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martes, 17 de junio de 2025

EL FUERTE


CAPITULO III

El fuerte de Bielogorsk distaba unas cuarenta verstas de Orenburg. El camino discurría por la escarpada orilla del río Yalk, que aún no se había helado; sus plomizas olas destacaban sombríamente en las monótonas orillas



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cubiertas de nieve. Tras ellas se extendía la estepa kir. guisa. Tha asumido en hondas y tristes reflexiones. La vida de guarnición ofreciame pocos atractivos. Intentaba re presentarme al capitán Mironov, mi futuro jefe, y me lo figuraba un viejo severo y fastidioso, únicamente intere sado en los asuntos de su cargo, y dispuesto a arrestarme a pan y agua por cualquier frusleria.


Anochecía. Viajábamos a buena velocidad.


-¿Queda lejos el fuerte? -pregunté al cochero.


-Está cerca -respondió; ya se le puede divisar.


Miré en todas direcciones esperando ver amenazadores bastiones, torres y baluartes. Pero no pude descubrir na-da, a no ser una aldehuela cercada por una empalizada de estacas. A un lado se alzaban tres o cuatro hacinas medio cubiertas por la nieve; a otro, un torcido molino, cuyas


aspas de liber caían desprendidas indolentemente. -¿Dónde está el fuerte? -pregunté, sorprendido.


-Ese es me respondió el cochero indicando la alde. huela.


En aquel momento nos aproximábamos a ella. Ante el portón había un viejo cañón de hierro fundido; las calles eran estrechas y sinuosas; las isbas, bajas y en su mayor parte, con techos de paja. Ordené que me llevaran direc tamente a la commandancia, y al cabo de un minuto el carruaje detúvose ante una casita de madera, construida en un lugar elevado junto a la iglesia, también de madera.


Nadie salió a recibirme. Entré en el zaguán y entreabri la puerta del vestíbulo. Un anciano inválido, sentado en


Soldados de edad avanzada que habían pasado toda su vida en las filas del ejército, la palabra con que se los denomi naha no significa, forzosamente, que sufrieran defecto fisico alguno.


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