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sábado, 28 de junio de 2025

EL JUICIO


tanto, Maria Ivanovna tomó asiento en la carroza y se diri. gió a palacio, escoltada por los consejos y las bendiciones de Anna Blasievna.

María Ivanovna presentia que nuestra suerte estaba echada; su corazón latia agitadamente lleno de zozobra. A los pocos minutos, la carroza se detuvo ante palacio. Su-bió temblorosa la escalinata. A su paso, las puertas se abrian de par en par. Atravesó una serie de suntuosas estancias vacías, el lacayo la precedía, indicándole el ca-mino. Al llegar ante unas puertas cerradas, la dejó sola para ir a anunciarla.

La idea de que se iba a ver, cara a cara, con la empe-ratriz, causábale tal pavor que dificilmente se mantenia en pie. No tardaron en abrirse las puertas, y penetró en el camarin de la soberana.

La emperatriz se ocupaba de su tocado. Rodeahanla varias damas de honor, que, respetuosamente, cedieron el paso a Maria Ivanovna. La soberana se dirigió a ella cari ñosamente, y Maria Ivanovna vio que era la misma dama con la que tan confiadamente habia conversado minutos antes. La soberana la ordenó acercarse y, sonriendo, le dijo:

-Me siento complacida porque he podido cumplir la palabra que le di satisfaciendo su petición. Su problema ha sido resuelto. Estoy convencida de la inocencia de su prometido. Aquí tiene esta carta, que usted misma ha de tomarse la molestia de entregar a su futuro suegro. Maria Ivanovna tomó la carta con mano trémula y, rom piendo en llanto, arrojóse a los pies de la emperatriz, quien

la levantó y le dio un beso. La soberana añadió -Sé que no es usted rica, pero estoy en deuda con la hija del capitán Mironov. No se preocupe por su por venir. En mis manos quedan los asuntos de su fortuna.

Después de colmar de atenciones a la pedre huérfana, is woberana despidiose de ella. Mania Ivanovа терезе en la misma catroza. Anna Blasievna, que bolna reperade anpaciente su vuelta, la acoso a preguntas, a las que Maria Jeanovna respondió veladamente. Y aunmpo a Azusa Bla devna no le satisfizo su falta de memoria, achavila, sin embargo, a su timidez provinciana, y generosamente, la disculpó. Aquel mismo dia, sin sentir la curiosulad sle echar un vistazo a Petersburgo, Maria Ivanovna inició el regreso a la aldea.....

Aqui se interrumpen los apuntes de Piotr Andreievich Geinev. Por las tradiciones familiares se ha llegado a sa ber que fue liberado de su encierro a finales de 1774, por orden de una persona ilustre, que estuvo presente en la ejecución de Pugachov, quien le reconoció entre la muchedumbre y le saludó con un movimiento de su ca-beza, que al cabo de un minuto era mostrada, muerta y ensangrentada, a la multitud. No tardó mucho Piotr An drejevich en contraer matrimonio con María Ivanovna. Su descendencia vive prósperamente en la provincia de Sim-birsk. A unas treinta verstas de existe un pueblo, pro-piedad de una decena de terratenientes. En una de las estancias señoriales se exhibe una carta autógrafa de Cata Ina II, enmarcada en un cuadro con eristal, remitida al padre de Piotr Andreievich. Contiene la absolución de tu higo, asi como encomios a la inteligencia y al corain de la hija del capitán Mironov

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Habra venido seguramente para solucionar algunos asuntos?

-Eso es. He venido para entregar una súplica a la so berana.

-Como es huérfana, žes usted víctima de alguna injus ticia u ofensa?

-No, no. He venido a solicitar clemencia y no justícia.

-Permitame preguntarle: ¿Quién es usted?

-Soy la hija del capitán Mironov.

el capitán Mironov! ¿El que fue comandante de uno de los fuertes orenburgueses?

-El mismo.

-Perdóneme -dijo con voz aún más cariñosa- si me in-miscuyo en sus asuntos, pero frecuento la Corte. Expli queme en qué consiste su petición y quizá pueda ayudarla Maria Ivanovna se levantó y respetuosamente le expresó su agradecimiento. Todo en aquella desconocida dama se ducia espontáneamente el corazón e inspiraba confianza. Maria Ivanovna extrajo del bolsillo un papel doblado y se lo entregó a su desconocida protectora, quien púsose a leerlo en voz baja.

Al principio leia con aire atento y complaciente, pero de pronto, su semblante se transformó, María Ivanovna, que segula con la vista todos sus movimientos, sobresaltóse por la expresión severa de aquel rostro, momentos antes tha agradable y sereno.

-¿Intercede usted por Grinev? -preguntó la dama con tono frio. La emperatriz no puede perdonarle. Se unid al impostor no por ignorancia o imprudencia, siso como un canalla inmoral y dañino.

