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sábado, 28 de junio de 2025

La dama de pique II



-Quiero decir, una novela en la que el protagonista no estrangule a su padre ni a su madre, y en la que no apa recen cadáveres ahogados. Tengo un miedo espantoso a los ahogados!

-Ya no existen semejantes novelas. ¿Quiere que le en vie una novela rusa?

-¿Existen, acaso novelas rusas?... En tal caso, que rido, puedes traérmelas.

Después, dirigiéndose a la joven, añadió:

-Dispenseme, grand maman, tengo prisa...

-Discúlpeme, Lizaveta Ivanovna, ¿por qué creyó usted

que Narumov era ingeniero?

Y luego Tomski abandonó el tocador.

Lizaveta Ivanovna se quedó sola; dejó la labor y miró por la ventana. Pronto vio aparecer por una esquina de la ea un joven oficial. La muchacha se ruborizó, tomó de nuevo su labor e inclinó la cabeza hasta el mismo caña-mazo. En aquel instante entró la condesa completamente ataviada.

-Liza, ordena que enganchen la carroza y vamos de paseo-dijo.

Líza dejó el bastidor y recogió el trabajo.

-Pero ¡hija! ¿Es que estás sorda? -gritó la condesa-. Ve a decir que enganchen inmediatamente.

-Ahora mismo-respondió con apagada voz la joven, y corrió a la antesala.

Entró un criado e hizo entrega a la condesa de los li-bros que le enviaba el principe Pablo Alexandrovich.

-¡Qué bien! Dale las gracias-manifestó la condesa-¡Líza, Lizal ¿Adónde vas con esas prisas?

-A vestirme.

-Te sobra tiempo, muchacha. Siéntate aquí. A ver, abre el primer tomo y lee en voz alta.

La joven cogió el libro y leyó algunas lineas.

Más altol-apremió la condesa. ¿Qué te ocurre? ¿Es que has perdido la voz? Espera, acércame el tabure te... Asi.

Lizaveta Ivanovna leyó un par de páginas. La condesa bostezó

Tira ese libro -dijo. ¡Qué absurdo! Devuélveselo al principe Pablo y que le den las gracias... Pero, ¿qué pasa con la carroza?

La carroza está dispuesta -contestó Lizaveta Ivanovna mientras miraba por la ventana.

¿Por qué no estás aun vestida? -preguntó la conde sa ¡Siempre he de esperarte! ¡Es insoportable!

Liza se fue rápidamente a su habitación. No habian transcurrido dos minutos cuando la condesa empezó a tocar la campanilla con todas sus fuerzas. Tres doncellas acudieron presurosas por una puerta y el mayordomo por la otra.

¿Qué pasa, que no hay manera de llamaros? -les reprendió la anciana. Decidle a Lizaveta Ivanovna que la estoy esperando.

Livazeta Ivanovna entró en aquel instante, vestida con su capa y su sombrero.

-¡Por fin, hija mia! exclamó la condesa. Pero ¿qué elegancia es esa? ¿A santo de qué? ¿Es que piensas ena-morar a alguien?... ¿Qué tal día hace? Parece que sopla

el viento. -No, Vuestra Serenísima. El día está tranquilo -con-

testó el mayordomo. -Usted siempre habla sin reflexionar. Abra la ventanilla.

Tratamiento que se daba a los principes y a los condes en la Rusia de aquellos tiempos

2.


 

LA DAMA DE PIQUE II

 


La anciana condesa de hallábase en su tocador sen tada ante el espejo. Tres doncellas la rodraban, una sos-tenía un tarrito de colorete, otra una cajita con horquillas y, la tercera, la alta cofia con cintas de color de fuego, La condesa no tenia la más pequeña pretensión a una belleza marchitada hacía ya mucho tiempo, pero conser-vaba todas las costumbres de su juventud, seguia riguro-samente las modas de 1770 v se vestia con la misuna par simonia y con la misma meticulosidad que sesenta años atrás Junto a la ventana, con el bastidor en las manos, estaba sentada una señorita de cuya educación se había hecho cargo la comulesa.

-Buenos dias, grond maman -exclamó un joven oficial irrumpiendo en la habitación, Bon jour, mademoiselle Liza. Grand maman, vengo a pedirle un favor.

-¿De qué se trata, Paul?

