te, pero no permita que un extraño entre en la alcoba de mi esposa. Comencé a temblar.
-¡Entonces te has casado! -dije a Shvabrin, dispuesto a despedazarlo.
-¡Silencio! -me interrumpió Pugachov. Esto es asun-to mio. Y tú prosiguió diciéndole a Shvabrin, no te andes con tonterías ni con dobleces: sea tu mujer o deje de serlo, yo conduzco ante ella a quien quiero. Vuestra señoria, sigame.
Ante la puerta de la habitación, Shvabrin se detuvo de nuevo, diciendo con entrecortada voz: -Soberano, le advierto que está con fiebres y desde hace
tres días delira sin cesar.
-Abre! -ordenóle Pugachov.
Shvabrin púsose a rebuscar en sus bolsillos y dijo que no llevaba la llave encima. Pugachov dio una patada a la puerta; saltó la cerradura, abrióse y entramos.
Quedé petrificado. Con un vestido campesino desga rrado, vimos a María Ivanovna sentada en el suelo, estaba pálida, enflaquecida y con el pelo desgreñado. Ante ella tenía un jarro con agua, cubierto con un trozo de pan. Al verme, se estremeció lanzando un grito.
No puedo recordar lo que entonces senti en mi interior. Pugachov míró a Shvabrin, y manifestó con despectiva
sonrisa:
-Tienes una buena enfermeria! -Después, acercándose a María Ivanovna, dijo: Dime, queridita, ¿por qué te castiga tu esposo de esta manera? ¿De qué eres culpable ante él?
-Mi esposol -repitió ella. No es mi esposo. ¡Jamás seré su mujer! ¡Antes prefiero la muerte, y seguramente moriré, si no acuden en mi auxilio!
Pugachov míró amenazadoramente a Shvabrin. -Has tenido la audacia de engañarme! le dijo. ¿Te das cuenta, bribón, de lo que mereces?
Shvabrin cayó de rodillas... En aquel instante, el des-precio se sobrepuso en mi al odio y a la cólera que sentia. Miré con aversión al hidalgo que se arrastraba a los pies del cosaco prófugo. Atenuóse el enfado de Pugachov. Por esta vez te perdono dijo. Pero has de saber
que al próximo delito que cometas, te recordaré éste. Después, manifestó cariñosamente a Maria Ivanovna: -Vete, hermosa joven, te concedo la libertad. Soy el soberano.
Maria Ivanovna le lanzó una rápida mirada, adivinando que ante ella se encontraba el asesino de sus padres. Cu-brióse el rostro con las manos y perdió el conocimiento. Me abalanzaba en su ayuda, cuando entró decididamente en la estancia mi antigua conocida, Palasha, que se puso a atender a su señorita. Pugachov abandonó la sala y los tres salimos al recibidor.
-¿Qué, vuestra señoria? -dijo Pugachov riéndose (Ya hemos salvado a la joven! ¿No te parece que debiéramos Illamar al pope y hacerle que case a su sobrira? Yo puedo ser el padrino, y Shvabrin, el testigo, nos divertiremos, beberemos y nos emborracharemos!
Pero entonces sucedió lo que tanto temia. Al oir la pro-puesta de Pugachov, Shvabrin perdió los estribos.
Soberano! -gritó frenético. Yo soy culpable, porque le he mentido, pero Grinev le engaña. Esa muchacha no es sobrina del pope, sino la hija de Iván Mironov, que fue ejecutado cuando se tomó el fuerte.
Pugachov fijó en mí sus ojos relampagueantes. ¿Qué significa esto? -interrogóme perplejo.
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