿Qué es eso de "sujetar con guantes de erizo"? -repitió, dirigiéndose a mi.

-Quiere decir le respondí, aparentando la mayor ino-cencia posible- tratar cariñosamente, sin demasiada seve-ridad, conceder amplia libertad; eso quiere decir "sujetar con guantes de erizo".

-Si, comprendo..., "y no darle demasiada libertad..." Pues, no, parece ser que no quiere decir eso. "Lleva consigo su pasaporte". ¿Dónde está? ¡Ah, aquí!.... "comunicar al Semionovsk..." Bien, bien, todo se ha-rá..., "si me permites, dando de lado la graduación, abra-zarte y... de un viejo camarada y amigo". ¡Ah! ¡Al fin, se da dado cuenta... y etcétera.

-Bien, padrecito-dijo al terminar la lectura de la carta que colocó junto al pasaporte, cumpliremos su encargo: te destinaremos como oficial al regimiento X. Para no perder tiempo, mañana mismo puedes partir para el fuerte de Biologorsk, donde estarás a las órdenes del capitán

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Mironov, que es una persona excelente y honrada. Allt harás un verdadero servicio militar y te acostumbrarás a la disciplina. No se te ha perdido nada en Orenburg; las diversiones son nocivas para un muchacho joven. Y, por hoy, sé bienvenido y quédate a comer conmigo.

"¡Esto va de mal en peor! -me dije para mi fuero in-terno. ¿De qué me ha servido que estando aún en el vientre de mi madre fuera ya sargento? ¿Qué he ganado con ello? ¡Al regimiento de X, a un extraviado fuerte en-clavado en la misma frontera de la estepa kirguisa...!"

Comí con Andrei Karlovich y con su viejo ayudante. En la mesa reinaba la más rigurosa economía alemana. Creo que el miedo a tener que soportar de cuando en cuando, un invitado superfluo a šu ágape de soltero, fue, en parte, lo que determinó que con tanta prisa me alejara hacia la guarnición. Después de despedirme del general, partí al día siguiente para el lugar de mi destino.
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ÉL GUÍA

 


nieve se extendía, deslumbrante, por la inmensa estepa Los caballos estaban enganchados. Pagué la cuenta al dueño, que nos cobrú un precio tan moderado, que ni Savielich tuvo a bien discutir ni regatear, según tenia po costumbre, con lo que sus recelos de la vispera disipáronse Llamé al guía, le agradeci la ayuda que nos habia pres tado, y ordené a Savielich que le entregara medio rublo para vodka. Savielich frunció el ceño:


-¡Medio rublo para vodka! -exclamó. Y eso, épou qué? ¿Será porque le has permitido montar en el coche hasta la posada? Como gustes, señor, pero no nos sobra el dinero. Si vas por ahi, dando a todo el mundo, pronto te verás hambriento.


Yo no podía discutir con Savielich, pues gracias a mi promesa, era él quien disponía del dinero. Sentíame fas-tidiado, mas no podía dejar de manifestar mi gratitud al hombre que me había librado, si no, precisamente, de un peligro, sí, al menos, de una situación embarazosa.


-Bien -respondi tranquilamente, si no quieres darle medio rublo, entrégale alguna ropa mía, pues va pocu abrigado. Dale mi capote de piel de liebre.


-Pero, ¡ padrecito, Piotr Andreich! -exclamó Savielich-. ¿para qué necesita tu capote? Ese perro se lo heberá en el primer figón.


-Vejete, si lo voy a beber o no, eso no te importa -re-plicó el vagabundo. Su señoría desea regalarme el ca-pote, quitándoselo de sus propios hombros: ésa es su voluntad señorial, y tu obligación de siervo consiste en no discutir y obedecer.


-¡No tienes temor de Dios, bandido! le respondió Savielich con airado acento. Ves que la criatura todavia no comprende, y tú estás dispuesto a desplumarle, apro-vechándote de su ingenuidad. ¿Qué falta te hace el capote...

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 del señor? No te lo pondrás subre tus malditos hombros.


-Te ruego que no te andes con zarandajas -dije a mi preceptor; trae ahora mismo el capote.


-¡Dios benditol -gimió mi Savielich. ¡Si el capote de piel de liebre está casi nuevecitol, y no es que esté mal el hacer un bien, pero según a quien; ¡mas a este borracho empedernido!


Sin embargo, el capote apareció. El campesino se lo probó allí mismo. En realidad, el capote ya me resultaba a mi pequeño, y a él le estaba estrecho. Pero se las inge-nió de algún modo para vestírselo, descosiéndolo por las costuras. Al oír el chasquido de los hilos, Savielich estuvo a punto de lanzar un grito. El vagabundo mostrábase enormemente satisfecho con mi regalo. Me acompañó has-ta el carruaje y, haciéndome una profunda reverencia, me dijo:


-¡Gracias, vuestra señoríal Que el Señor premie su virtud. Jamás olvidaré sus bondades.