-Quiero pedirle su consentimír ato para presentarle a uno de mis amigos y para invitarle al baile que da usted el viernes.

-Le traes al baile y alli me le presentas. ¿Estuviste anoche en casa de?

-¡Cómo no! Estuvo aquello muy aninado. Bailamos hasta las cinco de la mañana. ¡Qué bella estaba Elétzkaia!

Pero ¡querido! ¿Qué es lo que tiene de guapa? ¿Se parece a su abuela la princesa Daria Petrovna?... A pro pósito, ¿ha envejecido mucho la princesa Daria?

¿Cómo que si ha envescido -contestó distraídamente Tomaki. Si hará unos siete años que se ha muerto.

La joven levantó la cabeza e hizo una seña al oficial. Entonces recordó éste que a la condesa le ocultaban la muerte de las personas de su misma edad, y se mordió los labios. Mas la condesa oyó dicha noticia, meva para ella, con la mayor indiferencia.

-¡Se ha muerto y yo no me habia enterado! Fulmot nombradas a un mismo tiempo damas de honor, y al ser

presentadas a la soberana...

nieta.

Y la anciana relató por cestésima vez la anécdota a su

-Bien, Paul-dijo a continuación, ahora ayúdame a le-vantarme. Liza, ¿dónde está mi caja de rapé?

solo con la joven,

-¿A quién quiere usted presentar? -pregunté con vez

Seguida de sus tres doncellas, pasó la condesa al otro lado del biombo para acabar su tocado. Tomski se quedó

queda Lizaveta Ivanovna.

-A Narumov. Le conoce usted?

-No. ¿Es militar o paisano?

-Militar.

-Ingeniero?

-No, es de caballeria. ¿Por qué pensó usted que podía

ser ingeniero?

La joven soltó una risita y no respondió.

-Paul! -grító la condesa desde el otro lado del biom bo. Tráeme alguna novela nueva, pero, por favor, no de

las modernas. -¿Por quê, grand maman?

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LA DAMA DE PIQUE



adivina tres cartas seguidas y aún no has adoptado su ca-balistica?

-Si, voto al diablo! -contestó Tomski. Mi abuela tuvo cuatro hijos, uno de los cuales era mi padre: los cuatro fueron porfiados jugadores, pero a ninguno de ellos le des-cubrió su secreto, que no les habría venido mal, ni a mi tampoco. Pero oigan lo que me contó mi tío el conde Iván Ilich, bajo palabra de honor de que era cierto. El difunto Chaplitzki el mismo que murió en la miseria después de haber derrochado millones, perdió, en su juventud cerca de trescientos mil rublos jugando con Zorich. Estaba de-sesperado. Mi abuela, que siempre fue severa con las ca-lavereadas de la gente joven, no sé por qué sintió lástíma de Chaplitzki: le entregó tres cartas y le indicó que las pusiera una a continuación de la otra, exigiéndole su pa-labra de honor de que en el futuro jamás volvería a jugar. Chaplitzki fue en busca de su vencedor y ambos iniciaron la partida. Chaplitzki depositó con la primera car-ta cincuenta mil rublos y ganó la baza; después ganó la segunda y la tercera: su desquite fue completo y aun salió ganando... Pero, ya es hora de irse a dormir, son las seis menos cuarto.

Efectivamente, ya empezaba a amanecer. Los jóvenes apuraron sus copas y se separaron.
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LA DAMA DEL PIQUE



La dama de "pique" significa hostilidad

encubierta.



Y en los días lluviosos

ellos se reunian

con frecuencia;

se doblaban -¡Dios los haya perdonado!-

de cincuenta

hasta ciento

y ganaban,

y anotaban

sus cuentas con la tiza:

tal era su quehacer

en los días de mal tiempo.

En cierta ocasión se jugaba a las cartas en casa de Narumov, oficial del cuerpo de caballería de la Cuardia. La larga noche invernal pasó inadvertidamente, y a las cinco de la mañana se sentaron a cenar. Los que habian ganado comieron con excelente apetito; los demás perma-necían distraída y pensativamente sentados ante sus platos. Pero con la aparición del champaña la conversación se animó y todos participaron en ella.

-¿Qué tal te ha ido, Zurin? -preguntó el anfitrión.

