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sábado, 28 de junio de 2025

LA HUÉRFANA

 



lina Pamfilovna, Dios ha querido que pasara de largo el nubarrón. Y Alexei Ivánich, įvaya un pájarol


Abrióse la puerta dando paso a Maria Ivanovna, que venía con una sonrisa en su pálido semblante. Se habia despojado de la ropa campesina y vestia sencilla y gracio samente como en otros tiempos.


Tomé su mano y no fui capaz de pronunciar palabra en un rato. Ambos guardábamos silencio con el corazón henchido.


Los dueños de la casa, reparando que no estábamos para ellos, nos dejaron solos. Nos parecía que todo había quedado atrás. Hablamos sin descanso. María Ivanovna me relató lo que le había acontecido dasde la caída del fuerte, describióme su espantosa situación y las duras prue-bas a que la sometió el odioso Shvabrin. Evocamos los felices tiempos pasados... Y los dos lloramos... Final-mente, le expuse mis proyectos. No podía quedarse en el fuerte dominado por Pugachov y bajo el mando de Shva-brin. No había ni que pensar en dirigirse a Orenburg. donde se padecian todas las calamidades del asedio. Y como no tenía pariente alguno, le propuse que se fuera a la aldea con mis padres. Al principio dudaba: sentia temor por el desafecto que mi padre habia evidenciado hacia ella. Traté de tranquilizarla. A mi me constaba que mi padre estimaría un honor y una obligación dar cobijo a la hija de un valeroso soldado que había sucum bido por la patria.


-Querida Maria Ivanovnal le dije finalmente. Te considero mi esposa. Unas circunstancias asombrosas nos han unido indisolublemente nada podrá separarnos. Maria Ivanovna me escuchaba con naturalidad, sin falsa timidez y sin evasivas ingeniosas. Sentía que el destino habia ligado su suerte a la mia. Pero reiteraba que sería


mi mujer únicamente con el consentimiento de mis padres No la contradije. Nos besamos franca y apasionadamente v. de esta manera, todo quedó decidido entre nosotros.


Pasada una hora el cabo me entregó el salvoconducto fumado con los garabatos de Pugachov, quien habia or denado que me presentara a él. Le hallé dispuesto para el camino. No puedo explicar los sentimientos que me asaltaban al separarme de aquel horrible sujeto, monstruo so y malvado para todos menos para mi. ¿Por qué no de-cir la verdad? En aquellos instantes una corriente de simpatia me impulsaba hacia el. Hubiera deseado ardien temente poder apartarle del circulo de bandidos que ca-pitaneaba y salvar su cabeza cuando aún no era tande. Pero la presencia de Shvabrin y de la muchedumbre que nos rodeaba impedianme expresar lo que sentía mi corazón. Nos despedimos amigablemente. Al descubrir entre el gentio a Akulina Pamfilovna, Pugachov le hizo un gesto amenazador con el dedo y un guiño intencionado; después se sentó en el carruaje y ordenó salir para Bierd. Cuando los caballos arrancaron, asomóse del trinco y me grito:


-¡Adiós, vuestra señoria! ¡Quizá volvamos a vernos al-guna vez!


Efectivamente, volvimos a vernos, pero jen qué mo mento...1


Pogachov partió. Me quedé mirando largamente la alba estepa por la que volaba su trineo. La gente se disolvió, Shvabrin había desaparecido. Regresé a la vivienda del sacerdote, donde todo estaba preparado para el viaje que no quería diferir más. Colocaron nuestras pertenencias en la antigua carreta del comandante Engancharon pronto los caballos. Maria Ivanovna fue a despedirse de la tumba de sus padres, enterrados detrás de la iglesia. Quise acom pañarla, pero me rogó que la dejara ir sola. Volvió a los

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