Habra venido seguramente para solucionar algunos asuntos?
-Eso es. He venido para entregar una súplica a la so berana.
-Como es huérfana, žes usted víctima de alguna injus ticia u ofensa?
-No, no. He venido a solicitar clemencia y no justícia.
-Permitame preguntarle: ¿Quién es usted?
-Soy la hija del capitán Mironov.
el capitán Mironov! ¿El que fue comandante de uno de los fuertes orenburgueses?
-El mismo.
-Perdóneme -dijo con voz aún más cariñosa- si me in-miscuyo en sus asuntos, pero frecuento la Corte. Expli queme en qué consiste su petición y quizá pueda ayudarla Maria Ivanovna se levantó y respetuosamente le expresó su agradecimiento. Todo en aquella desconocida dama se ducia espontáneamente el corazón e inspiraba confianza. Maria Ivanovna extrajo del bolsillo un papel doblado y se lo entregó a su desconocida protectora, quien púsose a leerlo en voz baja.
Al principio leia con aire atento y complaciente, pero de pronto, su semblante se transformó, María Ivanovna, que segula con la vista todos sus movimientos, sobresaltóse por la expresión severa de aquel rostro, momentos antes tha agradable y sereno.
-¿Intercede usted por Grinev? -preguntó la dama con tono frio. La emperatriz no puede perdonarle. Se unid al impostor no por ignorancia o imprudencia, siso como un canalla inmoral y dañino.
-¡Oh, eso no es verdad! -grité María Ivanovna -¿Cómo que no es verdarll-repuso la dama, sofocada--No es verdad, pongo Dios por testigo, que no es
verdad! Yo sé bien lo que pasó y se lo voy a contar todo Enscamente por mi se expuso a las desdichas que le han scurrido. Si no se justificó ante el tribunal fue solo por no complicarme.
Y le narró con ardor cuanto el lector ya спросе. La señora escuchaba atentamente.
-¿Donde se hospeda usted? inquirió después, y al oir que en casa de Anna Blasievna, agregó con una sonri-¡Ah, ya la conozcol Adiós, no hable con nadie de nuestro encuentro. Confío en que no tenga que esperar mucho la respuesta a su carta.
Con estas palabras se levantó, encaminándose hacía una venida cubierta, y Maria Ivanovna regresó a casa de Anca Blasievna, pletórica de radiantes esperanzas.
La dueña de la casa la amonestó por su temprano pa-seu que en otoño, según dijo, era nocivo para la salud de una muchachita joven. Preparó el samovar y cuando, ante una taza de té, se disponía a emprender sus interminables relatos acerca de la Corte, detivose a la puerta una ca mea palaciega y un lacayo que venia en ella, anunció que la soberana deseaba que la señorita Mirónova acudiers a su presencia.
Anna Blasievna, maravillada, púsose a reir. -¡Oh, Señor! -gritaba. La soberana la llama a su
presencia. ¿Y cómo ha tenido noticias de usted? ¿Cómo ass presentarte, madrecita, ante la emperatriz? Creo que no sabes ni cómo se camina en la Corte... ¿Y si la acom pañara? De todos modos, podría serle útil, aconsejándole caso necesario. ¿Va a presentarse con el vestido de Maje? ¿Quiere que envie por el miriñaque amarillo de la mmadrona?
Pero el lacayn aclaró que el deseo de la soberana era The Maria Ivanovna fuera sola y como estuviese. Por
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