-¡Oh, eso no es verdad! -grité María Ivanovna -¿Cómo que no es verdarll-repuso la dama, sofocada--No es verdad, pongo Dios por testigo, que no es

verdad! Yo sé bien lo que pasó y se lo voy a contar todo Enscamente por mi se expuso a las desdichas que le han scurrido. Si no se justificó ante el tribunal fue solo por no complicarme.

Y le narró con ardor cuanto el lector ya спросе. La señora escuchaba atentamente.

-¿Donde se hospeda usted? inquirió después, y al oir que en casa de Anna Blasievna, agregó con una sonri-¡Ah, ya la conozcol Adiós, no hable con nadie de nuestro encuentro. Confío en que no tenga que esperar mucho la respuesta a su carta.

Con estas palabras se levantó, encaminándose hacía una venida cubierta, y Maria Ivanovna regresó a casa de Anca Blasievna, pletórica de radiantes esperanzas.

La dueña de la casa la amonestó por su temprano pa-seu que en otoño, según dijo, era nocivo para la salud de una muchachita joven. Preparó el samovar y cuando, ante una taza de té, se disponía a emprender sus interminables relatos acerca de la Corte, detivose a la puerta una ca mea palaciega y un lacayo que venia en ella, anunció que la soberana deseaba que la señorita Mirónova acudiers a su presencia.

Anna Blasievna, maravillada, púsose a reir. -¡Oh, Señor! -gritaba. La soberana la llama a su

presencia. ¿Y cómo ha tenido noticias de usted? ¿Cómo ass presentarte, madrecita, ante la emperatriz? Creo que no sabes ni cómo se camina en la Corte... ¿Y si la acom pañara? De todos modos, podría serle útil, aconsejándole caso necesario. ¿Va a presentarse con el vestido de Maje? ¿Quiere que envie por el miriñaque amarillo de la mmadrona?

Pero el lacayn aclaró que el deseo de la soberana era The Maria Ivanovna fuera sola y como estuviese. Por
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secondara el falso delito de su hijo le hacia sentirse incó. modo, como si se tratara de un reproche mordaz.

-Vete, madrecital le dijo con un suspiro. No quere mos ser obstáculo para tu felicidad. Que Dios te conceda por prometido a un hombre honrado y no un botarate traidor.

Y se levantó, abandonando la estancia.

Al quedarse a solas con mi madre, Maria Ivanovna le explicó, en parte, sus intenciones. Mi madre la abrazó con lágrimas en los ojos y pidió a Dios la feliz culminación de la empresa proyectada. Equiparon a María Ivanovna cou todo lo necesario, y varios días después se pato en camino, acompañada por la fiel Palasha y por el leal Sa-vielich, quien, separado de mi por la fuerza de las cit cunstancias, se consolaba con la idea de que servía a mi prometida.

Maria Ivanovna llegó sin novedad a Sofia y, al ente rarse, en la casa de postas, de que la Corte hallábase en tonces en Zarskoe Sielo, decidió hospedarse alli. Hahill-taron un rincón para ella, resguardado por un tabique. La esposa del intendente, Anna Blasievna, en seguida trabo conversación con Marňa Ivanovna, haciéndola saber que eta sobrina del fogonerd de la Corte, quien la ponia al tanto de todos los secretos de la vida palaciega. La enteró de la hora en que la soberana acostumbraba despertarse. cuándo tomaba el café y cuándo se paseaba; qué altos dignatarios la acompañaban; qué tuvo a bien manifestar la vispera durante la comida, a quién había recibido por la tarde, en una palabras que la conversación de Anna Blasievna habria llenado unas cuantas páginas de apunter históricos, de incalculable valor para la posteridad. Maria Ivanovna la escuchó con atención. Salieron después de paseo, al parque, y Anna Blasievna le relató la historia de

cada avenida, de cada puente y. tras un largo recorrido, regresaton a la casa de postas muy satisfechas una de la etra

Maria Ivanovna se desperto muy temprano al dia guiente. Se vistió silenciosamente y se encaminó al parque. Eza una mañana maravillosa, el sol iluminaba la copa de los tilos, amarillentos ya por el fresco hálito del otoño. El extenso lago brillaba inmóvil. Los cisnes, despabilados, salian nadando majestuosamente de debajo de los arbustos que bordeuban la orilla. Maria Ivanovna pasaba cerca de un hermoso prado, en el que, no hacia mucho, hablase levantado sus monumento en honor a las recientes victo rias del conde Piotr Alexandrovich Rumiantsev. De re-pente, un perrito blanco de raza inglesa dio unos cuantos ladridos y corrió a su encuentro. Maria Ivanovna detú vose asustada, pero oyó una agradable voz femenina: "No tema, que no muerde", descubriendo a una dama, sentada en un banco frente al monumento. Tomó asiento en el mismo banco, en el extremo opuesto. La señora la miraha fijumente, Maria Ivanovna, por su parte, con unas cuan tas miradas de reojo, tuvo tiempo de inspeccionarla de pies a cabeza. Vestia un traje blanco de mañana, una co-fia de dormir y una chaqueta. Su edad frisaba en la cua-restena. Su rostro, lleno y colorado, reflejaba magnifi erncia y serenidad, y sus azules ojos y su sonrisa fácil tendan un encanto inefable. La dama fue la primera en mmper el silencio.

