CAPÍTULO VI
Antes de abordar el relato de los extraordinarios acon-tecimientos de que fui testigo, debo decir unas cuantas palabras sobre la situación en que se hallaba la provincia de Orenburg a finales del año 1773.
Esta vasta y rica provincia estaba habitada por nume-rosos pueblos semibárbaros que, hasta hacía poco, reco-nocían la soberanía de los gobernantes rusos. Sus fre-cuentes rebeliones, su desconocimiento de las leyes, su falta de costumbre para la vida cívica, su volubilidad y su violencia, exigían por parte del Gobierno una vigilancia
hoja 1
continua para mantenerlos en la obediencia. Los fuertes se alzaban en los lugares más convenientes, poblados, en su mayor parte, por cosacos, antiquísimos poseedores de las orillas del Yaik. Pero los cosacos, que tenían el deber de mantener la tranquilidad y el orden en toda la región, desde hacia algún tiempo eran también, para el Gobierno, unos súbditos alarmantes y peligrosos. En el año 1772, se sublevaron en su ciudad más importante, debido a las severas medidas adoptadas por el general-mayor Trauben-berg para someter a la trop... la debida obediencia. Esta sublevación tuvo como resultado el bárbaro asesinato de Traubenberg, el indisciplinado cambio de la administra-ción y, finalmente, la represión del alzamiento por medio de la metralla y de castigos rigurosos.
Todo esto había ocurrido algún tiempo antes de mi lle gada al fuerte de Bielogorsk; pero ahora todo estaba tranquilo, o lo parecía, y la superioridad había creido con demasiada ligereza en el aparente arrepentimiento de los taimados rebeldes, quienes disimulaban su rencor esperan-do la ocasión propicia para reanudar los desórdenes.
Prosigo mi relato.
Cierto anochecer (a comienzos de octubre de 1773) me hallaba en casa, escuchando el gemido del viento otoñal y, desde la ventana, observando el corretear de las nubes por las cercanías de la luna, cuando vinieron a buscarn de parte del comandante. Acudi inn eliatamente. Con encontrabanse Shvabrin, Iván Ignatich y el cabo cosaco. Ni Basilisa Yegorovna, ni Maria Ivanovna estaban en casa. El comandante me saludó con aspecto preocupado. Cerró la puerta, nos invitó a tomas asiento, lo que hicimos todos excepto el cabo, que se mantuvo de pie junto a la en trada; después, sacó un papel del bolsillo y nos dijo:
hoja 2

No hay comentarios.:
Publicar un comentario