dujo inquietud alguna, sino que, frecuentemente, les hacia reir de todo corazón. Mi padre no quiso creer que yo pu diera estar complicado en la odiosa sublevación, cuyo ob jetivo era el derrocamiento del trono y el exterminio del linaje nobiliario. Interrogo rigurosamente a Savielich. El preceptor no ocultó que el señorito habia sido huésped de Emilian Pugachov, ni la benévola actitud del bandido, pero juró que no tenia conocimiento de ninguna traición. Mis viejecillos se tranquilizaron v esperaron con impacie cia noticias favorables. Maria Ivanovna sentiase atroz mente alarmada, pero guardaba silencio, pues estaba do tada, en sume grado, de discreción y prudencia,
Pasaron unas cuantas semanas. Inesperadamente, mi padre recibió desde Petersburgo una carta de nuestro pa riente, el principe B. Referíase a mi asunto. Des pués del habitual preámbulo le comunicaba que las sos-pechas sobre mi participación en los planes de los suble-vados habían resultado, por desgracia, demasiado fundadas, que merecidamente se me podria haber condenado a la última pena. Pero que la soberana, en consideración a los méritos y a la avanzada edad de mi padre, había de-cidido indultar a su criminal hijo librándole de muerte deshonrosa, ordenando solamente que fuera deportado, pa-ra toda la vida, a un remoto lugar de Siberia.
Este inesperado golpe estuvo a punto de matar a mi padre. Perdió su corriente firmeza y su pena (general-mente sufrida en silencio) solía desbordarse en amargat quejas.
-¡Cómo es posible repetia una y otra vez fuera de si- que mi hijo haya participado en los planes de Puga-chov! ¡Dios bendito, lo que he de soportar a mis años! ¡La soberana le libera de la ejecución! Pero, ¿acaso ello proporciona algún alivio? Lo más terrible no es la muerte:
un antepasado mio murió en el patíbulo por defender lo que su conciencia estimaba sagrado, mi padre, padeció junto a Bolinski y Jrushov. Pero jque un hidalgo traicioné juramento uniéndose a bandidos, asesinos y siervos fu-gitivos!... ¡Qué vergüenza y qué baldón para nuestra fa milial ...
Mi madre, asustada por su desesperación, ni a liorar se atrevia delante de él, y esforzábase por reanimarle, ha-blando de rumores inciertos y de la inestabilidad de la opi nión de las gentes. Pero mi padre mostrábase inconsolable. Maria Ivanovna se atormentaba más que nadie. Con vescida de que yo podia demostrar mi inocencia en cuanto lo deseara, adivinaba la verdad, considerándose culpable de mi desgracia. Ocultaba a todos sus lágrimas y sus su frimientos, meditando incesantemente en los recursos que podrian salvarme.
Cierta noche mi padre, sentado en el diván, hojeaba las páginas del Calendario Cortesano, sus pensamientos vola ban lejos y no le producía la lectura su acostumbrado efec to. Silbaba una antigua marcha. Mi madre tejia en si lencio una bufanda de lana sobre la que, de cuando en cuando, caian algunas lágrimas María Ivanovna, que tam-bién se ocupaba en algo, anunció súbitamente que se vela precisada a partir para Petersburgo, y pidió que le facili taran los medios para hacer el viaje. Mi madre, apenada, le preguntó:
¿Por qué tienes que ir a Petersburgo? ¿Será posible, Maria Ivanovna, que también tú quieras abandonamos? María Ivanovna contestó que su porvenir dependía de dicho viaje, que iba en busca de la protección y ayuda de personas influyentes, ante quienes se presentaria como la hija del hombre que había sido víctima de su fidelidad.
Mi padre inclinó la cabeza: cualquier palabra que le
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