Y se puso en camino, mientras yo seguía adelante sin prestar atención al enojo de Savielich, y olvidándome pron-to de la tormenta de la víspera, del guía y del capote de piel de liebre.


Ya en Orenburg, me presenté inmediatamente al gene ral. Era un hombre de elevada estatura, pero encorvado por los años. Su larga cabellera era completamente blan-ca. El descolorido uniforme que vestía recordóme a los combatientes de la época de Anna Yoannovna; en su con-versación se notaba un pronunciado acento alemán. Le entregué la carta de mi padre y, al leer su nombre, me dirigió una rápida mirada:


-¡Dios mío! -exclamó-, Si parece que no hace tanto tiempo que Andrei Petrovich era de tus mismos años, y

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EL GUIA

 



senta años y conservabase lozano v arrecho. Savielich train el baúl de las provisiones y pidió fuego para preparar té, del que nunca crei estar más necesitado. El due salió a cumplir el encargo.


-¿Dónde está el guía? -pregunte a Savielich.


-Aqui, vuestra señoría respondió una voz desde lo alto.


Eché una mirada a las literas y distinguí unas negras barbas y dos ojos brillantes.


-¿Qué, amigo, te has helado?


-¡Cómo no voy a helarme con esta casaca tan delgada! Tenia un capote y, ¿por qué negarlo?, anoche se lo em peñé al tabernero; no parecía que la helada habría de ser tan fuerte.


Entró el dueño con el samovar hirviendo. Ofreci al guía una taza de té y el hombre bajó de la litera. Tenia un aspecto notable: de unos cuarenta años de edad, de estatura mediana, delgado y de anchos hombros; su negra barba empezaba a encanecer, sus ojos eran grandes, vivos e inquietos. Su rostro tenía una expresión bastante agra-dable, aunque astuta; llevaba los cabellos recortados en semicírculo y vestía una casaca andrajosa y amplios pan-talones tártaros.


Le acerqué la taza de té; tomó un sorbo e hizo un gesto de desagrado.


-Su señoría-dijome-, si quiere hacerme un favor, dis ponga que me traigan un vaso de vino, no es el té una bebida muy apropiada para un cosaco.


Cumpli su deseo de buena gana. El amo sacó del ar mario una garrafita y un vaso, se acercó al guía y, mirán dole a la cara, dijo:


-¡Vaya, de nuevo por nuestras tierras! ¿De dónde te envia Dios?

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Mi guia hizo un guiño cargado de sentido y respondió proverbialmente:


"Al huerto entré por cañamón, la vieja me apedret, pero falló." Y bien, ¿qué es de vosotros?


-¡Qué quieres que te digal respondió el durin, pro siguiendo su alegórica charla-, "Quisieron tocar a vispe ras, pero la mujer del pope lo impidió el pope estaba de visita y el diablo en la sacristía,"


-Calla, hombre-continuó mi vagabundo, si llueve, tendremos setas, y si tenemos setas, tendremos otras cosas. Y ahora dijo repitiendo el guiño esconde el hacha a tu espalda que viene el guardia. ¡Vuestra señorial ¡A salud!


Tomó el vaso, se santiguó y bebió de un solo trago. Después me hizo una reverencia y volvió a su litera.


No pude sacar nada en limpio de toda aquella jerga de pillos; pero más tarde adiviné que se habían referido a asuntos relacionados con el ejército de Yaik, que por aquel entonces había sido derrotado después del levantamiento de 1772.


Savielich escuchaba con expresión de profundo descon-tento, mirando desconfiadamente ya al guía, ya al posa-dero. La hostería, o umet, como se denominaba por aque-llas tierras, hallábase en un lugar apartado de la estepa, lejos de toda población, y parecía, más bien, un refugio de bandidos. Pero era inútil preocuparse, pues, de todos modos, no podíamos proseguir el viaje. La intranquilidad de Savielich me divertía. Me dispuse a pasar la noche tendiéndome en un banco. Savielich decidió hacerlo en el hueco de la estufa y, el posadero, en el suelo. Bien pronto


toda la isba roncaba y yo me dormí como un muerto. Al despertarme, ya avanzada la mañana del día siguien te, vi que la ventisca había amainado. Brillaba el sol y la

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EL GUIA


también se encaminaba hacia nosotros. Al cabo de un par de minutos, nos encontramos con un hombre.

-¡Eh, buen hombre! le gritó el cochero, ¿podría decinos dónde está el camino?

-Aquí mismo; precisamente, estoy sobre su suelo endu recido -respondió el caminante, y añadió: Pero, ¿qué se adelanta con ello?