-He perdido, como de costumbre. Hay que reconocer

[1 Carta de la baraja francesa, que es la única que se usaba v se usa en Rusia]


gándole que fuese a verla inmediatamente. El excéntrico personaje acudió, sin pérdida de tiempo, a la llamada de mi abuela hallándola sumida en horrible desesperación. Le describió con los más sombríos matices la barbarie de su esposo y, finalmente, le dijo que depositaba toda su esperanza en su amistad y en su gentileza. Saint Germain quedóse pensativo.


-Puedo prestarle a usted la cantidad que necesita -le manifestó, pero sé que no se sentirá tranquila mientras no me la pague, y no quisiera crearle nuevas inquietudes. Existe otro medio: puede tomarse el desquite si juega de nuevo.


-Pero, amable conde-respondió mi abuela, si le estoy diciendo que carecemos absolutamente de dinero.


-Para eso no precisa dinero replicó Saint Germain-. Tenga la bondad de escucharme.


Y entonces le reveló un secreto, por el cual cada uno de nosotros pagaría un precio muy elevado...


Los jóvenes jugadores redoblaron su atención. Tomski encendió su pipa, tragó el humo y prosiguió:


-Aquella misma noche mi abuela se presentó en Ver-salles, au jeu de la Reine. El duque de Orleans llevaba la banca. Mi abuela se disculpó mansamente por no haber satisfecho su deuda, inventó una pequeña historis tara justificarse, y se sentó con el duque a jugar. Eligió tres cartas, colocándolas una a continuación de la otra; con las tres ganó logrando un desquite completo.


-¡Cosas de azar! -opinó uno de los jóvenes.


-Eso es un cuento! -manifestó Hermann.


-Pudiera ser que las cartas estaban marcadas? -dijo un tercero.


-No lo creo-repuso gravemente Tomski.


-¡Cómol -exclamó Narumov-, ¿tienes una abuela que


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EL JUICIO

 




El manuscrito original de Piotr Andreievich Grinev nos lo facilitó uno de sus nietos al saber que nos ocupábamos eu un trabajo sobre la época descrita por su abuelo. Con el consiguiente permiso de sus familiares, decidimos edi-tarlo especialmente, tomándonos la libertad de variar los nombres de algunos personajes.


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EL JUICIO


tanto, Maria Ivanovna tomó asiento en la carroza y se diri. gió a palacio, escoltada por los consejos y las bendiciones de Anna Blasievna.

María Ivanovna presentia que nuestra suerte estaba echada; su corazón latia agitadamente lleno de zozobra. A los pocos minutos, la carroza se detuvo ante palacio. Su-bió temblorosa la escalinata. A su paso, las puertas se abrian de par en par. Atravesó una serie de suntuosas estancias vacías, el lacayo la precedía, indicándole el ca-mino. Al llegar ante unas puertas cerradas, la dejó sola para ir a anunciarla.

La idea de que se iba a ver, cara a cara, con la empe-ratriz, causábale tal pavor que dificilmente se mantenia en pie. No tardaron en abrirse las puertas, y penetró en el camarin de la soberana.

La emperatriz se ocupaba de su tocado. Rodeahanla varias damas de honor, que, respetuosamente, cedieron el paso a Maria Ivanovna. La soberana se dirigió a ella cari ñosamente, y Maria Ivanovna vio que era la misma dama con la que tan confiadamente habia conversado minutos antes. La soberana la ordenó acercarse y, sonriendo, le dijo:

-Me siento complacida porque he podido cumplir la palabra que le di satisfaciendo su petición. Su problema ha sido resuelto. Estoy convencida de la inocencia de su prometido. Aquí tiene esta carta, que usted misma ha de tomarse la molestia de entregar a su futuro suegro. Maria Ivanovna tomó la carta con mano trémula y, rom piendo en llanto, arrojóse a los pies de la emperatriz, quien

la levantó y le dio un beso. La soberana añadió -Sé que no es usted rica, pero estoy en deuda con la hija del capitán Mironov. No se preocupe por su por venir. En mis manos quedan los asuntos de su fortuna.

