-Shvabrin te ha dicho la verdad -le respondi decidi. damente.
-No me habias dicho eso hizo notor Pugachov con aspecto sombrio.
-Juzga tú mismo le expliqué, si delante de tu gente te habria podido decir que la hija de Mironov se encon-traba viva. La hubieran devorado. ¡No habría habido salvación posible para ella!
-En eso tienes razón repuso Pugachov, riéndose, Mis borrachines no habrían tenido compasión de la pobre mu-chacha. Hizo bien la comadre popesa en engañarles.
-Escucha continué, advirtiendo su buena disposición, no sé cómo te llamas, ni necesito saberlo... Pero, bien sabe Dios que te pagaria gustoso con la vida todo lo que has hecho por mi. Sólo te pido una cosa, que no me exijas nada que atente a mi honor y a mi conciencia cris tiana. Eres mi bienhechor. Culmina lo que has iniciado, permitiendo que la desventurada huérfana y yo sigamos el camino que Dios tenga a bien indicarnos. Dondequiera que te halles y sea de ti lo que fuere, los dos rogaremos
cada dia a Dios por la salvación de tu alma pecadora.... Dábame la impresión de que el rudo corazón de Pu gachov se había impresionado. -Está bien, que lea lo que tú dices exclamó Mi
costumbre es esta: si hay que ejecutar, se ejecuta; y si hay que perdonar, se perdona del todo. ¡Llévate a tu amada donde quieras, y que Dios os conceda amor y felicidad! Volviéndose después hacia Shvabrin, le ordenó que me facilitara un pase para todos los puestos y fuertes que con trolaba. Shvabrin, derrotado por completo, parecía estar sturdido. Pugachov salió a inspeccionar el fuerte y Shva brin le siguió, yo me quedé con la disculpa de los prepa rativos para la marcha.
Coni al aposento de Maria Ivanovna. La puerta estaha cerrada. Llamé
Quién es? -preguntó Palasha
Me di a conocer, y la adorable vocecita de Maria Iva-novna me respondió del otro lado de la puerta:
Espere, Piotr Andreich. Me estoy cambiando de topa. Vaya a casa de Akulina Pamfilovna, que ahora iré para alli. Le obedeci y me presenté en casa del padre Gueratim. El y la popesa salieron a mi encuentro. Savielich ya les habia advertido de nuestra llegada.
-Hola, Piotr Andreich manifestó la popesa. Dios ha querido que volvamos a vernos. ¿Cómo está? Le hemos recordado todos los días. ¡Lo que ha sufrido en su ausen-cis Maria Ivanovna, mi pobre palomita... Pero digame, padre mio, ¿cómo ha podido usted entenderse con Puga-chov? ¿Cómo no le ha descuartizado? Eso, por lo menos, hay que agradecerle al malvado.
-Basta, vieja intervino el padre Guerasim- No suel tes todo lo que llevas dentro, que la salvación no está en la palabreria. Padrecito Piotr Andreich!, haga el favor de pasar. Hace mucho, mucho tiempo que no nos velamos.
La popesa, sin cesar en su palique, obsequióme con lo que buenamente pudo. Me relató cómo les había obligada Shvabrin a entregarle a Maria Ivanovna, cómo lloraba ésta porque no quería separarse de ellos, y cómo las dos man-tenian contacto permanente a través de Palasha (moza despabilada que hasta al cabo hacía bailar al son de su gaita); cómo aconsejó a Maria Ivanovna que me escri biera una carta y, así sucesivamente. A mi vez, les narré sucintamente mi historia. El pope y su mujer se santi-
guaron al saber que Pugachov conocla su supercheria. -¡Un poder celestial está a nuestro ladol -decia Aku-
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