-Escucha, buen hombre le dije. ¿conoces estos pa-rajes? ¿Podrías guiarme a una posada?

-El lugar me es conocido -respondió-, lo tengo reco-rrido, gracias a Dios, a todo lo largo y a todo lo ancho. Pero, ya ves cómo está el tiempo; no es difícil extraviarse. Es preferible detenerse aquí y esperar a que se calme la tormenta y se aclare el cielo y, entonces, seguiremos la ruta guiados por las estrellas.

Su sangre fría me reanimó. Y cuando ya estaba deci-dido a abandonarme a la voluntad de Dios y pasar la no-che en plena estepa, el hombre encaramóse ágilmente en el pescante y dijo al cochero:

-Gracias a Dios, cerca hay una vivienda; tuerce a la derecha y sigue en esa dirección.

-¿Por qué he de ir hacia la derecha? -quiso saber. descontento, el cochero. ¿Dónde distingues el camino? Claro, "los caballos son de otro, la collera no es mía, arrea y camina".

Estimé que el cochero tenía razón.

-En resumidas cuentas -dije al desconocido, ¿por qu crees que hay cerca una vivienda?

-Porque el viento sopla de allí -repuso el hombre-y trae olor a humo; lo cual quiere decir que la aldea no queda lejos.

Su perspicacia y su olfato me asombraron, y di la orden de proseguir la marcha. Resultaba penoso para los caballos
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 llos caminar por la espesa nieve, y el carrusje avanzaba lentamente, ora tropezando con un montón de nieve, ora metiéndose en una quebrada, y dando tumhos a un lado y otro. Parecía más bien que fuéramos navegando en medio de un mar embravecido. Savielich gemía y cho caba constantemente contra mi costado. Bajé la persiana, envolvime en el gabán y me adormilé, acunado por la cantilena de la tormenta y por el vaivén de la parsimo niosa marcha.


Jamás he podido olvidar el sueño que entonces tuve y en el que, aún hoy, encuentro algo de profético si se con-fronta con las singulares peripecias de mi vida. El lector me perdonará, pues posiblemente sabe por experiencia con qué facilidad cae el hombre en la superstición, aun si tiendo menosprecio por los prejuicios.


Hallábame en ese estado de ánimo y de sentimientos en que lo real va cediendo el paso a lo quimérico, fusionán dose ambos en las imprecisas visiones del primer sueño. Tenía la sensación de que la tormenta proseguía con toda su furia, que vagábamos errantes por la helada estepa De pronto vine a dar con un pórtico, lo traspasé y vi que me encontraba en el patio señorial de nuestra finca. Mi primera sensación fue de temor ante el posible enojo de mi padre, que podría considerar mi forzado retorno al ho-gar paterno como desobediencia premeditada. Sali del coche preocupado, y vi a mi madre que salía a recibirme con aspecto de profunda aflicción. "Silencio me dijo, tu padre se halla en su lecho de muerte y desea despe dirse de ti." Vencido por el miedo, la acompañé al dor-mitorio, débilmente alumbrado. Ante la cama había va rias personas de rostros apenados. Me aproximé lentamente al lecho; mi madre retiró las cortinas y dijo: "Andrei Pe trovich, aquí está Petrusha, que ha regresado al conocer

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EL GUÍA


 echar miradas a ambos lados y, quitándose el gorro, me dijo:


-Señor, ¿no le parece que sería mejor dar la vuelta?


-¿Para qué?


-El tiempo es inseguro: se está levantando un ligero viento; mire cómo barre el polvillo.


-¡Vaya un contratiempo!


-¿Ve aquello? -dijo el cochero señalando con el látigo hacia el Este.


-No veo nada, a no ser la blanca estepa y el cielo claro.


-Alli, allí: aquella nubecilla.


Efectivamente, en lo alto del cielo destacaba una pe-queña nube blanca, que había tomado por un lejano cerro.


El cochero aseguró que dicha nubecilla auguraba tormenta.


Había oído hablar de las borrascas de nieve que se producían en aquellos lugares, y sabía que convoves ente-ros quedaron enterrados en la nieve durante ellas. Sa-vielich, de acuerdo con la opinión del cochero, también era partidario del regreso. Mas a mí me parecía que el viento no era fuerte, y confiaba anticiparme a la ventisca y llegar a la próxima estación sin contratiempo alguno. Ordené forzar la marcha y seguir adelante.


El cochero se lanzó a la carrera, pero seguía mirando con insistencia en dirección Este. Los caballos corrían al unísono. El viento empezó a soplar con más fuerza. Las nubecillas se convirtieron en un blanco nubarrón, que fue creciendo hasta cubrir el firmamento. Empezó a caer una nieve menuda que, súbitamente, se transformó en grandes y abundantes copos. El viento silbaba; se desencadenó la tormenta. En un instante, el oscuro firmamento confun-dióse con el mar de nieve. Todo desapareció.