Después de colmar de atenciones a la pedre huérfana, is woberana despidiose de ella. Mania Ivanovа терезе en la misma catroza. Anna Blasievna, que bolna reperade anpaciente su vuelta, la acoso a preguntas, a las que Maria Jeanovna respondió veladamente. Y aunmpo a Azusa Bla devna no le satisfizo su falta de memoria, achavila, sin embargo, a su timidez provinciana, y generosamente, la disculpó. Aquel mismo dia, sin sentir la curiosulad sle echar un vistazo a Petersburgo, Maria Ivanovna inició el regreso a la aldea.....

Aqui se interrumpen los apuntes de Piotr Andreievich Geinev. Por las tradiciones familiares se ha llegado a sa ber que fue liberado de su encierro a finales de 1774, por orden de una persona ilustre, que estuvo presente en la ejecución de Pugachov, quien le reconoció entre la muchedumbre y le saludó con un movimiento de su ca-beza, que al cabo de un minuto era mostrada, muerta y ensangrentada, a la multitud. No tardó mucho Piotr An drejevich en contraer matrimonio con María Ivanovna. Su descendencia vive prósperamente en la provincia de Sim-birsk. A unas treinta verstas de existe un pueblo, pro-piedad de una decena de terratenientes. En una de las estancias señoriales se exhibe una carta autógrafa de Cata Ina II, enmarcada en un cuadro con eristal, remitida al padre de Piotr Andreievich. Contiene la absolución de tu higo, asi como encomios a la inteligencia y al corain de la hija del capitán Mironov

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EL JUICIO

 



Habra venido seguramente para solucionar algunos asuntos?

-Eso es. He venido para entregar una súplica a la so berana.

-Como es huérfana, žes usted víctima de alguna injus ticia u ofensa?

-No, no. He venido a solicitar clemencia y no justícia.

-Permitame preguntarle: ¿Quién es usted?

-Soy la hija del capitán Mironov.

el capitán Mironov! ¿El que fue comandante de uno de los fuertes orenburgueses?

-El mismo.

-Perdóneme -dijo con voz aún más cariñosa- si me in-miscuyo en sus asuntos, pero frecuento la Corte. Expli queme en qué consiste su petición y quizá pueda ayudarla Maria Ivanovna se levantó y respetuosamente le expresó su agradecimiento. Todo en aquella desconocida dama se ducia espontáneamente el corazón e inspiraba confianza. Maria Ivanovna extrajo del bolsillo un papel doblado y se lo entregó a su desconocida protectora, quien púsose a leerlo en voz baja.

Al principio leia con aire atento y complaciente, pero de pronto, su semblante se transformó, María Ivanovna, que segula con la vista todos sus movimientos, sobresaltóse por la expresión severa de aquel rostro, momentos antes tha agradable y sereno.

-¿Intercede usted por Grinev? -preguntó la dama con tono frio. La emperatriz no puede perdonarle. Se unid al impostor no por ignorancia o imprudencia, siso como un canalla inmoral y dañino.

-¡Oh, eso no es verdad! -grité María Ivanovna -¿Cómo que no es verdarll-repuso la dama, sofocada--No es verdad, pongo Dios por testigo, que no es

verdad! Yo sé bien lo que pasó y se lo voy a contar todo Enscamente por mi se expuso a las desdichas que le han scurrido. Si no se justificó ante el tribunal fue solo por no complicarme.

Y le narró con ardor cuanto el lector ya спросе. La señora escuchaba atentamente.

-¿Donde se hospeda usted? inquirió después, y al oir que en casa de Anna Blasievna, agregó con una sonri-¡Ah, ya la conozcol Adiós, no hable con nadie de nuestro encuentro. Confío en que no tenga que esperar mucho la respuesta a su carta.

Con estas palabras se levantó, encaminándose hacía una venida cubierta, y Maria Ivanovna regresó a casa de Anca Blasievna, pletórica de radiantes esperanzas.

La dueña de la casa la amonestó por su temprano pa-seu que en otoño, según dijo, era nocivo para la salud de una muchachita joven. Preparó el samovar y cuando, ante una taza de té, se disponía a emprender sus interminables relatos acerca de la Corte, detivose a la puerta una ca mea palaciega y un lacayo que venia en ella, anunció que la soberana deseaba que la señorita Mirónova acudiers a su presencia.

