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sábado, 28 de junio de 2025

La dama de pique II



-Quiero decir, una novela en la que el protagonista no estrangule a su padre ni a su madre, y en la que no apa recen cadáveres ahogados. Tengo un miedo espantoso a los ahogados!

-Ya no existen semejantes novelas. ¿Quiere que le en vie una novela rusa?

-¿Existen, acaso novelas rusas?... En tal caso, que rido, puedes traérmelas.

Después, dirigiéndose a la joven, añadió:

-Dispenseme, grand maman, tengo prisa...

-Discúlpeme, Lizaveta Ivanovna, ¿por qué creyó usted

que Narumov era ingeniero?

Y luego Tomski abandonó el tocador.

Lizaveta Ivanovna se quedó sola; dejó la labor y miró por la ventana. Pronto vio aparecer por una esquina de la ea un joven oficial. La muchacha se ruborizó, tomó de nuevo su labor e inclinó la cabeza hasta el mismo caña-mazo. En aquel instante entró la condesa completamente ataviada.

-Liza, ordena que enganchen la carroza y vamos de paseo-dijo.

Líza dejó el bastidor y recogió el trabajo.

-Pero ¡hija! ¿Es que estás sorda? -gritó la condesa-. Ve a decir que enganchen inmediatamente.

-Ahora mismo-respondió con apagada voz la joven, y corrió a la antesala.

Entró un criado e hizo entrega a la condesa de los li-bros que le enviaba el principe Pablo Alexandrovich.

-¡Qué bien! Dale las gracias-manifestó la condesa-¡Líza, Lizal ¿Adónde vas con esas prisas?

-A vestirme.

-Te sobra tiempo, muchacha. Siéntate aquí. A ver, abre el primer tomo y lee en voz alta.

La joven cogió el libro y leyó algunas lineas.

Más altol-apremió la condesa. ¿Qué te ocurre? ¿Es que has perdido la voz? Espera, acércame el tabure te... Asi.

Lizaveta Ivanovna leyó un par de páginas. La condesa bostezó

Tira ese libro -dijo. ¡Qué absurdo! Devuélveselo al principe Pablo y que le den las gracias... Pero, ¿qué pasa con la carroza?

La carroza está dispuesta -contestó Lizaveta Ivanovna mientras miraba por la ventana.

¿Por qué no estás aun vestida? -preguntó la conde sa ¡Siempre he de esperarte! ¡Es insoportable!

Liza se fue rápidamente a su habitación. No habian transcurrido dos minutos cuando la condesa empezó a tocar la campanilla con todas sus fuerzas. Tres doncellas acudieron presurosas por una puerta y el mayordomo por la otra.

¿Qué pasa, que no hay manera de llamaros? -les reprendió la anciana. Decidle a Lizaveta Ivanovna que la estoy esperando.

Livazeta Ivanovna entró en aquel instante, vestida con su capa y su sombrero.

-¡Por fin, hija mia! exclamó la condesa. Pero ¿qué elegancia es esa? ¿A santo de qué? ¿Es que piensas ena-morar a alguien?... ¿Qué tal día hace? Parece que sopla

el viento. -No, Vuestra Serenísima. El día está tranquilo -con-

testó el mayordomo. -Usted siempre habla sin reflexionar. Abra la ventanilla.

Tratamiento que se daba a los principes y a los condes en la Rusia de aquellos tiempos

2.


 

LA DAMA DE PIQUE II

 


La anciana condesa de hallábase en su tocador sen tada ante el espejo. Tres doncellas la rodraban, una sos-tenía un tarrito de colorete, otra una cajita con horquillas y, la tercera, la alta cofia con cintas de color de fuego, La condesa no tenia la más pequeña pretensión a una belleza marchitada hacía ya mucho tiempo, pero conser-vaba todas las costumbres de su juventud, seguia riguro-samente las modas de 1770 v se vestia con la misuna par simonia y con la misma meticulosidad que sesenta años atrás Junto a la ventana, con el bastidor en las manos, estaba sentada una señorita de cuya educación se había hecho cargo la comulesa.

-Buenos dias, grond maman -exclamó un joven oficial irrumpiendo en la habitación, Bon jour, mademoiselle Liza. Grand maman, vengo a pedirle un favor.

-¿De qué se trata, Paul?

-Quiero pedirle su consentimír ato para presentarle a uno de mis amigos y para invitarle al baile que da usted el viernes.

-Le traes al baile y alli me le presentas. ¿Estuviste anoche en casa de?

-¡Cómo no! Estuvo aquello muy aninado. Bailamos hasta las cinco de la mañana. ¡Qué bella estaba Elétzkaia!

