La anciana condesa de hallábase en su tocador sen tada ante el espejo. Tres doncellas la rodraban, una sos-tenía un tarrito de colorete, otra una cajita con horquillas y, la tercera, la alta cofia con cintas de color de fuego, La condesa no tenia la más pequeña pretensión a una belleza marchitada hacía ya mucho tiempo, pero conser-vaba todas las costumbres de su juventud, seguia riguro-samente las modas de 1770 v se vestia con la misuna par simonia y con la misma meticulosidad que sesenta años atrás Junto a la ventana, con el bastidor en las manos, estaba sentada una señorita de cuya educación se había hecho cargo la comulesa.
-Buenos dias, grond maman -exclamó un joven oficial irrumpiendo en la habitación, Bon jour, mademoiselle Liza. Grand maman, vengo a pedirle un favor.
-¿De qué se trata, Paul?
-Quiero pedirle su consentimír ato para presentarle a uno de mis amigos y para invitarle al baile que da usted el viernes.
-Le traes al baile y alli me le presentas. ¿Estuviste anoche en casa de?
-¡Cómo no! Estuvo aquello muy aninado. Bailamos hasta las cinco de la mañana. ¡Qué bella estaba Elétzkaia!
Pero ¡querido! ¿Qué es lo que tiene de guapa? ¿Se parece a su abuela la princesa Daria Petrovna?... A pro pósito, ¿ha envejecido mucho la princesa Daria?
¿Cómo que si ha envescido -contestó distraídamente Tomaki. Si hará unos siete años que se ha muerto.
La joven levantó la cabeza e hizo una seña al oficial. Entonces recordó éste que a la condesa le ocultaban la muerte de las personas de su misma edad, y se mordió los labios. Mas la condesa oyó dicha noticia, meva para ella, con la mayor indiferencia.
-¡Se ha muerto y yo no me habia enterado! Fulmot nombradas a un mismo tiempo damas de honor, y al ser
presentadas a la soberana...
nieta.
Y la anciana relató por cestésima vez la anécdota a su
-Bien, Paul-dijo a continuación, ahora ayúdame a le-vantarme. Liza, ¿dónde está mi caja de rapé?
solo con la joven,
-¿A quién quiere usted presentar? -pregunté con vez
Seguida de sus tres doncellas, pasó la condesa al otro lado del biombo para acabar su tocado. Tomski se quedó
queda Lizaveta Ivanovna.
-A Narumov. Le conoce usted?
-No. ¿Es militar o paisano?
-Militar.
-Ingeniero?
-No, es de caballeria. ¿Por qué pensó usted que podía
ser ingeniero?
La joven soltó una risita y no respondió.
-Paul! -grító la condesa desde el otro lado del biom bo. Tráeme alguna novela nueva, pero, por favor, no de
las modernas. -¿Por quê, grand maman?
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