gándole que fuese a verla inmediatamente. El excéntrico personaje acudió, sin pérdida de tiempo, a la llamada de mi abuela hallándola sumida en horrible desesperación. Le describió con los más sombríos matices la barbarie de su esposo y, finalmente, le dijo que depositaba toda su esperanza en su amistad y en su gentileza. Saint Germain quedóse pensativo.
-Puedo prestarle a usted la cantidad que necesita -le manifestó, pero sé que no se sentirá tranquila mientras no me la pague, y no quisiera crearle nuevas inquietudes. Existe otro medio: puede tomarse el desquite si juega de nuevo.
-Pero, amable conde-respondió mi abuela, si le estoy diciendo que carecemos absolutamente de dinero.
-Para eso no precisa dinero replicó Saint Germain-. Tenga la bondad de escucharme.
Y entonces le reveló un secreto, por el cual cada uno de nosotros pagaría un precio muy elevado...
Los jóvenes jugadores redoblaron su atención. Tomski encendió su pipa, tragó el humo y prosiguió:
-Aquella misma noche mi abuela se presentó en Ver-salles, au jeu de la Reine. El duque de Orleans llevaba la banca. Mi abuela se disculpó mansamente por no haber satisfecho su deuda, inventó una pequeña historis tara justificarse, y se sentó con el duque a jugar. Eligió tres cartas, colocándolas una a continuación de la otra; con las tres ganó logrando un desquite completo.
-¡Cosas de azar! -opinó uno de los jóvenes.
-Eso es un cuento! -manifestó Hermann.
-Pudiera ser que las cartas estaban marcadas? -dijo un tercero.
-No lo creo-repuso gravemente Tomski.
-¡Cómol -exclamó Narumov-, ¿tienes una abuela que
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