CAPITULO II
Las reflexiones que me hacía en el curso del viaje no eran nada halagüeñas. Mis pérdidas, con arreglo al valor del dinero en aquellos tiempos, eran considerables. En el fon. do de mi alma hube de reconocer que me había comportado,
hoja 1
en la pesada, de la manera más necia, v sentiame culpable ante Savielich, Todo esto me afligia. El viejo, silencioso y sombrio, iba sentado en el pescante dándome la espalda; de cuando en cuando, se le oia emitir una es-pecie de gruñido. Yo deseaba hacer las paces con él. pero no sabía por dónde empezar. Finalmente, le dije:
-¡Bueno, bueno, Savielich, ya está bien! Reconciliémo-nos; la culpa ha sido mía, ya lo sé, únicamente mia. Ayer hice una bribonada y te ofendi sin necesidad. Te prometo que en el futuro seré más sensato y te obedeceré. Bien, acaba ya con el enfado y hagamos las paces.
-¡Oh, padrecito Piotr Andreich! -exclamó con un pro fundo suspiro-. Estoy disgustado conmigo mismo; yo soy el culpable de todo. ¿Cómo se me ocurriría dejarte solo en la posada? ¡Qué se le va a hacer! Me enredó la ten-tación: me tentó la idea de entrar, de pasada, en casa de la sacristana para visitar a la comadre. ¡Si, sil: a la comadre visitó y en la cárcel me encontré. Es una ver-dadera desgracia!... ¿Con qué cara me presento ahora ante los señores? ¿Qué dirán cuando se enteren de que su niño bebe y juega?
Para consolar al pobre viejo le prometí que, sin su per-miso, no volvería a disponer ni de un solo copek. Pocu a poco fue tranquilizándose, aunque de cuando en cuando, moviendo la cabeza, murmuraba: "Cien rublos! ¡Pues no es nada!"
Me aproximaba al lugar de mi destino. A nuestro alre-dedor se extendían estepas solitarias, atravesadas por coli-nas y barrancos. Todo estaba cubierto de nieve. El sol llegaba al ocaso. El carruaje rodaba por un camino es trecho o, más exactamente, por la huella practicada por los trineos campesinos. De pronto, el auriga comenzó a
hoja 2

No hay comentarios.:
Publicar un comentario