-¿Usted no es de por aquí, verdad?

-No, señora. Ayer llegué de provincias.

Ha venido con sus padres?

-No, no. He venido sola.

-Sola! Es usted muy joven.

-No tengo padre ni madre.

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dujo inquietud alguna, sino que, frecuentemente, les hacia reir de todo corazón. Mi padre no quiso creer que yo pu diera estar complicado en la odiosa sublevación, cuyo ob jetivo era el derrocamiento del trono y el exterminio del linaje nobiliario. Interrogo rigurosamente a Savielich. El preceptor no ocultó que el señorito habia sido huésped de Emilian Pugachov, ni la benévola actitud del bandido, pero juró que no tenia conocimiento de ninguna traición. Mis viejecillos se tranquilizaron v esperaron con impacie cia noticias favorables. Maria Ivanovna sentiase atroz mente alarmada, pero guardaba silencio, pues estaba do tada, en sume grado, de discreción y prudencia,

Pasaron unas cuantas semanas. Inesperadamente, mi padre recibió desde Petersburgo una carta de nuestro pa riente, el principe B. Referíase a mi asunto. Des pués del habitual preámbulo le comunicaba que las sos-pechas sobre mi participación en los planes de los suble-vados habían resultado, por desgracia, demasiado fundadas, que merecidamente se me podria haber condenado a la última pena. Pero que la soberana, en consideración a los méritos y a la avanzada edad de mi padre, había de-cidido indultar a su criminal hijo librándole de muerte deshonrosa, ordenando solamente que fuera deportado, pa-ra toda la vida, a un remoto lugar de Siberia.

Este inesperado golpe estuvo a punto de matar a mi padre. Perdió su corriente firmeza y su pena (general-mente sufrida en silencio) solía desbordarse en amargat quejas.

-¡Cómo es posible repetia una y otra vez fuera de si- que mi hijo haya participado en los planes de Puga-chov! ¡Dios bendito, lo que he de soportar a mis años! ¡La soberana le libera de la ejecución! Pero, ¿acaso ello proporciona algún alivio? Lo más terrible no es la muerte:

un antepasado mio murió en el patíbulo por defender lo que su conciencia estimaba sagrado, mi padre, padeció junto a Bolinski y Jrushov. Pero jque un hidalgo traicioné juramento uniéndose a bandidos, asesinos y siervos fu-gitivos!... ¡Qué vergüenza y qué baldón para nuestra fa milial ...

Mi madre, asustada por su desesperación, ni a liorar se atrevia delante de él, y esforzábase por reanimarle, ha-blando de rumores inciertos y de la inestabilidad de la opi nión de las gentes. Pero mi padre mostrábase inconsolable. Maria Ivanovna se atormentaba más que nadie. Con vescida de que yo podia demostrar mi inocencia en cuanto lo deseara, adivinaba la verdad, considerándose culpable de mi desgracia. Ocultaba a todos sus lágrimas y sus su frimientos, meditando incesantemente en los recursos que podrian salvarme.

Cierta noche mi padre, sentado en el diván, hojeaba las páginas del Calendario Cortesano, sus pensamientos vola ban lejos y no le producía la lectura su acostumbrado efec to. Silbaba una antigua marcha. Mi madre tejia en si lencio una bufanda de lana sobre la que, de cuando en cuando, caian algunas lágrimas María Ivanovna, que tam-bién se ocupaba en algo, anunció súbitamente que se vela precisada a partir para Petersburgo, y pidió que le facili taran los medios para hacer el viaje. Mi madre, apenada, le preguntó:

¿Por qué tienes que ir a Petersburgo? ¿Será posible, Maria Ivanovna, que también tú quieras abandonamos? María Ivanovna contestó que su porvenir dependía de dicho viaje, que iba en busca de la protección y ayuda de personas influyentes, ante quienes se presentaria como la hija del hombre que había sido víctima de su fidelidad.

Mi padre inclinó la cabeza: cualquier palabra que le 

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 ria Ivanovna. Pero me acometió de pronto una repug uancia invencible, porque imagine que si pronunciaba su nombre, la Comisión la requiriria para que también re pondiera de sus actos, que, además, su nombre se veria envuelto con las odiosas calumnias de los malvados, y has ta podría suceder que tuviera que soportar un caren con ellos. Esta idea terrible afectóme de tal manera que me quedé aturdido y desconcertado.


