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miércoles, 11 de junio de 2025

EL SARGENTO DE LA GUARDIA

 


En aquel momento entró en mi habitacion un mucha chs, portador de una nota de 1. 1. Zurin. Las desdoble y lei lo siguiente:


"Amable Piotr Andreievich: Haz el favor de enviarme por mi mozo los cien rublos que ayer perdiste conmigo, Tengo necesidad extrema de dinero.


"Para lo que gustes.


Iván Zurin,"


No habia otra salida. Adopté un aire indolente, orde mando a Savielich, diligente custodiador de mi dinero, mi ropa y demás asuntos, que entregara al chico los cien rublos.


-¡Cómo! ¿Para qué? -preguntó atónito.


-Los debo -respondi con la mayor frialdad posible.


-¡Los debe! -replicó Savielich, cada vez más asom-brado. ¿Cuándo, señor, has tenido tiempo de meterte en deudas? Aquí hay algo turbio. Eres dueño de hacer lo que gustes, pero el dinero no lo entrego.


Consideré que si en aquel momento decisivo no lograba quedar por encima del testarudo viejo, muy dificil me seria en el futuro librarme de su tutela. Y mirándole con suficiencia, le dije:


-Soy tu señor, y tú, eres mi servidor. El dinero es mío. Lo he perdido porque se me ha antojado, y te acon-sejo dejarte de argucias y hacer lo que te ordenan.


Quedó tan asombrado de mis palabras, que cruzóse de brazos, pasmado.


-¿Qué haces ahí? -le grité con enfado.


Savielich rompió en llanto.


-Padrecito, Piotr Andreich -balbuccó con voz temblo-


rosa-, no me mates de pena. ¡Luz de mis ojos!, escucha

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a este viejo: escribe a ese bandido; dile que se trataba de una broma y que nosotros no tenemos tanto dinero. ¡Cien rublos! ¡Dios misericordioso! Dile también que tus pa-dres te tienen terminantemente prohibido jugar, como no sea a las tabas.


-Basta de embustes -le interrumpi severamente ca el dinero, o te echaré sin contemplaciones. Sa-


Después de mirarme hondamente apesadumbrado, Sa-vielich salió en busca del dinero. El buen viejo me cau-saba lástima; pero yo deseaba hacer mi voluntad y de-mostrar que había dejado de ser un chiquillo. Se envió el dinero a Zurin. Savielich se dio prisa a sacarme de la maldita posada; me avisó que los caballos estaban dis-puestos. Abandoné Simbirsk con remordimientos de con-ciencia y mudo arrepentimiento, sin despedirme de mi maestro y sin imaginar siquiera que alguna vez volvería a verle.

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