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miércoles, 11 de junio de 2025

EL SARGENTO DE LA GUARDIA


 ante si, encima de la mesa, y abordó la escritura de la carta.


La curiosidad me atormentaba: si no era a Petersbur go. ¿adónde me enviarian? No apartaba la vista de la plu ma que, por cierto, se movia con bastante lentitud. Por fin, terminó de escribir, metió la carta y el pasaporte en un mismo paquete, se quitó los lentes y, haciendo que me acercara a él, me dijo:

-Aquí tienes esta misiva para Andrei Karlovich p... viejo amigo y camarada mio. Partes para Orenburg, donde servirás a sus órdenes.

¡Todas mis radiantes esperanzas se esfumaron! En vez de la alegre vida petersburguesa, me esperaba el aburri-miento en un lejano y perdido lugar. El servicio militar, en el que había pensado con tanto entusiasmo, se me presen-taba ahora como una penosa desgracia. Mas era inútil discutir. A la mañana siguiente aparecia parado ante el porche un coche cubierto; colocaron en él la maieta, el bail de las provisiones con el servicio de té, y los paquetes con panecillos y empanadas, últimos indicios de los mimos ho-gareños. Mis padres me dieron su bendición, y mi padre me dijo:

-Adiós, Piotr. Sirve con lealtad a quien se lo jures, obedece a tus superiores; no corras tras de su halago; no te ofrezcas para las guardias, pero no te excuses para es-quivarlas; y recuerda este refrán: "Cuida el vestido desde que es nuevo, y el honor, desde la juventud."

Mi madre, anegada en llanto, me recomendó cuidar de mi salud, y a Savielich, mirar por su hijito. Me pusieron un capote de piel de liebre y, encima, una pelliza de piel de zorro. Acomodado en el carruaje junto a Savielich. partí con lágrimas en los ojos.

Aquella misma noche llegué a Simbirsk, donde debía

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pernoctar para adquirir algunas cosas necesarias, de lo que se encargó Savielich. Por la mañana, salió a recorrer las tiendas, mientras yo le esperaba en la posada. Me aburría mirando por la ventana hacia un sucio callejón, y sali a echar una ojeada a las demás habitaciones. Entré en la sala de billar, encontrabase alli un señor, de unos treinta y cinco años de edad, de largos bigotes y ataviado con una bata; sostenía el taco en la mano v, la pipa, entre los dientes. Jugaba con uno de los servidores del billar, quien, si ganaba, bebíase una copa de vodka, v. si perdía, tenía que meterse a gatas debajo del billar. Observé el juego. Cuanto más se prolongaba éste, tanto más frecuen-tes eran los paseos a cuatro patas, hasta que, al fin, el servidor del billar quedó definitivamente tendido debajo de la mesa.

El caballero lanzó sobre él unas cuantas palabras fuer-tes, a modo de epitafio, y me propuso jugar una partida. Rehusé, alegando ignorancia en dicho juego, lo que, al pa-recer, causóle extrañeza. Me miró con una especie de conmiseración, pero conversamos. Supe que se llamaba Iván Ivanovich Zurin, que era capitán de caballería de un regimiento de húsares, que se encontraba en Simbirsk para recibir a los reclutas y que se hospedaba en la posada. Zurin me invitó a comer en su compañía, cualquier cosa -dijo, lo que Dios nos deparara, a usanza de los soldados. Acepté gustoso y nos sentamos a la mesa. Bebió mucho, estimulándome para que hiciese lo mismo, pues -según él- era preciso que fuera acostumbrándome al servicio; narró anécdotas del ejército que me hicieron reír a carca-jadas, y nos levantamos de la mesa como verdaderos ami-gos. Después se brindó para enseñarme el juego del billar, diciéndome:

-Este juego es de gran utilidad para el militar. En

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