Mis jueces que, al parecer, habían comenzado a e cuchar mis respuestas con cierta benevolencia se predis pusieron de nuevo contra mi al ver la confusión que de mostraba. El oficial de la Guardia exigió que me ca rearan con el principal delator. El general ordenó llamar al "malhechor de ayer". Me volvi vivamente hacia la puerta, esperando la aparición de mi acusador. A kos pocos minutos oyóse el resonar de una cadena, abrióse la puerta y se presentó Shvabrin. Me dejó sorprendido la transformación que se había operado en él. Estaba terri blemente pálido y enflaquecido. Sus cabellos, hasta hacia poco tan negros como la pez, habian encanecido por com pleto, su larga barba estaba enmarañada. Repitió acusaciones con voz débil, pero resuelta. Según sus pala bras, yo había sido enviado por Pugachov a Orenburg en calidad de espia, cada dia salia de excursión con el silo objeto de entregar información escrita acerca de lo que ocurría en la citadad, y que, finalmente, me habia pasado. al enemigo de modo descarado, viajando con el impostor de fuerte ea fuerte, para procurar, por todos los medios, hundir a mis otros compañeros de traición, para ocupar sus puestos y aprovecharme de las recompensas que distri buia el impostor. Le escuchaba en silencio y sentíame -tisfecho por una cosa: el nombre de Maria Ivanovna na había sido pronunciado por el abyecto canalla, quizá por


que su amor propio sifria al sudo pentaniruta de la que habia rechazado con desptrcin, o bien pumpen congzon conservata una chipa del mismo sent me habia obligado a callar a mi. Avi es que, cсон цагта qor fuese, el nombre de la hija del omamlade no fue revelado ante la comision. Yo me afirm mas en mi prope sido, y cuando los jueces me preguntaron que como podria refutar las acusaciones de Shvalırin, respondi que me ate ia a mi primera declaración y que nada más postia añadir en si defensa. El general ordenó qur nos retirasen. Sa limos juntos. Miré a Shvabrin trampuilamente, sin diri girle la palabra. A au rostro asomó una sonrisa perversa, levantó sus cadenas y se me adelantó con paso acelerado De auevo me encerraron en la prisión y no volvien a interrogarme.


No fui testigo de lo que me resta por dar a conocer al lector. Pero he oido narrarlo tan frecuentemente, que hasta los más pequeños detalles han quedado grabados en mi memoria, pareciéndome, además, como si de modo invi sible hubiera estado presente en ellos,


Maria Ivanovna había sido acogida por mis padres con esa sincera y cordial hospitalidad que distinguia a las gentes del pasado siglo. Consideraban una hendición de Dins la oportunidad que habian tenido de amparar y col mar de atenciones a una pobre huérfana. Muy pronto le Momaron verdadero afecto, pues era imposible conocerla y no llegar a quererla. Mi padre ya no consideraha mi smor como una extravagancia, y mi madre no ansiaba otra cusa sino que su Petrusha se casara con la linda hija del capitin.


La noticia de mi arresto sorprendió a mi familia. Maria Ivanovna habiales narrado con tal sencillez y naturalidad mi chocante amistad con Pugachov, que ella no les pro-

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cubierta de papeles, sentábanse dos hombres: un general entrado en años, de frio y severo aspecto, y un joven ca pitán de la Guardia, de unos veintiocho años de edad, de apariencia muy agradable, diestro y llano en el trato. Cer ca de la ventana, en una mesa aparte, sentábase el secre tario, con la pluma tras la oreja e inclinado sobre el papel dispuesto a copiar mis declaraciones. Dio comienzo el interrogatorio. Preguntáronme Preg mi nombre y graduación. I general quiso saber si, por essualidad, yo era hijo de Andrei Petrovich Grinev. A mi afirmativa respuesta, se veramente dijo:

-¡Es una lástima que persona tan honorable tenga un hijo tan indignol

Le respondi tranquilamente que, cualesquiera que fue ran las acusaciones que pesaban sobre mi, confiaba en poder rechazarlas explicando sinceramente la verdad. No le sentó bien mi tranquilidad.

-Tú, hermano, eres un vivo-dijome ceñudo- pem themos conocido otros peores!

Seguidamente, el joven capitán me preguntó que cuán do y por qué habia entrado al servicio de Pugachov y en qué misiones me había utilizado.

Lleno de indignación respondile que, como oficial y como noble, jamás hubiera podido someterme a las ór denes de Pugachov, ni aceptar misión alguna suya.

