-¡Señores oficiales, hay una novedad importante! Es-cuchen lo que dice el general.
Se puso los lentes y leyó:
-"Al señor comandante del fuerte de Bielogorsk, ca-pitán Mironov. Secreto.
"Por la presente le comunico que se ha dado a la fuga el cosaco cismático del Don Emilián Pugachov, quien, cometiendo la imperdonable insolencia de hacerse pasar por el difunto emperador Pedro ill, ha reunido una banda de desalmados, promoviendo a subversión en las pobla-ciones yaikas. Ya ha tomado y arrasado algunos fuertes, llevando a cabo, por doquier, saqueos y matanzas. En vista de ello, y en cuanto reciba esta misiva, señor capitán, adopte inmediatamente las medidas oportunas para recha-zar al mencionado malhechor e impostor y, si es posible, para su completo exterminio, si se dirije al fuerte cuya custodia le ha sido encomendada."
-¡Tomar las medidas oportunas! exclamó el coman-dante, quitándose los lentes y doblando el papel-. ¡Como si fuera tan fácil! Por lo visto, el malhechor es poderoso, y nosotros no tenemos más que ciento treinta hombres, sin contar a los cosacos, en los cuales no se puede depo-sitar mucha confianza; y no te hago a ti ningún reproche, Maximich-dijo dirigiéndose al cabo, que se sonrió. Pe-ro ¡qué le vamos a hacerl Manténganse alerta, monten guardias y vigías nocturnos. En caso de ataque, atranquen las puertas de la empalizada y saquen a los soldados. Tú, Maximich, observa con atención a tus cosacos. Que se revise y se limpie el cañón. Les ruego, sobre todo, que mantengan el asunto en secreto, y que nadie se entere antes de tiempo.
Iván Kuzmich nos despidió después de darnos estas ins-
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trucciones. Salí en compañía de Shvabrin, comentando lo que habíamos oído.
-¿Cómo crees que acabará esto? -le pregunté.
-Solo Dios lo sabe -respondió-, ya veremos. Por aho-ra, no creo que se trate de nada grave. A no ser que...
Quedóse pensativo y distraídamente comenzó a silbar un aria francesa.
A pesar de nuestras precauciones, la noticia de la apa-rición de Pugachov se corrió por todo el fuerte. Aunque estimaba a su esposa, Iván Kuzmich por nada del mundo le habría descubierto un secreto militar. Después de reci-bir la carta del general, de manera muy hábil, se deshizo de Basilisa Yegorovna diciéndole que, al parecer, el padre Guerasim había recibido de Orenburg algunas noticias sorprendentes que guardaba en secreto. A Basilisa Yego-rovna en seguida le vino el deseo de hacer una visita a la mujer del pope y, aconsejada por Iván Kuzmich, se llevó con ella a Maria Ivanovna para que no se quedara sola y aburrida en casa.
Iván Kuzmich, al quedarse de dueño absoluto, mandó en nuestra busca, encerrando a Palasha en la despensa para que no pudiera escucharnos.
Basilisa Yegorovna, de regreso de la visita, en la que no pudo sacar nada de la mujer del pope, se enteró de que, durante su ausencia, Iván Kuzmich habia celebrado una conferencia y que había tenido a Palasha bajo llave. Adi-vinó que había sido chasqueada por su esposo y lo acosó a preguntas. Pero Iván Kuzmich estaba preparado para el ataque. No se desconcertó en absoluto, y respondía con desenvoltura a su curiosa cónyuge:
-¿Sabes, madrecita? Nuestras mujeres han tenido la ocu-trencia de calentar las estufas con paja; y como ello puede
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