echar miradas a ambos lados y, quitándose el gorro, me dijo:
-Señor, ¿no le parece que sería mejor dar la vuelta?
-¿Para qué?
-El tiempo es inseguro: se está levantando un ligero viento; mire cómo barre el polvillo.
-¡Vaya un contratiempo!
-¿Ve aquello? -dijo el cochero señalando con el látigo hacia el Este.
-No veo nada, a no ser la blanca estepa y el cielo claro.
-Alli, allí: aquella nubecilla.
Efectivamente, en lo alto del cielo destacaba una pe-queña nube blanca, que había tomado por un lejano cerro.
El cochero aseguró que dicha nubecilla auguraba tormenta.
Había oído hablar de las borrascas de nieve que se producían en aquellos lugares, y sabía que convoves ente-ros quedaron enterrados en la nieve durante ellas. Sa-vielich, de acuerdo con la opinión del cochero, también era partidario del regreso. Mas a mí me parecía que el viento no era fuerte, y confiaba anticiparme a la ventisca y llegar a la próxima estación sin contratiempo alguno. Ordené forzar la marcha y seguir adelante.
El cochero se lanzó a la carrera, pero seguía mirando con insistencia en dirección Este. Los caballos corrían al unísono. El viento empezó a soplar con más fuerza. Las nubecillas se convirtieron en un blanco nubarrón, que fue creciendo hasta cubrir el firmamento. Empezó a caer una nieve menuda que, súbitamente, se transformó en grandes y abundantes copos. El viento silbaba; se desencadenó la tormenta. En un instante, el oscuro firmamento confun-dióse con el mar de nieve. Todo desapareció.
-¡Ve, señor -gritó el cochero-, mal asunto: ventisca! Miré hacia afuera: todo era tinieblas y remolinos.
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viento soplaba con ferocidad tan expresiva, rque semejaba algo con vida; la nieve nos cubrió a Savielich y a mi, los caballos iban al paso y no tardaron en pararse.
-¿Por qué no sigues? -pregunté, impaciente, al cochem
¿Cómo vamos a seguir? -contestó hajándose del pes-cante. Cualquiera sabe adónde hemos ido a parar: ha desaparecido el camino y la oscuridad nos rodca.
Me puse a reñirle, pero Savielich salió en su defensa.
-Mira que no hacerle caso se quejaba con enfado-, si hubiéramos vuelto a la casa de postas, podrías haber tomado un buen té y haber dormido hasta mañana; la tempestad se habría calmado y seguiríamos nuestro ca-mino. ¿Adónde vamos con tanta prisa? ¡Se comprendería si fuésemos a asistir a una boda!
Savielich tenía razón, pero la cosa ya no tenía reme-dio. La nieve seguía cayendo y al lado del coche se ele-vaban unos monticulos. Los caballos manteníanse de pie, con la cabeza gacha, y se estremecían frecuentemente. El cochero daba vueltas alrededor del coche y, como no tenia otra cosa que hacer, arreglaba el atelaje. Savielich gruñía; yo miraba hacia todos los lados con la esperanza de descubrir cualquier señal de vivienda o de camino; pero no pude distinguir nada, a no ser el confuso girar del remolino de nieve. De repente, vislumbré algo negro.
-¡Eh, cochero! -grité. Mira, ¿qué es aquello que se
ve allí?
El auriga escudriñó en la dirección que le indicaba y, sentándose de nuevo en su sitio, respondió:
-Cualquiera sabe, señor; un carruaje, no creo que sea; un árbol, tampoco; parece que se mueve. Puede que sea un lobo o una persona.
Ordené marchar hacia el indefinido bulto, y vimos que
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