Estaba convencido de que el delito no sería otro que el de mi indisciplinada ausencia de Orenburg. Podria justifi carme fácilmente: las incursiones y los raids no solamente jamas fueron prohibidos, sino que eran estimulados por to
dos los medios. Se me podria acusar de impetuosidad des mesurada, pero no de desobediencia. Mas mis cordiales relaciones con Fugachov podian ser comprobadas por nu merosos testigos y tendrían que parecer, por lo menos, sospechosas. Cavilė durante todo el el camino en los inte-rogatorios que me esperaban y en las respuestas que de-beria dar, y tomé la resolución de declarar ante el tri bunal la pura verdad, considerando que semejante medio de justificación sería el más sencillo y, al mismo tiempo, el más infalible.
Llegué a Kazán, devastado e incendiado. En las calles, en lugar de casas, aparecian montones calcinados, y las paredes ahumadas ergulanse desprovistas de tejados y ventanas. Tal era el rastro dejado por Pugachov! Me condujeron al fuerte, que había quedado intacto en medio de la ciudad incendiada. Los húsares entregáronme al oficial de guardia. Este mandó llamar al herrero, quien me colocó una cadena en los pies, asegurándola bien. Des-pors pase a la prisión, donde dejáronme solo, en un es trecho y oscuro calabozo de paredes desnudas y con un ventanuco resguardado con una reja.
Tal comienzo no vaticinaba nada bueno. Sin embargo, no me desanimé ni perdi las esperanzas. Recurri al consuelo de todos los afligidos y, por primera vez, saboreé la dulzura de la oración, que salia de un corazón integro, pero lacerado. Después, me dormi tranquilamente, sin preocuparme de lo que sería de mi.
Al dia siguiente me despertó el vigilante de la prisión, omunicándome que la Comisión reclamaba mi presencia. Atravese el patio en dirección a la comandancia, acompa-Rado por dos soldados que se quedaron en el vestibulo, mientras yo pasaba a las habitaciones interiores.
Penetré en una sala hastante ampha. Tras una mesa
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