-Quiero decir, una novela en la que el protagonista no estrangule a su padre ni a su madre, y en la que no apa recen cadáveres ahogados. Tengo un miedo espantoso a los ahogados!
-Ya no existen semejantes novelas. ¿Quiere que le en vie una novela rusa?
-¿Existen, acaso novelas rusas?... En tal caso, que rido, puedes traérmelas.
Después, dirigiéndose a la joven, añadió:
-Dispenseme, grand maman, tengo prisa...
-Discúlpeme, Lizaveta Ivanovna, ¿por qué creyó usted
que Narumov era ingeniero?
Y luego Tomski abandonó el tocador.
Lizaveta Ivanovna se quedó sola; dejó la labor y miró por la ventana. Pronto vio aparecer por una esquina de la ea un joven oficial. La muchacha se ruborizó, tomó de nuevo su labor e inclinó la cabeza hasta el mismo caña-mazo. En aquel instante entró la condesa completamente ataviada.
-Liza, ordena que enganchen la carroza y vamos de paseo-dijo.
Líza dejó el bastidor y recogió el trabajo.
-Pero ¡hija! ¿Es que estás sorda? -gritó la condesa-. Ve a decir que enganchen inmediatamente.
-Ahora mismo-respondió con apagada voz la joven, y corrió a la antesala.
Entró un criado e hizo entrega a la condesa de los li-bros que le enviaba el principe Pablo Alexandrovich.
-¡Qué bien! Dale las gracias-manifestó la condesa-¡Líza, Lizal ¿Adónde vas con esas prisas?
-A vestirme.
-Te sobra tiempo, muchacha. Siéntate aquí. A ver, abre el primer tomo y lee en voz alta.
La joven cogió el libro y leyó algunas lineas.
Más altol-apremió la condesa. ¿Qué te ocurre? ¿Es que has perdido la voz? Espera, acércame el tabure te... Asi.
Lizaveta Ivanovna leyó un par de páginas. La condesa bostezó
Tira ese libro -dijo. ¡Qué absurdo! Devuélveselo al principe Pablo y que le den las gracias... Pero, ¿qué pasa con la carroza?
La carroza está dispuesta -contestó Lizaveta Ivanovna mientras miraba por la ventana.
¿Por qué no estás aun vestida? -preguntó la conde sa ¡Siempre he de esperarte! ¡Es insoportable!
Liza se fue rápidamente a su habitación. No habian transcurrido dos minutos cuando la condesa empezó a tocar la campanilla con todas sus fuerzas. Tres doncellas acudieron presurosas por una puerta y el mayordomo por la otra.
¿Qué pasa, que no hay manera de llamaros? -les reprendió la anciana. Decidle a Lizaveta Ivanovna que la estoy esperando.
Livazeta Ivanovna entró en aquel instante, vestida con su capa y su sombrero.
-¡Por fin, hija mia! exclamó la condesa. Pero ¿qué elegancia es esa? ¿A santo de qué? ¿Es que piensas ena-morar a alguien?... ¿Qué tal día hace? Parece que sopla
el viento. -No, Vuestra Serenísima. El día está tranquilo -con-
testó el mayordomo. -Usted siempre habla sin reflexionar. Abra la ventanilla.
Tratamiento que se daba a los principes y a los condes en la Rusia de aquellos tiempos
2.

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