-¡Ve, señor -gritó el cochero-, mal asunto: ventisca! Miré hacia afuera: todo era tinieblas y remolinos.

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viento soplaba con ferocidad tan expresiva, rque semejaba algo con vida; la nieve nos cubrió a Savielich y a mi, los caballos iban al paso y no tardaron en pararse.


-¿Por qué no sigues? -pregunté, impaciente, al cochem


¿Cómo vamos a seguir? -contestó hajándose del pes-cante. Cualquiera sabe adónde hemos ido a parar: ha desaparecido el camino y la oscuridad nos rodca.


Me puse a reñirle, pero Savielich salió en su defensa.


-Mira que no hacerle caso se quejaba con enfado-, si hubiéramos vuelto a la casa de postas, podrías haber tomado un buen té y haber dormido hasta mañana; la tempestad se habría calmado y seguiríamos nuestro ca-mino. ¿Adónde vamos con tanta prisa? ¡Se comprendería si fuésemos a asistir a una boda!


Savielich tenía razón, pero la cosa ya no tenía reme-dio. La nieve seguía cayendo y al lado del coche se ele-vaban unos monticulos. Los caballos manteníanse de pie, con la cabeza gacha, y se estremecían frecuentemente. El cochero daba vueltas alrededor del coche y, como no tenia otra cosa que hacer, arreglaba el atelaje. Savielich gruñía; yo miraba hacia todos los lados con la esperanza de descubrir cualquier señal de vivienda o de camino; pero no pude distinguir nada, a no ser el confuso girar del remolino de nieve. De repente, vislumbré algo negro.


-¡Eh, cochero! -grité. Mira, ¿qué es aquello que se


ve allí?


El auriga escudriñó en la dirección que le indicaba y, sentándose de nuevo en su sitio, respondió:


-Cualquiera sabe, señor; un carruaje, no creo que sea; un árbol, tampoco; parece que se mueve. Puede que sea un lobo o una persona.


Ordené marchar hacia el indefinido bulto, y vimos que

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EL GUÍA


 

                 CAPITULO II



Las reflexiones que me hacía en el curso del viaje no eran nada halagüeñas. Mis pérdidas, con arreglo al valor del dinero en aquellos tiempos, eran considerables. En el fon. do de mi alma hube de reconocer que me había comportado,

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en la pesada, de la manera más necia, v sentiame culpable ante Savielich, Todo esto me afligia. El viejo, silencioso y sombrio, iba sentado en el pescante dándome la espalda; de cuando en cuando, se le oia emitir una es-pecie de gruñido. Yo deseaba hacer las paces con él. pero no sabía por dónde empezar. Finalmente, le dije:


-¡Bueno, bueno, Savielich, ya está bien! Reconciliémo-nos; la culpa ha sido mía, ya lo sé, únicamente mia. Ayer hice una bribonada y te ofendi sin necesidad. Te prometo que en el futuro seré más sensato y te obedeceré. Bien, acaba ya con el enfado y hagamos las paces.


-¡Oh, padrecito Piotr Andreich! -exclamó con un pro fundo suspiro-. Estoy disgustado conmigo mismo; yo soy el culpable de todo. ¿Cómo se me ocurriría dejarte solo en la posada? ¡Qué se le va a hacer! Me enredó la ten-tación: me tentó la idea de entrar, de pasada, en casa de la sacristana para visitar a la comadre. ¡Si, sil: a la comadre visitó y en la cárcel me encontré. Es una ver-dadera desgracia!... ¿Con qué cara me presento ahora ante los señores? ¿Qué dirán cuando se enteren de que su niño bebe y juega?


Para consolar al pobre viejo le prometí que, sin su per-miso, no volvería a disponer ni de un solo copek. Pocu a poco fue tranquilizándose, aunque de cuando en cuando, moviendo la cabeza, murmuraba: "Cien rublos! ¡Pues no es nada!"


Me aproximaba al lugar de mi destino. A nuestro alre-dedor se extendían estepas solitarias, atravesadas por coli-nas y barrancos. Todo estaba cubierto de nieve. El sol llegaba al ocaso. El carruaje rodaba por un camino es trecho o, más exactamente, por la huella practicada por los trineos campesinos. De pronto, el auriga comenzó a

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EL SARGENTO DE LA GUARDIA

 


En aquel momento entró en mi habitacion un mucha chs, portador de una nota de 1. 1. Zurin. Las desdoble y lei lo siguiente:


"Amable Piotr Andreievich: Haz el favor de enviarme por mi mozo los cien rublos que ayer perdiste conmigo, Tengo necesidad extrema de dinero.