-¿Y cómo se explica añadió mi interrogador que un solo oficial noble haya sido perdonado por el impostos, mientras que todos sus camaradas fueron asesinados feroz mente? ¿Cómo puede explicarse que ese mismo oficial noble se haya divertido amistosamente en unión de les blevados y que hasta haya aceptado del malvado cabe cilla el regalo de un capote, un caballo y una moneda de medio rublo? ¿Cómo nació tan extraña amistad y en qué

estaba baada, si no era en la traición o en todo caso, en una abominable y criminal cobardia?

Me senti hondamente herido por las palabras del oficial de la Guardia y comencé ardientemente a justificarme Les expliqué cómo habia conocido a Pugachov en la estepa, durante la borrasca de nieve, cокно е тесолосió cuando entré en el fuerte de Bielogorsk indultándome después. Admiti que, efectivamente, no habia tenido inconveniente alguno en recibir de manos manos del del impostor impostor el el capote y el caballo, pero que habla defendido el fuerte hasta el último momento contra los ataques del malhechor. Por último, remitime a mi general, quien podría atestiguar mi ardur combativo durante el infortunado asedio a Orenburg.

El riguroso anciano fumo de encima de la mesa una carta abierta, y leyó en voz alta:

-Sobre la información que pide vuestra excelencia re lativa al alférez Grinev, complicado, según parece, en los actuales disturbios y en relaciones con el malvado, tode ello incompatible con su cargo y contradictorio con su de ber, tengo el honor de declarar que el usodicho alférez Crisev prestó sus servicios en Orenburg desde comienzas de octubre del pasado año de 1773 hasta el 24 de febrero del presente año, en cuya fecha se ausentó de la cindad cesando, desde entonces, de estar bajo mi mando. Pero se ha sabido, a través de los fugitivos, que visitó a Puga-chov en su feudo y que viajó en su compañia al fuerte de Bielognisk, donde con anterioridad habia estado destina-do, en lo que concierne a su comportamiento, yo pur do

Aqui interrumpió la lectura, diciéndome severamente: ¿Qué tienes que decir ahora en tu justificación?

Quise proseguir cono habia comenzada y exponer, te sinceramente como todo lo demás, mis relaciones con Ma-
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Estaba convencido de que el delito no sería otro que el de mi indisciplinada ausencia de Orenburg. Podria justifi carme fácilmente: las incursiones y los raids no solamente jamas fueron prohibidos, sino que eran estimulados por to

dos los medios. Se me podria acusar de impetuosidad des mesurada, pero no de desobediencia. Mas mis cordiales relaciones con Fugachov podian ser comprobadas por nu merosos testigos y tendrían que parecer, por lo menos, sospechosas. Cavilė durante todo el el camino en los inte-rogatorios que me esperaban y en las respuestas que de-beria dar, y tomé la resolución de declarar ante el tri bunal la pura verdad, considerando que semejante medio de justificación sería el más sencillo y, al mismo tiempo, el más infalible.

Llegué a Kazán, devastado e incendiado. En las calles, en lugar de casas, aparecian montones calcinados, y las paredes ahumadas ergulanse desprovistas de tejados y ventanas. Tal era el rastro dejado por Pugachov! Me condujeron al fuerte, que había quedado intacto en medio de la ciudad incendiada. Los húsares entregáronme al oficial de guardia. Este mandó llamar al herrero, quien me colocó una cadena en los pies, asegurándola bien. Des-pors pase a la prisión, donde dejáronme solo, en un es trecho y oscuro calabozo de paredes desnudas y con un ventanuco resguardado con una reja.

Tal comienzo no vaticinaba nada bueno. Sin embargo, no me desanimé ni perdi las esperanzas. Recurri al consuelo de todos los afligidos y, por primera vez, saboreé la dulzura de la oración, que salia de un corazón integro, pero lacerado. Después, me dormi tranquilamente, sin preocuparme de lo que sería de mi.

Al dia siguiente me despertó el vigilante de la prisión, omunicándome que la Comisión reclamaba mi presencia. Atravese el patio en dirección a la comandancia, acompa-Rado por dos soldados que se quedaron en el vestibulo, mientras yo pasaba a las habitaciones interiores.

Penetré en una sala hastante ampha. Tras una mesa
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EL ARRESTO

 


gida a todos los jefes de secciones, para que se me arres-tara allí donde apareciera y se me enviara, inmediatamente y bajo vigilancia, a Kazán para responder ante la Comisión investigadora de los asuntos de Pugachov.

El papel estuvo a punto de caérseme de las manos.

-¡No puedo hacer nada! -dijo Zurin-. Debo cumplir la orden. Posiblemente han tenido que llegar, de algún modo, al Gobierno los rumores acerca de tus viajes amis-tosos con Pugachov. Espero que el asunto no tendrá con-secuencias y que lograrás justificarte ante la Comisión. No te desalientes y emprende el camino.

