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sábado, 28 de junio de 2025

EL JUICIO

 


secondara el falso delito de su hijo le hacia sentirse incó. modo, como si se tratara de un reproche mordaz.

-Vete, madrecital le dijo con un suspiro. No quere mos ser obstáculo para tu felicidad. Que Dios te conceda por prometido a un hombre honrado y no un botarate traidor.

Y se levantó, abandonando la estancia.

Al quedarse a solas con mi madre, Maria Ivanovna le explicó, en parte, sus intenciones. Mi madre la abrazó con lágrimas en los ojos y pidió a Dios la feliz culminación de la empresa proyectada. Equiparon a María Ivanovna cou todo lo necesario, y varios días después se pato en camino, acompañada por la fiel Palasha y por el leal Sa-vielich, quien, separado de mi por la fuerza de las cit cunstancias, se consolaba con la idea de que servía a mi prometida.

Maria Ivanovna llegó sin novedad a Sofia y, al ente rarse, en la casa de postas, de que la Corte hallábase en tonces en Zarskoe Sielo, decidió hospedarse alli. Hahill-taron un rincón para ella, resguardado por un tabique. La esposa del intendente, Anna Blasievna, en seguida trabo conversación con Marňa Ivanovna, haciéndola saber que eta sobrina del fogonerd de la Corte, quien la ponia al tanto de todos los secretos de la vida palaciega. La enteró de la hora en que la soberana acostumbraba despertarse. cuándo tomaba el café y cuándo se paseaba; qué altos dignatarios la acompañaban; qué tuvo a bien manifestar la vispera durante la comida, a quién había recibido por la tarde, en una palabras que la conversación de Anna Blasievna habria llenado unas cuantas páginas de apunter históricos, de incalculable valor para la posteridad. Maria Ivanovna la escuchó con atención. Salieron después de paseo, al parque, y Anna Blasievna le relató la historia de

cada avenida, de cada puente y. tras un largo recorrido, regresaton a la casa de postas muy satisfechas una de la etra

Maria Ivanovna se desperto muy temprano al dia guiente. Se vistió silenciosamente y se encaminó al parque. Eza una mañana maravillosa, el sol iluminaba la copa de los tilos, amarillentos ya por el fresco hálito del otoño. El extenso lago brillaba inmóvil. Los cisnes, despabilados, salian nadando majestuosamente de debajo de los arbustos que bordeuban la orilla. Maria Ivanovna pasaba cerca de un hermoso prado, en el que, no hacia mucho, hablase levantado sus monumento en honor a las recientes victo rias del conde Piotr Alexandrovich Rumiantsev. De re-pente, un perrito blanco de raza inglesa dio unos cuantos ladridos y corrió a su encuentro. Maria Ivanovna detú vose asustada, pero oyó una agradable voz femenina: "No tema, que no muerde", descubriendo a una dama, sentada en un banco frente al monumento. Tomó asiento en el mismo banco, en el extremo opuesto. La señora la miraha fijumente, Maria Ivanovna, por su parte, con unas cuan tas miradas de reojo, tuvo tiempo de inspeccionarla de pies a cabeza. Vestia un traje blanco de mañana, una co-fia de dormir y una chaqueta. Su edad frisaba en la cua-restena. Su rostro, lleno y colorado, reflejaba magnifi erncia y serenidad, y sus azules ojos y su sonrisa fácil tendan un encanto inefable. La dama fue la primera en mmper el silencio.

-¿Usted no es de por aquí, verdad?

-No, señora. Ayer llegué de provincias.

Ha venido con sus padres?

-No, no. He venido sola.

-Sola! Es usted muy joven.

-No tengo padre ni madre.

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