"Para lo que gustes.


Iván Zurin,"


No habia otra salida. Adopté un aire indolente, orde mando a Savielich, diligente custodiador de mi dinero, mi ropa y demás asuntos, que entregara al chico los cien rublos.


-¡Cómo! ¿Para qué? -preguntó atónito.


-Los debo -respondi con la mayor frialdad posible.


-¡Los debe! -replicó Savielich, cada vez más asom-brado. ¿Cuándo, señor, has tenido tiempo de meterte en deudas? Aquí hay algo turbio. Eres dueño de hacer lo que gustes, pero el dinero no lo entrego.


Consideré que si en aquel momento decisivo no lograba quedar por encima del testarudo viejo, muy dificil me seria en el futuro librarme de su tutela. Y mirándole con suficiencia, le dije:


-Soy tu señor, y tú, eres mi servidor. El dinero es mío. Lo he perdido porque se me ha antojado, y te acon-sejo dejarte de argucias y hacer lo que te ordenan.


Quedó tan asombrado de mis palabras, que cruzóse de brazos, pasmado.


-¿Qué haces ahí? -le grité con enfado.


Savielich rompió en llanto.


-Padrecito, Piotr Andreich -balbuccó con voz temblo-


rosa-, no me mates de pena. ¡Luz de mis ojos!, escucha

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a este viejo: escribe a ese bandido; dile que se trataba de una broma y que nosotros no tenemos tanto dinero. ¡Cien rublos! ¡Dios misericordioso! Dile también que tus pa-dres te tienen terminantemente prohibido jugar, como no sea a las tabas.


-Basta de embustes -le interrumpi severamente ca el dinero, o te echaré sin contemplaciones. Sa-


Después de mirarme hondamente apesadumbrado, Sa-vielich salió en busca del dinero. El buen viejo me cau-saba lástima; pero yo deseaba hacer mi voluntad y de-mostrar que había dejado de ser un chiquillo. Se envió el dinero a Zurin. Savielich se dio prisa a sacarme de la maldita posada; me avisó que los caballos estaban dis-puestos. Abandoné Simbirsk con remordimientos de con-ciencia y mudo arrepentimiento, sin despedirme de mi maestro y sin imaginar siquiera que alguna vez volvería a verle.

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ÉL SARGENTO DE LA GUARDIA






campaña, por ejemplo, llegas a una población, que puedes matar el tiempo? No siempre vas a estar fumigan do a los judíos, Forzosamente acudes a la posada y no tienes otro remedio que echar mano del billar; por esa hay que aprender!

Yo estaba plenamente convencido de que le asistia la razón, y me lancé al aprendizaje con gran ahínco. Zurin me animaba ruidosamente, admirándose de mis rápidos pro-gresos; después de unas cuantas lecciones propuso que nos jugáramos el dinero, tan solo un céntimo dijo, más que por la ganancia, por no jugar en vano, lo que, según sus pala-bras, és una pésima costumbre. Accedí. Zurin pidió un ponche y me invitó a probarlo, mientras repetía, una y otra vez, que tenía que ir acostumbrándome a los hábitos del servicio, jy qué era el servicio sin ponches! Le obedeci y nuestro juego proseguía. Cuando más bebía, mayor era mi audacia. Consecuentemente se me iban las bolas por la borda; me enfadaba y regañaba al servidor del billar, quien efectuaba el recuento como Dios le daba a entender, y que, de hora en hora, multiplicaba las partidas. En una palabra, me comporté como un chiquillo en vacaciones.

El tiempo transcurrió insensiblemente. Zurin miró el re-loj, dejó el taco y declaró que me había ganado cien ru-blos. Quedé algo desconcertado. Mi dinero estaba en poder de Savielich. Empecé a presentarle mis excusas, pero Zurin me interrumpió:

-¡Nadal No se te ocurra preocuparte. Puedo esperar y, mientras tanto, vamos a casa de Arinushka.

¿Qué quieren? Terminé el día tan licencioso como lo había comenzado. Cenamos donde Arinushka. Zurin me servía la bebida a cada momento, repitiéndome que preci saba ir acostumbrándome al servicio. Cuando nos levantanos de la mesa,a dura penas podía sostenerme en pie y, medianoche,Zurin me llevó a la posada 

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Savielich me esperala a la entrada. Dio un respingo al ver los indulables sintomas de mi celo por el servicio.

-Pero ¿qué es esto, señor? ¿Qué te ha ocurrido? ¡Ay.

Dios miol ¡Jamás he visto en mi vida pecado mayor! -Calla, vejestorio! le jespondi tartamudeando. Τά. seguramente, estás borracho, vete a dormir... y acuéstame.