Mi conciencia estaba limpia y no temía el juicio; pero me resultaba terrible la idea de que, quizá, tendría que aplazar, acaso por unos cuantos meses, el instante del de-licioso encuentro. Me colocaron en una carreta escoltado por dos húsares con el sable desenvainado, e inicié el viaje por el camino real.

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a Orenburg y, al parecer, atestó a la sublevación el úl timo y decisivo golpe. Por aquel entonces Zurin habla sido enviado contra las bandas de bashkirios sublevados, quienes se disolvieron antes que les echáramos la vista en cima. La primavera nos bloqueó en una aldehuela tártara. Los rios desbordados hicieron intransitables los caminos. Consolábanos en nuestro ociosidad la evidencia del ya próximo fin de una guerra fastidiosa y de poca monta con tra bandidos y salvajes.


Mas Pugachov no había sido apresado. Apareció en las factorias siberianas, donde organizó una nueva banda res nudando sus fechorías. Volvió a circular el rumor de su éxitos con la noticia de que habia atrasado los fuertes sihe-rianos. Muy pronto, la caída de Kazán y la información de que se dirigia a Moscú alarmó a kis mandos militares, que, despreocupadamente, habian permanecido aletarga dos, confiando en la impotencia del menospreciado rehelde.


Zurin recibió la orden de atravesar el Vol Volga


No relataré las incidencias de nuestra campaña ni ed final de la guerra. Brevemente dire que las calamidades llegaron al máximo. Pasamos por poblaciones devastadas por los sublevados, y nos incautábamos de lo que sos po-bres habitantes habian logrado salvar. La administración había cesado en sus funciones: los terratenientes se escon dian en lo bosques. Por todos los rincones deambulaban grupos de bandidos dedicados al pillaje, sus jefes decreta-ban, arbitrariamente, castigos u otorgaban indulgencia; en la enorme provincia, donde se ensañaba la pasión, la situación era terrible. Que no permita Dios conocer un levantamiento ruso, absurdo y cruel!


Pugachov huyó perseguido por Iván Ivanovich Mijelson y pronto nos enteramos de su completa derrota. Zurin re ribió, al fin, la noticia de la captura del impostor al


mismo tiempo que la orden de detenerse. La guerra ha bia terminado. ¡Ya podia regresar a la casa de mis padres! La idea de que volvería a abrazarlos, de que veria pennto Maria Ivanovna, de quien no tenia ninguna noticia, me lenaba de entusiasmo. Brincaba como un niño. Zurin w


reia y, enongicidose de hombros, manifestaba Tú acabarás mal! ¡Te casarás y serás un hombre per-


didol Sin embargo, un sentimiento insolito empañaba mi ale gria inevitablemente perdia el sosiego en cuanto evocaha al malhechor, salpicado con la sangre de tantas victimas insocentes, y pensaba en la ejecución que le esperaba Emilión, Emilian! meditaba con lastima. Pos


qué no tropezarias con una bayoneta o caerías bajo la me tralla? Hubiera sido lo mejor para ti. ¿Qué quieren ustedes? Al recordarle, inevitablemente venia a mi imagi nación el perdón que me concedió cuando atravesaba uno de los instantes más horribles de mi vida, asi como la l beración de mi prometida del miserable Shvabrin.


Zurin me concedió permiso y, pasados unos cuantos dias, me hallaria de nuevo con mi familia y con Maria Ivanovna... Pero, inesperadamente, me sobrevino un nuevo infortunio.


El día señalado para mi partida, y en el momento en que iba a ponerme en camino, Zurin se presentó en mi isha con un papel en la mano y con aspecto extremada-mente preocupado. Me dio un vuelco al corazón, y me asusté sin saber por qué. Hizo salir a mi ayudante y me dijo que le traia un asunto relacionado conmigo.


-¿Qué sucede? -pregunté intranquilo. -Algo desagradable-respondió alargándome el papel-, Lee lo que acabo de recibir.


Comencé a leer: se trataba de una orden secreta, diri

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Determiné aceptar el consejo de Zurin: enviar a Maria Iva. novna a la aldea y quedarme con él, en su destacamento, Savielich vino a desnudarme. Le ordené que se preparara para ponerse en camino al día siguiente con Maria Ivanov. na. Intentó resistirse.

-Pero, señor, ¿cómo voy a abandonarte? ¿Quién cui dará de tí? ¿Qué dirán tus padres?

Conociendo la testarudez de mi preceptor, me dispuse a convencerle con afabilidad y franqueza:

-Arjip Savielich, amigo miol le dije. No te niegues, tienes que hacerme ese favor; aquí no preciso de criado, y no quedaré tranquilo si Maria Ivanovna hace el viaje sin ti. Sirviéndola a ella, me sirves a mi porque tengo el fir-me propósito de casarme con ella en cuanto las circuns tancias lo permitan.