Anna Blasievna, maravillada, púsose a reir. -¡Oh, Señor! -gritaba. La soberana la llama a su

presencia. ¿Y cómo ha tenido noticias de usted? ¿Cómo ass presentarte, madrecita, ante la emperatriz? Creo que no sabes ni cómo se camina en la Corte... ¿Y si la acom pañara? De todos modos, podría serle útil, aconsejándole caso necesario. ¿Va a presentarse con el vestido de Maje? ¿Quiere que envie por el miriñaque amarillo de la mmadrona?

Pero el lacayn aclaró que el deseo de la soberana era The Maria Ivanovna fuera sola y como estuviese. Por
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EL JUICIO

 


secondara el falso delito de su hijo le hacia sentirse incó. modo, como si se tratara de un reproche mordaz.

-Vete, madrecital le dijo con un suspiro. No quere mos ser obstáculo para tu felicidad. Que Dios te conceda por prometido a un hombre honrado y no un botarate traidor.

Y se levantó, abandonando la estancia.

Al quedarse a solas con mi madre, Maria Ivanovna le explicó, en parte, sus intenciones. Mi madre la abrazó con lágrimas en los ojos y pidió a Dios la feliz culminación de la empresa proyectada. Equiparon a María Ivanovna cou todo lo necesario, y varios días después se pato en camino, acompañada por la fiel Palasha y por el leal Sa-vielich, quien, separado de mi por la fuerza de las cit cunstancias, se consolaba con la idea de que servía a mi prometida.

Maria Ivanovna llegó sin novedad a Sofia y, al ente rarse, en la casa de postas, de que la Corte hallábase en tonces en Zarskoe Sielo, decidió hospedarse alli. Hahill-taron un rincón para ella, resguardado por un tabique. La esposa del intendente, Anna Blasievna, en seguida trabo conversación con Marňa Ivanovna, haciéndola saber que eta sobrina del fogonerd de la Corte, quien la ponia al tanto de todos los secretos de la vida palaciega. La enteró de la hora en que la soberana acostumbraba despertarse. cuándo tomaba el café y cuándo se paseaba; qué altos dignatarios la acompañaban; qué tuvo a bien manifestar la vispera durante la comida, a quién había recibido por la tarde, en una palabras que la conversación de Anna Blasievna habria llenado unas cuantas páginas de apunter históricos, de incalculable valor para la posteridad. Maria Ivanovna la escuchó con atención. Salieron después de paseo, al parque, y Anna Blasievna le relató la historia de

cada avenida, de cada puente y. tras un largo recorrido, regresaton a la casa de postas muy satisfechas una de la etra

Maria Ivanovna se desperto muy temprano al dia guiente. Se vistió silenciosamente y se encaminó al parque. Eza una mañana maravillosa, el sol iluminaba la copa de los tilos, amarillentos ya por el fresco hálito del otoño. El extenso lago brillaba inmóvil. Los cisnes, despabilados, salian nadando majestuosamente de debajo de los arbustos que bordeuban la orilla. Maria Ivanovna pasaba cerca de un hermoso prado, en el que, no hacia mucho, hablase levantado sus monumento en honor a las recientes victo rias del conde Piotr Alexandrovich Rumiantsev. De re-pente, un perrito blanco de raza inglesa dio unos cuantos ladridos y corrió a su encuentro. Maria Ivanovna detú vose asustada, pero oyó una agradable voz femenina: "No tema, que no muerde", descubriendo a una dama, sentada en un banco frente al monumento. Tomó asiento en el mismo banco, en el extremo opuesto. La señora la miraha fijumente, Maria Ivanovna, por su parte, con unas cuan tas miradas de reojo, tuvo tiempo de inspeccionarla de pies a cabeza. Vestia un traje blanco de mañana, una co-fia de dormir y una chaqueta. Su edad frisaba en la cua-restena. Su rostro, lleno y colorado, reflejaba magnifi erncia y serenidad, y sus azules ojos y su sonrisa fácil tendan un encanto inefable. La dama fue la primera en mmper el silencio.

-¿Usted no es de por aquí, verdad?

-No, señora. Ayer llegué de provincias.

Ha venido con sus padres?

-No, no. He venido sola.

-Sola! Es usted muy joven.

-No tengo padre ni madre.

