banner

viernes, 20 de junio de 2025

LA REVUELTA DE PUGACHOV

 


provocar una desgracia, he ordenado categóricamente que, en adelante, no utilicen la paja, sino leña y troncos.

-¿Y por qué tenías que encerrar a Palasha? -preguntó la comandanta. ¿Por qué ha tenido que permanecer en la despensa hasta nuestro regreso?

Iván Kuzmich no estaba preparado para responder a tal pregunta; se embrolló, gruñendo algo ininteligible. Ba-silisa Yegorovna se dio cuenta de la treta de su esposo, pero como sabía que no lograría nada de él cesó en sus preguntas y se pusa a hablar de los pepinillos en salmuera, que Akulina Pamfilovna preparaba de un modo especial. Basilisa Yegorovna no pudo pegar ojo en toda la noche; no atinaba a comprender lo que su marido podría llevar en la cabeza y que a ella le estaba vedado conocer.

Al día siguiente, de regreso de misa, tropezóse con Iván Ignatich, quien sacaba del cañón trapos, piedras, astillas, huesos y basura de todo género, introducida por los chi-quillos.

"¿Qué significarán todos estos preparativos bélicos?

-pensaba la comandanta. ¿No será que esperan un ata-que de los kirguises? ¿Es que Iván Kuzmich iba a ocul-tarme semejante tontería?"

Llamó a Iván Ignatich con la firme decisión de sonsa-carle el secreto que torturaba su curiosidad femenina.

Comenzó haciéndole unas cuantas observaciones de tipo doméstico, del mismo modo que el juez inicia la instrucción previa con preguntas accesorias para adormecer la cautela del acusado. Después, tras un corto silencio, exhaló un profundo suspiro y, moviendo la cabeza, dijo:

-¡Dios mío! ¡Vaya unas novedades! ¿Qué ocurrirá?

-¡Oh, madrecita! -repuso Iván Ignatich-. El Señor es misericordioso: tenemos bastantes soldados, pólvora su
 
hoja 5

ficiente y ya he limpiado el cañón. Si hemos de ofrecer resistencia a Pugachov, Dios no nos dejará de su mano.

-¿Quién es ese Pugachov? -preguntó la comandanta,

Iván Ignatich advirtió que había hablado demasiado, y se mordió la lengua. Pero era demasiado tarde. Basilisa Ye-gorovna le forzó a contárselo todo dándole palabra de que no se lo diría a nadie.

Basilisa Yegorovna cumplió su promesa; no dijo nada a nadie, excepto a la mujer del pope, en consideración a que una vaca suya pacía en la estepa y corría el peligro de que se la robasen los malhechores.

Muy pronto todo el mundo hablaba de Pugachov; los comentarios eran diversos. El comandante envió al cabo de reconocimiento a los poblados y a los fuertes vecinos, para indagar a fondo y explorar. Regresó pasados dos días con la noticia de que en la estepa, a unas sesenta verstas del fuerte, había visto numerosas fogatas y que había oído decir a los bashkirios que se acercaba una fuerza desco-nocida. Sin embargo no pudo precisar nada, porque temió seguir adelante.

En el fuerte notábase entre los cosacos una agitación insólita; reuníanse en grupos, por las calles, y cuchicheaban entre ellos, dispersándose en cuanto veían un dragón o un soldado de la guarnición. Se introdujeron en sus medios exploradores y vigías. Yulay, un kalmik convertido al cris-tianismo, hizo al comandante una confidencia de importan-cia. Las declaraciones del cabo, según Yulay, eran falsas: después de su regreso, el astuto cosaco notificó a sus cama-radas que había estado con los rebeldes, presentándose ante su mismo caudillo, quien le permitió acercarse a él conver-sando después, los dos, durante largo rato. Inmediatamente ordenó el comandante arrestar al cabo y colocó en su puesto a Yulay. Los cosacos recibieron esta noticia con evidentes
hoja 6




No hay comentarios.:

Publicar un comentario

dónde sea brilla

Entradas populares