Al otro dia amaneci con dolor de cabeza y con un vago recuerdo de los acontecimientos de la vispera. Savielich interrumpió mis pensamientos al cotzar en mi habitación con una taza de té.

-Pronto, Piotr Andreich-dijo con continuos movimien tos de cabeza, demasiado pronto empiezas a divertirte. ¿A quién te pareces? Creo yo que ni tu padre ni tu abuelo fueron unos borrachos, de tu madre, nada hay que decir: excepto kras jamás llevóse a la boca bebida alguna. ¿Y quién es el culpable de todo? El maldito mu-sie. Más de una vez solia pedirle a Antipievna: Madame, se vu pri, vodka. ¡Ahí tienes el se vu pril ¡Bien te aleccionó el hijo de perral ¡Qué falta haría tomar como preceptor a un extranjero! ¡Ni que el señor careciera de personal

propio! Me sentia avergonzado. Dándole la espalda, dije:

-Sal de aquí, Savielich, no tengo ganas de té.

Pero era dificil tranquilizarle cuando se emperraba en una regañina.

-Ya ves, Piotr Andreich, a lo que conduce el beber unas copas. La cabeza se pone pesada y se pierde el apetito. El borracho es una persona que no sirve para nada... Anda, tómate esta sopa de pepinos con miel, aunque el mejor remedio para desemborracharse es medio vasito de licor. ¿Te lo sirvo?

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EL SARGENTO DE LA GUARDIA


 ante si, encima de la mesa, y abordó la escritura de la carta.


La curiosidad me atormentaba: si no era a Petersbur go. ¿adónde me enviarian? No apartaba la vista de la plu ma que, por cierto, se movia con bastante lentitud. Por fin, terminó de escribir, metió la carta y el pasaporte en un mismo paquete, se quitó los lentes y, haciendo que me acercara a él, me dijo:

-Aquí tienes esta misiva para Andrei Karlovich p... viejo amigo y camarada mio. Partes para Orenburg, donde servirás a sus órdenes.

¡Todas mis radiantes esperanzas se esfumaron! En vez de la alegre vida petersburguesa, me esperaba el aburri-miento en un lejano y perdido lugar. El servicio militar, en el que había pensado con tanto entusiasmo, se me presen-taba ahora como una penosa desgracia. Mas era inútil discutir. A la mañana siguiente aparecia parado ante el porche un coche cubierto; colocaron en él la maieta, el bail de las provisiones con el servicio de té, y los paquetes con panecillos y empanadas, últimos indicios de los mimos ho-gareños. Mis padres me dieron su bendición, y mi padre me dijo:

-Adiós, Piotr. Sirve con lealtad a quien se lo jures, obedece a tus superiores; no corras tras de su halago; no te ofrezcas para las guardias, pero no te excuses para es-quivarlas; y recuerda este refrán: "Cuida el vestido desde que es nuevo, y el honor, desde la juventud."

Mi madre, anegada en llanto, me recomendó cuidar de mi salud, y a Savielich, mirar por su hijito. Me pusieron un capote de piel de liebre y, encima, una pelliza de piel de zorro. Acomodado en el carruaje junto a Savielich. partí con lágrimas en los ojos.

Aquella misma noche llegué a Simbirsk, donde debía

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pernoctar para adquirir algunas cosas necesarias, de lo que se encargó Savielich. Por la mañana, salió a recorrer las tiendas, mientras yo le esperaba en la posada. Me aburría mirando por la ventana hacia un sucio callejón, y sali a echar una ojeada a las demás habitaciones. Entré en la sala de billar, encontrabase alli un señor, de unos treinta y cinco años de edad, de largos bigotes y ataviado con una bata; sostenía el taco en la mano v, la pipa, entre los dientes. Jugaba con uno de los servidores del billar, quien, si ganaba, bebíase una copa de vodka, v. si perdía, tenía que meterse a gatas debajo del billar. Observé el juego. Cuanto más se prolongaba éste, tanto más frecuen-tes eran los paseos a cuatro patas, hasta que, al fin, el servidor del billar quedó definitivamente tendido debajo de la mesa.