Savielich palmoteó las manos, con gesto de indecible sorpresa,

Casarte repitió ¡Qué el niño quiere casarse! ¿Qué dira su padre y qué pensara tu madre?

-Estarán de acuerdo respondi, seguro que estarán de acuerdo en cuanto conozcan a Maria Ivanovna. Y ade mas, cuento contigo. Mis padres confian en ti, serás mes tro mediadot ¿verdad?

El viejo mostróse conmovido.

-¡Oh, padrecito Piotr Andreich!respondio. Aunque algo pronto es para que te cases, Maria Ivanovna es una señorita tan buena, que cometerías un pecado perdien do la ocasión. ¡Bien, sea como dices! Acompañaré al au gelito de Dios y fielmente informaré a tus padres de que semejante novia no precisa ni dote.

Expresé mi agradecimiento a Savielich y me acosté en la misma habitación que Zurin. La emoción y la zozobra me dominaban, impulsándome a charlar por los codos. Al

регистри, Zurin conversaba con agrado, mas, poco a poc,

palabras fueron mas escasas neoberentes, hasta que es respuesta a una de mi mis preguntas of un ronquido y un resopado Cuarde silencio y bien pronto unite su ejemplo. Por la mañana del día siguiente fui a ver a Maria Iva novna. Le expuse mis ideas, que consideró prudentes y legamos a un acuerdo. El destacamento de Zurin partiria de la ciudad aquel mismo dia por lo que no podia demo-

carme. Me despedi alli mismo de Maria Ivanovna, deján dola bajo la cristodia de Savielich, y le confié una carta para mis padres. Maria Ivanovna rompió en llanto,

-Adios, Piotr Andreich-dijo con apagada voz, Salo Dies sabe si hemos de volver a vernos, pero jamás te of vidaré, hasta la tumba he de llevarte en mi corazón.

No pude responderle nada. Estábamos rodeados de gente y no deseaba, ante extraños, dar rienda suelta a los sentimientos que me agitaban. Finalmente, partió. Si-lencioso y pensativo fui en busca de Zurin, quien trató de animarine y yo consideré también que necesitaba distraer-me. Pasamos un dia bullicioso y jaleado. Por la tarde nos pusimos en marcha.

Esto ocurria a últimos de febrero. El invierno, que ha bia dificultado las disposiciones militares, tocaba a su fin, y nuestros generales preparábanse para una acción con junta y coordinada. Pugachov seguía por los alrededores de Orenburg. Mientras tanto, en torno suyo, fueron for-mándose destacamentos que, desde diversos puntos, acercă-hanse a la guarida de los forajidos. Las aldeas sublevadas se sometian, poco a poco, a nuestras tropas; las cuadrillas de bandidos huian de nosotros por doquier, y todo hacia presagiar un cercano y feliz desenlace.

Bien pronto el principe Golichin derrotó a Pugachov ante el fuerte de Tatizhev, dispersó a su turba liberando

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EL ARRESTO

 


-¿Qué significa esto? -grité enfurecido, ¿Es que se ha vuelto loco?

-No lo sé, vuestra señoría respondióme el cabo Solo sé que su señoria me ha ordenado conducir a vuestra señoria al calabozo, y a su señoría, la señora, llevarla a presencia de su señoría.

Me lancé furioso al vestibulo. La guardia no hizo in tención de detenerme. Entré en un habitación, donde unos seis oficiales húsares jugaban a las cartas. El comandante repartia la baraja, y cuál no sería mi sorpresa cuando, al tijarme en él, reconocí a Iván Ivanovich Zurin, el mismo Zurin que cierto día me ganó en la posada de Simbirsk!

-¿Es posible? -exclamé ¡Ivan Ivanovich! ¿Eres tú? -¡Vaya, vaya, vaya! Piotr Andreich! ¿Qué vientos te traen por aquí? ¿De dónde sales? Formidable, hermano. ¿Quieres apostar a una carta?

-Te lo agradezco, mas preferiría que me dieran alo-jamiento.

-¿Para qué? Quédate conmigo.

-No puedo, pues no voy solo.

-Pues anda, llama a tu compañero.

-No se trata de un compañero; es... una dama.

-¡Con una damal ¿Dónde la has enganchado, hermano?

(Y Zurin silbó tan intencionalmente que todos los presen tes soltaron la carcajada, y yo me quedé absolutamente confundido).

-Bien prosiguió Zurin-, te daremos habitación. Pero es una lástima... Podríamos habernos juergueado como antaño. Eh, muchachos! ¿Por qué no traen a la comadre de Pugachov? ¿Es que se resiste? Decidle que no tenga miedo, que el señorito es bueno, que no la ofenderá, pero atizadla bien.

¿Qué dices?-dije a Zurin ¿Qué hablas de comadre

de Pugachov? Es la hija del difunto capitán Mimnov. La he salvado del cautiverio y voy en su compañia a la aldea de mi padre para dejarla alli.

