llos caminar por la espesa nieve, y el carrusje avanzaba lentamente, ora tropezando con un montón de nieve, ora metiéndose en una quebrada, y dando tumhos a un lado y otro. Parecía más bien que fuéramos navegando en medio de un mar embravecido. Savielich gemía y cho caba constantemente contra mi costado. Bajé la persiana, envolvime en el gabán y me adormilé, acunado por la cantilena de la tormenta y por el vaivén de la parsimo niosa marcha.
Jamás he podido olvidar el sueño que entonces tuve y en el que, aún hoy, encuentro algo de profético si se con-fronta con las singulares peripecias de mi vida. El lector me perdonará, pues posiblemente sabe por experiencia con qué facilidad cae el hombre en la superstición, aun si tiendo menosprecio por los prejuicios.
Hallábame en ese estado de ánimo y de sentimientos en que lo real va cediendo el paso a lo quimérico, fusionán dose ambos en las imprecisas visiones del primer sueño. Tenía la sensación de que la tormenta proseguía con toda su furia, que vagábamos errantes por la helada estepa De pronto vine a dar con un pórtico, lo traspasé y vi que me encontraba en el patio señorial de nuestra finca. Mi primera sensación fue de temor ante el posible enojo de mi padre, que podría considerar mi forzado retorno al ho-gar paterno como desobediencia premeditada. Sali del coche preocupado, y vi a mi madre que salía a recibirme con aspecto de profunda aflicción. "Silencio me dijo, tu padre se halla en su lecho de muerte y desea despe dirse de ti." Vencido por el miedo, la acompañé al dor-mitorio, débilmente alumbrado. Ante la cama había va rias personas de rostros apenados. Me aproximé lentamente al lecho; mi madre retiró las cortinas y dijo: "Andrei Pe trovich, aquí está Petrusha, que ha regresado al conocer
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