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EL JUICIO


dujo inquietud alguna, sino que, frecuentemente, les hacia reir de todo corazón. Mi padre no quiso creer que yo pu diera estar complicado en la odiosa sublevación, cuyo ob jetivo era el derrocamiento del trono y el exterminio del linaje nobiliario. Interrogo rigurosamente a Savielich. El preceptor no ocultó que el señorito habia sido huésped de Emilian Pugachov, ni la benévola actitud del bandido, pero juró que no tenia conocimiento de ninguna traición. Mis viejecillos se tranquilizaron v esperaron con impacie cia noticias favorables. Maria Ivanovna sentiase atroz mente alarmada, pero guardaba silencio, pues estaba do tada, en sume grado, de discreción y prudencia,

Pasaron unas cuantas semanas. Inesperadamente, mi padre recibió desde Petersburgo una carta de nuestro pa riente, el principe B. Referíase a mi asunto. Des pués del habitual preámbulo le comunicaba que las sos-pechas sobre mi participación en los planes de los suble-vados habían resultado, por desgracia, demasiado fundadas, que merecidamente se me podria haber condenado a la última pena. Pero que la soberana, en consideración a los méritos y a la avanzada edad de mi padre, había de-cidido indultar a su criminal hijo librándole de muerte deshonrosa, ordenando solamente que fuera deportado, pa-ra toda la vida, a un remoto lugar de Siberia.

Este inesperado golpe estuvo a punto de matar a mi padre. Perdió su corriente firmeza y su pena (general-mente sufrida en silencio) solía desbordarse en amargat quejas.

-¡Cómo es posible repetia una y otra vez fuera de si- que mi hijo haya participado en los planes de Puga-chov! ¡Dios bendito, lo que he de soportar a mis años! ¡La soberana le libera de la ejecución! Pero, ¿acaso ello proporciona algún alivio? Lo más terrible no es la muerte:

un antepasado mio murió en el patíbulo por defender lo que su conciencia estimaba sagrado, mi padre, padeció junto a Bolinski y Jrushov. Pero jque un hidalgo traicioné juramento uniéndose a bandidos, asesinos y siervos fu-gitivos!... ¡Qué vergüenza y qué baldón para nuestra fa milial ...

Mi madre, asustada por su desesperación, ni a liorar se atrevia delante de él, y esforzábase por reanimarle, ha-blando de rumores inciertos y de la inestabilidad de la opi nión de las gentes. Pero mi padre mostrábase inconsolable. Maria Ivanovna se atormentaba más que nadie. Con vescida de que yo podia demostrar mi inocencia en cuanto lo deseara, adivinaba la verdad, considerándose culpable de mi desgracia. Ocultaba a todos sus lágrimas y sus su frimientos, meditando incesantemente en los recursos que podrian salvarme.

Cierta noche mi padre, sentado en el diván, hojeaba las páginas del Calendario Cortesano, sus pensamientos vola ban lejos y no le producía la lectura su acostumbrado efec to. Silbaba una antigua marcha. Mi madre tejia en si lencio una bufanda de lana sobre la que, de cuando en cuando, caian algunas lágrimas María Ivanovna, que tam-bién se ocupaba en algo, anunció súbitamente que se vela precisada a partir para Petersburgo, y pidió que le facili taran los medios para hacer el viaje. Mi madre, apenada, le preguntó:

¿Por qué tienes que ir a Petersburgo? ¿Será posible, Maria Ivanovna, que también tú quieras abandonamos? María Ivanovna contestó que su porvenir dependía de dicho viaje, que iba en busca de la protección y ayuda de personas influyentes, ante quienes se presentaria como la hija del hombre que había sido víctima de su fidelidad.

Mi padre inclinó la cabeza: cualquier palabra que le 

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EL JUICIO




 ria Ivanovna. Pero me acometió de pronto una repug uancia invencible, porque imagine que si pronunciaba su nombre, la Comisión la requiriria para que también re pondiera de sus actos, que, además, su nombre se veria envuelto con las odiosas calumnias de los malvados, y has ta podría suceder que tuviera que soportar un caren con ellos. Esta idea terrible afectóme de tal manera que me quedé aturdido y desconcertado.