El caballero lanzó sobre él unas cuantas palabras fuer-tes, a modo de epitafio, y me propuso jugar una partida. Rehusé, alegando ignorancia en dicho juego, lo que, al pa-recer, causóle extrañeza. Me miró con una especie de conmiseración, pero conversamos. Supe que se llamaba Iván Ivanovich Zurin, que era capitán de caballería de un regimiento de húsares, que se encontraba en Simbirsk para recibir a los reclutas y que se hospedaba en la posada. Zurin me invitó a comer en su compañía, cualquier cosa -dijo, lo que Dios nos deparara, a usanza de los soldados. Acepté gustoso y nos sentamos a la mesa. Bebió mucho, estimulándome para que hiciese lo mismo, pues -según él- era preciso que fuera acostumbrándome al servicio; narró anécdotas del ejército que me hicieron reír a carca-jadas, y nos levantamos de la mesa como verdaderos ami-gos. Después se brindó para enseñarme el juego del billar, diciéndome:

-Este juego es de gran utilidad para el militar. En

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EL SARGENTO DE LA GUARDIA


 

A partir de entonces vivi hecho un haragón, persiguien do a las palomas y jugando al burro con los muchachos de la servidumbre. De esta suerte, pasaron mis dieciséis años y. por entonces, se originó un cambio en mi vida.


Cierto día otoñal, mi madre preparaba confitura de miel y vo me relamía a la vista del espumoso cocimiento. Mi padre, frente a la ventana, leía el Calendario Cortesano. Este libro, que recibía cada año, siempre ejercía sobre él una poderosa influencia: jamás lo repasaba sin marcado interés, produciéndole su lectura una asombrosa conmo-ción biliosa. Mi madre, que conocía al dedillo todas sus rarezas y costumbres, procuraba esconder el malhadado libro en lugares insospechados, de este modo, el Calen-dario Cortesano desaparecía de su vista meses enteros. Y si casualmente daba con él, no lo soltaba va de las manos durante horas y horas. Pues bien, mi padre leía el Calen-dario Cortesano: de cuando en cuando se encogía de hom-bros y repetia a media voz: "¡Teniente general!... ¡Y cuando estaba conmigo en la compañía era sargento...! ¡Y con las dos órdenes rusas de caballero...! ¡Y no hace tanto tiempo que nosotros...!" Acabó arrojando el ca-lendario sobre el diván, suuniéndose, después, en profunda meditación, que no auguraba nada bueno,


Súbitamente, dirigióse a mi madre:


-Advotia Vasilievna, ¿cuántos años tiene Petrusha?


-Ha entrado ya en los diecisiete contestó mi madre-. Petrusha nació el mismo año en que se quedó tuerta la tía Natasia Cuerasimovna, y cuando...


-Bueno la interrumpió mi padre, ya es hora de en-viarle al servicio militar. Se acabó el corretear tras las mu-chachas y zascandilear por los palomares.


La inminencia de una próxima separación commovió de tal manera a mi madre que dejó caer la cuchara dentro


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A partir de entonces vivi hecho un haragón, persiguien do a las palomas y jugando al burro con los muchachos de la servidumbre. De esta suerte, pasaron mis dieciséis años y. por entonces, se originó un cambio en mi vida.


Cierto día otoñal, mi madre preparaba confitura de miel y vo me relamía a la vista del espumoso cocimiento. Mi padre, frente a la ventana, leía el Calendario Cortesano. Este libro, que recibía cada año, siempre ejercía sobre él una poderosa influencia: jamás lo repasaba sin marcado interés, produciéndole su lectura una asombrosa conmo-ción biliosa. Mi madre, que conocía al dedillo todas sus rarezas y costumbres, procuraba esconder el malhadado libro en lugares insospechados, de este modo, el Calen-dario Cortesano desaparecía de su vista meses enteros. Y si casualmente daba con él, no lo soltaba va de las manos durante horas y horas. Pues bien, mi padre leía el Calen-dario Cortesano: de cuando en cuando se encogía de hom-bros y repetia a media voz: "¡Teniente general!... ¡Y cuando estaba conmigo en la compañía era sargento...! ¡Y con las dos órdenes rusas de caballero...! ¡Y no hace tanto tiempo que nosotros...!" Acabó arrojando el ca-lendario sobre el diván, suuniéndose, después, en profunda meditación, que no auguraba nada bueno,


Súbitamente, dirigióse a mi madre:


-Advotia Vasilievna, ¿cuántos años tiene Petrusha?


-Ha entrado ya en los diecisiete contestó mi madre-. Petrusha nació el mismo año en que se quedó tuerta la tía Natasia Cuerasimovna, y cuando...


-Bueno la interrumpió mi padre, ya es hora de en-viarle al servicio militar. Se acabó el corretear tras las mu-chachas y zascandilear por los palomares.


La inminencia de una próxima separación commovió de tal manera a mi madre que dejó caer la cuchara dentro

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ÉL SARGENTO DE LA GUARDIA


 

monsieur Bopre, para que se ocupara de mi. Fur solicitado a Moscú al mismo tiempo que nuestras provisio-nes anuales de vino y de aceite de oliva. Su llegada des-agradó profundamente a Savielich, "Creo -murmuraba para sí que, gracias a Dios, el muehacho va limpio, bien peinado y bien alimentado. ¡Buena falta hace derrochar el dinero tomando a sueldo a un musić, como si se care-ciera de personal propio!"


