monsieur Bopre, para que se ocupara de mi. Fur solicitado a Moscú al mismo tiempo que nuestras provisio-nes anuales de vino y de aceite de oliva. Su llegada des-agradó profundamente a Savielich, "Creo -murmuraba para sí que, gracias a Dios, el muehacho va limpio, bien peinado y bien alimentado. ¡Buena falta hace derrochar el dinero tomando a sueldo a un musić, como si se care-ciera de personal propio!"
Bopre había sido peluquero en su patria, después, sol-dado en Prusia y, posteriormente, llegó a Rusia pour être outchitel, sin comprender mucho el significado de esta palabra. Era un buen hombre, aunque ligero de cascos y en extremo libertino. Constituía su principal debilidad la inclinación que sentía hacia el bello sexo; por las ter-nezas que prodigaba, recibía casi siempre golpes y em-pujones, de los que luego se quejaba días enteros. A esto hay que agregar que no era (según su expresión) enemigo de la botella, o sea (hablando claro), que le gus-taba empinar el codo. Como en nuestra casa únicamente se servía vino en la comida, y no más de una copita, ocu-rriendo, por añadidura, que casi siempre se pasaba por alto al profesor, mi buen Bopre aficionóse muy pronto al licor ruso, y hasta llegó a preferirlo a los vinos de su tierra, por ser incomparablemente más saludable para el estómago.
Pronto congeniamos. En virtud del contrato tenia la obligación de enseñarme el francés, el alemán y todas las ciencias, pero optó, sin embargo, porque fuera yo quien le enseñara, precipitadamente y de cualquier modo, a cha-purrear en ruso; después, cada cual se ocupaba en sus asuntos particulares. Vivíamos en completa armonía
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no deseaba otro mentor. Pero bien pronto nos separó el destino; he aqui de qué manera:
Cierto día, la lavandera Palashka, moza gorda y picada de viruelas, y la tuerta Akulka, la encargada de las vacas, determinaron arrojarse simultáneamente a los pies de mi madre, acusándose de debilidades vergonzosas y lamen-tándose, entre lágrimas, de que monsieur Bopre había abusado de su inexperiencia. A mi madre no le agradaban semejantes bromas y enteró del asunto a mi padre, quien no era nada remiso si de la aplicación de castigos se trataba.
Inmediatamente reclamó la presencia del canalla del profesor. Y como le informaron de que en dicho momento se allaba dándome clase, presentóse él mismo en mi ha-bitación. Encontró a Bopre durmiendo el más inocente de los sueños y a mí, ocupado en otra cosa. Es preciso decir que me hablan enviado desde Moscú un mapa, que colgaba de la pared sin utilidad alguna y que, desde ha-cía tiempo, venía seduciéndome por su amplitud y por la calidad de su papel. Determiné construir con él un co-meta, faena en la que estaba atareado aprovechando el sueño de Bopre. Mi padre entró en el crítico instante en que adosaba una cola de esparto al Cabo de Buena Es peranza.
Al percatarse de mis ejercicios geográficos, me dio un tirón de orejas, arremetiendo seguidamente contra Bopre, Le despertó, no muy cuidadosamente, por cierto, cubrión-dole después de reproches. Bopre, desconcertado, intentó levantarse y no pudo conseguirlo: el infortunado frances estaba borracho perdido. El que la hace, la paga. Mi padre le levantó de la cama y, sujetándole por el cuello, le empujó hacia la puerta. Aquel mismo día abandonó muestra casa para siempre, con alegría sin limites por parte de Savielich. Y con esto, finalizó mi educación
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