Mis jueces que, al parecer, habían comenzado a e cuchar mis respuestas con cierta benevolencia se predis pusieron de nuevo contra mi al ver la confusión que de mostraba. El oficial de la Guardia exigió que me ca rearan con el principal delator. El general ordenó llamar al "malhechor de ayer". Me volvi vivamente hacia la puerta, esperando la aparición de mi acusador. A kos pocos minutos oyóse el resonar de una cadena, abrióse la puerta y se presentó Shvabrin. Me dejó sorprendido la transformación que se había operado en él. Estaba terri blemente pálido y enflaquecido. Sus cabellos, hasta hacia poco tan negros como la pez, habian encanecido por com pleto, su larga barba estaba enmarañada. Repitió acusaciones con voz débil, pero resuelta. Según sus pala bras, yo había sido enviado por Pugachov a Orenburg en calidad de espia, cada dia salia de excursión con el silo objeto de entregar información escrita acerca de lo que ocurría en la citadad, y que, finalmente, me habia pasado. al enemigo de modo descarado, viajando con el impostor de fuerte ea fuerte, para procurar, por todos los medios, hundir a mis otros compañeros de traición, para ocupar sus puestos y aprovecharme de las recompensas que distri buia el impostor. Le escuchaba en silencio y sentíame -tisfecho por una cosa: el nombre de Maria Ivanovna na había sido pronunciado por el abyecto canalla, quizá por


que su amor propio sifria al sudo pentaniruta de la que habia rechazado con desptrcin, o bien pumpen congzon conservata una chipa del mismo sent me habia obligado a callar a mi. Avi es que, cсон цагта qor fuese, el nombre de la hija del omamlade no fue revelado ante la comision. Yo me afirm mas en mi prope sido, y cuando los jueces me preguntaron que como podria refutar las acusaciones de Shvalırin, respondi que me ate ia a mi primera declaración y que nada más postia añadir en si defensa. El general ordenó qur nos retirasen. Sa limos juntos. Miré a Shvabrin trampuilamente, sin diri girle la palabra. A au rostro asomó una sonrisa perversa, levantó sus cadenas y se me adelantó con paso acelerado De auevo me encerraron en la prisión y no volvien a interrogarme.


No fui testigo de lo que me resta por dar a conocer al lector. Pero he oido narrarlo tan frecuentemente, que hasta los más pequeños detalles han quedado grabados en mi memoria, pareciéndome, además, como si de modo invi sible hubiera estado presente en ellos,


Maria Ivanovna había sido acogida por mis padres con esa sincera y cordial hospitalidad que distinguia a las gentes del pasado siglo. Consideraban una hendición de Dins la oportunidad que habian tenido de amparar y col mar de atenciones a una pobre huérfana. Muy pronto le Momaron verdadero afecto, pues era imposible conocerla y no llegar a quererla. Mi padre ya no consideraha mi smor como una extravagancia, y mi madre no ansiaba otra cusa sino que su Petrusha se casara con la linda hija del capitin.


La noticia de mi arresto sorprendió a mi familia. Maria Ivanovna habiales narrado con tal sencillez y naturalidad mi chocante amistad con Pugachov, que ella no les pro-

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EL JUICIO

 



cubierta de papeles, sentábanse dos hombres: un general entrado en años, de frio y severo aspecto, y un joven ca pitán de la Guardia, de unos veintiocho años de edad, de apariencia muy agradable, diestro y llano en el trato. Cer ca de la ventana, en una mesa aparte, sentábase el secre tario, con la pluma tras la oreja e inclinado sobre el papel dispuesto a copiar mis declaraciones. Dio comienzo el interrogatorio. Preguntáronme Preg mi nombre y graduación. I general quiso saber si, por essualidad, yo era hijo de Andrei Petrovich Grinev. A mi afirmativa respuesta, se veramente dijo:

-¡Es una lástima que persona tan honorable tenga un hijo tan indignol

Le respondi tranquilamente que, cualesquiera que fue ran las acusaciones que pesaban sobre mi, confiaba en poder rechazarlas explicando sinceramente la verdad. No le sentó bien mi tranquilidad.

-Tú, hermano, eres un vivo-dijome ceñudo- pem themos conocido otros peores!

Seguidamente, el joven capitán me preguntó que cuán do y por qué habia entrado al servicio de Pugachov y en qué misiones me había utilizado.

Lleno de indignación respondile que, como oficial y como noble, jamás hubiera podido someterme a las ór denes de Pugachov, ni aceptar misión alguna suya.

