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miércoles, 11 de junio de 2025

ÉL GUÍA

 


nieve se extendía, deslumbrante, por la inmensa estepa Los caballos estaban enganchados. Pagué la cuenta al dueño, que nos cobrú un precio tan moderado, que ni Savielich tuvo a bien discutir ni regatear, según tenia po costumbre, con lo que sus recelos de la vispera disipáronse Llamé al guía, le agradeci la ayuda que nos habia pres tado, y ordené a Savielich que le entregara medio rublo para vodka. Savielich frunció el ceño:


-¡Medio rublo para vodka! -exclamó. Y eso, épou qué? ¿Será porque le has permitido montar en el coche hasta la posada? Como gustes, señor, pero no nos sobra el dinero. Si vas por ahi, dando a todo el mundo, pronto te verás hambriento.


Yo no podía discutir con Savielich, pues gracias a mi promesa, era él quien disponía del dinero. Sentíame fas-tidiado, mas no podía dejar de manifestar mi gratitud al hombre que me había librado, si no, precisamente, de un peligro, sí, al menos, de una situación embarazosa.


-Bien -respondi tranquilamente, si no quieres darle medio rublo, entrégale alguna ropa mía, pues va pocu abrigado. Dale mi capote de piel de liebre.


-Pero, ¡ padrecito, Piotr Andreich! -exclamó Savielich-. ¿para qué necesita tu capote? Ese perro se lo heberá en el primer figón.


-Vejete, si lo voy a beber o no, eso no te importa -re-plicó el vagabundo. Su señoría desea regalarme el ca-pote, quitándoselo de sus propios hombros: ésa es su voluntad señorial, y tu obligación de siervo consiste en no discutir y obedecer.


-¡No tienes temor de Dios, bandido! le respondió Savielich con airado acento. Ves que la criatura todavia no comprende, y tú estás dispuesto a desplumarle, apro-vechándote de su ingenuidad. ¿Qué falta te hace el capote...

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 del señor? No te lo pondrás subre tus malditos hombros.


-Te ruego que no te andes con zarandajas -dije a mi preceptor; trae ahora mismo el capote.


-¡Dios benditol -gimió mi Savielich. ¡Si el capote de piel de liebre está casi nuevecitol, y no es que esté mal el hacer un bien, pero según a quien; ¡mas a este borracho empedernido!


Sin embargo, el capote apareció. El campesino se lo probó allí mismo. En realidad, el capote ya me resultaba a mi pequeño, y a él le estaba estrecho. Pero se las inge-nió de algún modo para vestírselo, descosiéndolo por las costuras. Al oír el chasquido de los hilos, Savielich estuvo a punto de lanzar un grito. El vagabundo mostrábase enormemente satisfecho con mi regalo. Me acompañó has-ta el carruaje y, haciéndome una profunda reverencia, me dijo:


-¡Gracias, vuestra señoríal Que el Señor premie su virtud. Jamás olvidaré sus bondades.


Y se puso en camino, mientras yo seguía adelante sin prestar atención al enojo de Savielich, y olvidándome pron-to de la tormenta de la víspera, del guía y del capote de piel de liebre.


Ya en Orenburg, me presenté inmediatamente al gene ral. Era un hombre de elevada estatura, pero encorvado por los años. Su larga cabellera era completamente blan-ca. El descolorido uniforme que vestía recordóme a los combatientes de la época de Anna Yoannovna; en su con-versación se notaba un pronunciado acento alemán. Le entregué la carta de mi padre y, al leer su nombre, me dirigió una rápida mirada:


-¡Dios mío! -exclamó-, Si parece que no hace tanto tiempo que Andrei Petrovich era de tus mismos años, y

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