Como! ¿Entonces era sobre ti sobre quien arahan de informarme? ¿Qué significa esto?

Después te lo contaré. Ahora por amor de Dios, tran-quiliza a la desdichada joven, a quien tus húsares han asus-tado.

Zurin dio órdenes inmediatamente. El mismo salió a la calle, disculpóse ante Maria Ivanovna por el involunta-rio malentendido y ordenó al cabo que le facilitara el me jor alojamiento de la ciudad. Yo me quedé con él para pasar la noche en su compania.

Cenamos y, una vez solos, le relaté todas mis aventuras. Zurin escuchóme con profunda atención. Cuando fina licé me dijo, moviendo la cabeza:

-Todo está bien hermano; pero.hay algo que no me pa rece tan bien: ¿qué diablo te empuja al matrimonio? Soy un oficial honrado y no quiero engañarte, créeme, sería una chifladura si te casaras. ¿Para qué has de imponer.e la preocupación por una mujer y los inconvenientes de los niños? Olvidate de eso y sigue mi consejo: desembará zate de la hija del capitán. He despojado el camino hacia Simbirsk y al ora está exento de peligro. Que mañana se ponga en camino hacia la casa de tus padres, y tú quédate conmigo en el destacamento. No tienes por qué regresar a Orenburg. Podrías caer de nuevo en manos de los suble-vados y no creo que esta vez escaparas felizmente de ellos. De esta manera, te desaparecería por si solo el capricho amoroso y, asunto arreglado.

Aunque no estaba enteramente de acuerdo con él, no dejé, sin embargo, de comprender que mi deber y mi dig nidad exigian mi presencia en el ejército de la emperatriz.

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EL ARRESTO

 


Reunido tan inesperadamente con la joven amada, por la que aquella misma mañana me preocupaba con tanti-sima angustia, no podía creer ni en mí mismo, y parecía-me que lo ocurrido no era más que un mero sueño, y daba la impresión de que no había recobrado, del todo, la tran-quilidad. Callábamos. Nuestros corazones sentíanse de-masiado fatigados. Pasadas dos horas, llegamos inadver tidamente al fuerte más cercano, también en poder de Pu-

gachov, Mudamos de caballos. Por la presteza con que los engancharon y por la disposición servicial del barbudo со scts, designado comandante por Pugachov, supuse que el cochero que nos había traido habiase mostrado harto lecuaz, por lo que me recibieron como el favorito de la

corte. Proseguimos el camino. Comenzaba a anochecer cuando nos aproximamos a una pequeña ciudad donde, según el barbudo comandante, había un nutrido destacamento que iba a unirse al impostor. Nos salieron al paso unos centinelas. A la pregunta de "¿Quien va?, el cochero con-

testó atronadoramente: -El compadre del soberano con su señora.

Súbitamente nos vimos rodeados por un numeroso grupo de húsares, que proferian espantosos insultos.

-¡Sal, compadre del diablo! me apostrofó un bigotudo sargento de caballeria. ¡Ahora vas a recibir un buen baño en compañía de tu esposita!

Salté del coche, exigiendo que me llevaran ante su jete. Al ver que en su presencia se hallaba un oficial los soldados cesaron en sus injurias. El sargento me guió hasta su co-mandante. Savielich caminaba a mi vera, murmurando para si:

"Al tienes, tu compadrazgo con el soberano! Hemos salido de una para meternos en otra. Vamos de mal en peor... Señor todopoderoso! ¿Cómo acabará todo esto El carruaje marchaba al paso, siguiéndonos.

A los cinco minutos nos detuvimos ante una casita pro-fusamente iluminada. El sargento me dejó con los centi-nelas y entró a dar cuenta de mi llegada. Salió al momento diciendo que su señoría no tenía tiempo para recibirme y que habia ordenado meterme en el calabozo. Sin em bargo, reclamaba la presencia de la señora

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LA HUÉRFANA

 



pocos minutos, anegada en silenciosas lágrimas. Nos acer-caron la carreta. El padre Guerasim y su esposa salieron a despedirnos. Nos sentamos en el carruaje María Ivanov-na, Palasha y yo. Savielich subió al pescante.

-¡Adiós, María Ivanovna, queridita! ¡Adiós, Piotr An-dreich, bravo muchacho! -exclamó la afable popesa-. ¡Feliz viaje y que Dios os conceda felicidad!

Partimos. Divisé a Shvabrin, que se hallaba ante la ventana de la comandancia. Reflejábase en su rostro un sombrio rencor. No quise alardear de mi triunfo delan-te del derrotado enemigo, y desvié la mirada. Por fin, de-jamos a nuestra espalda las puertas del recinto vallado y abandonamos para siempre, el fuerte de Bielogorsk 
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dónde sea brilla

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