-¿Y cómo se explica añadió mi interrogador que un solo oficial noble haya sido perdonado por el impostos, mientras que todos sus camaradas fueron asesinados feroz mente? ¿Cómo puede explicarse que ese mismo oficial noble se haya divertido amistosamente en unión de les blevados y que hasta haya aceptado del malvado cabe cilla el regalo de un capote, un caballo y una moneda de medio rublo? ¿Cómo nació tan extraña amistad y en qué

estaba baada, si no era en la traición o en todo caso, en una abominable y criminal cobardia?

Me senti hondamente herido por las palabras del oficial de la Guardia y comencé ardientemente a justificarme Les expliqué cómo habia conocido a Pugachov en la estepa, durante la borrasca de nieve, cокно е тесолосió cuando entré en el fuerte de Bielogorsk indultándome después. Admiti que, efectivamente, no habia tenido inconveniente alguno en recibir de manos manos del del impostor impostor el el capote y el caballo, pero que habla defendido el fuerte hasta el último momento contra los ataques del malhechor. Por último, remitime a mi general, quien podría atestiguar mi ardur combativo durante el infortunado asedio a Orenburg.

El riguroso anciano fumo de encima de la mesa una carta abierta, y leyó en voz alta:

-Sobre la información que pide vuestra excelencia re lativa al alférez Grinev, complicado, según parece, en los actuales disturbios y en relaciones con el malvado, tode ello incompatible con su cargo y contradictorio con su de ber, tengo el honor de declarar que el usodicho alférez Crisev prestó sus servicios en Orenburg desde comienzas de octubre del pasado año de 1773 hasta el 24 de febrero del presente año, en cuya fecha se ausentó de la cindad cesando, desde entonces, de estar bajo mi mando. Pero se ha sabido, a través de los fugitivos, que visitó a Puga-chov en su feudo y que viajó en su compañia al fuerte de Bielognisk, donde con anterioridad habia estado destina-do, en lo que concierne a su comportamiento, yo pur do

Aqui interrumpió la lectura, diciéndome severamente: ¿Qué tienes que decir ahora en tu justificación?

Quise proseguir cono habia comenzada y exponer, te sinceramente como todo lo demás, mis relaciones con Ma-
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EL JUICIO


Estaba convencido de que el delito no sería otro que el de mi indisciplinada ausencia de Orenburg. Podria justifi carme fácilmente: las incursiones y los raids no solamente jamas fueron prohibidos, sino que eran estimulados por to

dos los medios. Se me podria acusar de impetuosidad des mesurada, pero no de desobediencia. Mas mis cordiales relaciones con Fugachov podian ser comprobadas por nu merosos testigos y tendrían que parecer, por lo menos, sospechosas. Cavilė durante todo el el camino en los inte-rogatorios que me esperaban y en las respuestas que de-beria dar, y tomé la resolución de declarar ante el tri bunal la pura verdad, considerando que semejante medio de justificación sería el más sencillo y, al mismo tiempo, el más infalible.

Llegué a Kazán, devastado e incendiado. En las calles, en lugar de casas, aparecian montones calcinados, y las paredes ahumadas ergulanse desprovistas de tejados y ventanas. Tal era el rastro dejado por Pugachov! Me condujeron al fuerte, que había quedado intacto en medio de la ciudad incendiada. Los húsares entregáronme al oficial de guardia. Este mandó llamar al herrero, quien me colocó una cadena en los pies, asegurándola bien. Des-pors pase a la prisión, donde dejáronme solo, en un es trecho y oscuro calabozo de paredes desnudas y con un ventanuco resguardado con una reja.

Tal comienzo no vaticinaba nada bueno. Sin embargo, no me desanimé ni perdi las esperanzas. Recurri al consuelo de todos los afligidos y, por primera vez, saboreé la dulzura de la oración, que salia de un corazón integro, pero lacerado. Después, me dormi tranquilamente, sin preocuparme de lo que sería de mi.

Al dia siguiente me despertó el vigilante de la prisión, omunicándome que la Comisión reclamaba mi presencia. Atravese el patio en dirección a la comandancia, acompa-Rado por dos soldados que se quedaron en el vestibulo, mientras yo pasaba a las habitaciones interiores.

Penetré en una sala hastante ampha. Tras una mesa
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dónde sea brilla

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