Bopre había sido peluquero en su patria, después, sol-dado en Prusia y, posteriormente, llegó a Rusia pour être outchitel, sin comprender mucho el significado de esta palabra. Era un buen hombre, aunque ligero de cascos y en extremo libertino. Constituía su principal debilidad la inclinación que sentía hacia el bello sexo; por las ter-nezas que prodigaba, recibía casi siempre golpes y em-pujones, de los que luego se quejaba días enteros. A esto hay que agregar que no era (según su expresión) enemigo de la botella, o sea (hablando claro), que le gus-taba empinar el codo. Como en nuestra casa únicamente se servía vino en la comida, y no más de una copita, ocu-rriendo, por añadidura, que casi siempre se pasaba por alto al profesor, mi buen Bopre aficionóse muy pronto al licor ruso, y hasta llegó a preferirlo a los vinos de su tierra, por ser incomparablemente más saludable para el estómago.


Pronto congeniamos. En virtud del contrato tenia la obligación de enseñarme el francés, el alemán y todas las ciencias, pero optó, sin embargo, porque fuera yo quien le enseñara, precipitadamente y de cualquier modo, a cha-purrear en ruso; después, cada cual se ocupaba en sus asuntos particulares. Vivíamos en completa armonía 

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no deseaba otro mentor. Pero bien pronto nos separó el destino; he aqui de qué manera:


Cierto día, la lavandera Palashka, moza gorda y picada de viruelas, y la tuerta Akulka, la encargada de las vacas, determinaron arrojarse simultáneamente a los pies de mi madre, acusándose de debilidades vergonzosas y lamen-tándose, entre lágrimas, de que monsieur Bopre había abusado de su inexperiencia. A mi madre no le agradaban semejantes bromas y enteró del asunto a mi padre, quien no era nada remiso si de la aplicación de castigos se trataba.


Inmediatamente reclamó la presencia del canalla del profesor. Y como le informaron de que en dicho momento se allaba dándome clase, presentóse él mismo en mi ha-bitación. Encontró a Bopre durmiendo el más inocente de los sueños y a mí, ocupado en otra cosa. Es preciso decir que me hablan enviado desde Moscú un mapa, que colgaba de la pared sin utilidad alguna y que, desde ha-cía tiempo, venía seduciéndome por su amplitud y por la calidad de su papel. Determiné construir con él un co-meta, faena en la que estaba atareado aprovechando el sueño de Bopre. Mi padre entró en el crítico instante en que adosaba una cola de esparto al Cabo de Buena Es peranza.


Al percatarse de mis ejercicios geográficos, me dio un tirón de orejas, arremetiendo seguidamente contra Bopre, Le despertó, no muy cuidadosamente, por cierto, cubrión-dole después de reproches. Bopre, desconcertado, intentó levantarse y no pudo conseguirlo: el infortunado frances estaba borracho perdido. El que la hace, la paga. Mi padre le levantó de la cama y, sujetándole por el cuello, le empujó hacia la puerta. Aquel mismo día abandonó muestra casa para siempre, con alegría sin limites por parte de Savielich. Y con esto, finalizó mi educación

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viernes, 23 de mayo de 2025

el sargento y la guardia



 CAPITULO 1


El Sargento de la Guardia


Mi padre, Andmi Petrovich Grines, sirvel, en as jo ventud, en el ejército, a las órdenes del conde Mintj, Jubi Makwe en el 17 con la categoría de comandante de primer grado. Fijó residencia en ru akles de Simbrirsk, donde contrajo matrimonio con la joven Alvotia Vasiliev na ***, hija de un hidalgo venido a menos de aquel logar. Tuvieron nueve hijos, pero todos mis hermanos y hermanas murieron en su más tierna infancia.


Gracias a la influencia del principe ***, mayor de la Guardis y pariente cercano de mi familia, me alistarom en el regimiento Semionovsk, con la gradución de sargento, suando todavía era yo la causa de la hinchazón del vien tre materno, Si, contra todas las esperanzas concebidas, mi madre hubiera dado a luz una hija, mi padre habría tenido que comunicar, a donde correspondiera, la defun ción del ausente sargento, y asunto concluido.


Se me consideraba gozando de licencia hasta el fin de mis estudios. En aquellos tiempos, los métodos pedagó gicus diferian esencialmente de los de hoy dia. A los cinco años de edad me pusieron en manos del palafrenero Savielich, designado mi preceptor en virtud de su inta-chable comportamiento. Bajo su tutela, a los doce años había aprendido la gramática rusa, asi como a distinguir certeramente las propiedades y caracteristicas de cualquier galgo. For aquella época, mi padre contrató a un francés

1..hoja

dónde sea brilla

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