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miércoles, 11 de junio de 2025

EL SARGENTO DE LA GUARDIA


 

A partir de entonces vivi hecho un haragón, persiguien do a las palomas y jugando al burro con los muchachos de la servidumbre. De esta suerte, pasaron mis dieciséis años y. por entonces, se originó un cambio en mi vida.


Cierto día otoñal, mi madre preparaba confitura de miel y vo me relamía a la vista del espumoso cocimiento. Mi padre, frente a la ventana, leía el Calendario Cortesano. Este libro, que recibía cada año, siempre ejercía sobre él una poderosa influencia: jamás lo repasaba sin marcado interés, produciéndole su lectura una asombrosa conmo-ción biliosa. Mi madre, que conocía al dedillo todas sus rarezas y costumbres, procuraba esconder el malhadado libro en lugares insospechados, de este modo, el Calen-dario Cortesano desaparecía de su vista meses enteros. Y si casualmente daba con él, no lo soltaba va de las manos durante horas y horas. Pues bien, mi padre leía el Calen-dario Cortesano: de cuando en cuando se encogía de hom-bros y repetia a media voz: "¡Teniente general!... ¡Y cuando estaba conmigo en la compañía era sargento...! ¡Y con las dos órdenes rusas de caballero...! ¡Y no hace tanto tiempo que nosotros...!" Acabó arrojando el ca-lendario sobre el diván, suuniéndose, después, en profunda meditación, que no auguraba nada bueno,


Súbitamente, dirigióse a mi madre:


-Advotia Vasilievna, ¿cuántos años tiene Petrusha?


-Ha entrado ya en los diecisiete contestó mi madre-. Petrusha nació el mismo año en que se quedó tuerta la tía Natasia Cuerasimovna, y cuando...


-Bueno la interrumpió mi padre, ya es hora de en-viarle al servicio militar. Se acabó el corretear tras las mu-chachas y zascandilear por los palomares.


La inminencia de una próxima separación commovió de tal manera a mi madre que dejó caer la cuchara dentro


hoja 4

A partir de entonces vivi hecho un haragón, persiguien do a las palomas y jugando al burro con los muchachos de la servidumbre. De esta suerte, pasaron mis dieciséis años y. por entonces, se originó un cambio en mi vida.


Cierto día otoñal, mi madre preparaba confitura de miel y vo me relamía a la vista del espumoso cocimiento. Mi padre, frente a la ventana, leía el Calendario Cortesano. Este libro, que recibía cada año, siempre ejercía sobre él una poderosa influencia: jamás lo repasaba sin marcado interés, produciéndole su lectura una asombrosa conmo-ción biliosa. Mi madre, que conocía al dedillo todas sus rarezas y costumbres, procuraba esconder el malhadado libro en lugares insospechados, de este modo, el Calen-dario Cortesano desaparecía de su vista meses enteros. Y si casualmente daba con él, no lo soltaba va de las manos durante horas y horas. Pues bien, mi padre leía el Calen-dario Cortesano: de cuando en cuando se encogía de hom-bros y repetia a media voz: "¡Teniente general!... ¡Y cuando estaba conmigo en la compañía era sargento...! ¡Y con las dos órdenes rusas de caballero...! ¡Y no hace tanto tiempo que nosotros...!" Acabó arrojando el ca-lendario sobre el diván, suuniéndose, después, en profunda meditación, que no auguraba nada bueno,


Súbitamente, dirigióse a mi madre:


-Advotia Vasilievna, ¿cuántos años tiene Petrusha?


-Ha entrado ya en los diecisiete contestó mi madre-. Petrusha nació el mismo año en que se quedó tuerta la tía Natasia Cuerasimovna, y cuando...


-Bueno la interrumpió mi padre, ya es hora de en-viarle al servicio militar. Se acabó el corretear tras las mu-chachas y zascandilear por los palomares.


La inminencia de una próxima separación commovió de tal manera a mi madre que dejó caer la cuchara dentro

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