Pero ¡querido! ¿Qué es lo que tiene de guapa? ¿Se parece a su abuela la princesa Daria Petrovna?... A pro pósito, ¿ha envejecido mucho la princesa Daria?

¿Cómo que si ha envescido -contestó distraídamente Tomaki. Si hará unos siete años que se ha muerto.

La joven levantó la cabeza e hizo una seña al oficial. Entonces recordó éste que a la condesa le ocultaban la muerte de las personas de su misma edad, y se mordió los labios. Mas la condesa oyó dicha noticia, meva para ella, con la mayor indiferencia.

-¡Se ha muerto y yo no me habia enterado! Fulmot nombradas a un mismo tiempo damas de honor, y al ser

presentadas a la soberana...

nieta.

Y la anciana relató por cestésima vez la anécdota a su

-Bien, Paul-dijo a continuación, ahora ayúdame a le-vantarme. Liza, ¿dónde está mi caja de rapé?

solo con la joven,

-¿A quién quiere usted presentar? -pregunté con vez

Seguida de sus tres doncellas, pasó la condesa al otro lado del biombo para acabar su tocado. Tomski se quedó

queda Lizaveta Ivanovna.

-A Narumov. Le conoce usted?

-No. ¿Es militar o paisano?

-Militar.

-Ingeniero?

-No, es de caballeria. ¿Por qué pensó usted que podía

ser ingeniero?

La joven soltó una risita y no respondió.

-Paul! -grító la condesa desde el otro lado del biom bo. Tráeme alguna novela nueva, pero, por favor, no de

las modernas. -¿Por quê, grand maman?

 hoja 1.


LA DAMA DE PIQUE



adivina tres cartas seguidas y aún no has adoptado su ca-balistica?

-Si, voto al diablo! -contestó Tomski. Mi abuela tuvo cuatro hijos, uno de los cuales era mi padre: los cuatro fueron porfiados jugadores, pero a ninguno de ellos le des-cubrió su secreto, que no les habría venido mal, ni a mi tampoco. Pero oigan lo que me contó mi tío el conde Iván Ilich, bajo palabra de honor de que era cierto. El difunto Chaplitzki el mismo que murió en la miseria después de haber derrochado millones, perdió, en su juventud cerca de trescientos mil rublos jugando con Zorich. Estaba de-sesperado. Mi abuela, que siempre fue severa con las ca-lavereadas de la gente joven, no sé por qué sintió lástíma de Chaplitzki: le entregó tres cartas y le indicó que las pusiera una a continuación de la otra, exigiéndole su pa-labra de honor de que en el futuro jamás volvería a jugar. Chaplitzki fue en busca de su vencedor y ambos iniciaron la partida. Chaplitzki depositó con la primera car-ta cincuenta mil rublos y ganó la baza; después ganó la segunda y la tercera: su desquite fue completo y aun salió ganando... Pero, ya es hora de irse a dormir, son las seis menos cuarto.

Efectivamente, ya empezaba a amanecer. Los jóvenes apuraron sus copas y se separaron.
 hoja 2

 

LA DAMA DEL PIQUE



La dama de "pique" significa hostilidad

encubierta.



Y en los días lluviosos

ellos se reunian

con frecuencia;

se doblaban -¡Dios los haya perdonado!-

de cincuenta

hasta ciento

y ganaban,

y anotaban

sus cuentas con la tiza:

tal era su quehacer

en los días de mal tiempo.

En cierta ocasión se jugaba a las cartas en casa de Narumov, oficial del cuerpo de caballería de la Cuardia. La larga noche invernal pasó inadvertidamente, y a las cinco de la mañana se sentaron a cenar. Los que habian ganado comieron con excelente apetito; los demás perma-necían distraída y pensativamente sentados ante sus platos. Pero con la aparición del champaña la conversación se animó y todos participaron en ella.

-¿Qué tal te ha ido, Zurin? -preguntó el anfitrión.

-He perdido, como de costumbre. Hay que reconocer

[1 Carta de la baraja francesa, que es la única que se usaba v se usa en Rusia]


gándole que fuese a verla inmediatamente. El excéntrico personaje acudió, sin pérdida de tiempo, a la llamada de mi abuela hallándola sumida en horrible desesperación. Le describió con los más sombríos matices la barbarie de su esposo y, finalmente, le dijo que depositaba toda su esperanza en su amistad y en su gentileza. Saint Germain quedóse pensativo.


-Puedo prestarle a usted la cantidad que necesita -le manifestó, pero sé que no se sentirá tranquila mientras no me la pague, y no quisiera crearle nuevas inquietudes. Existe otro medio: puede tomarse el desquite si juega de nuevo.


-Pero, amable conde-respondió mi abuela, si le estoy diciendo que carecemos absolutamente de dinero.


-Para eso no precisa dinero replicó Saint Germain-. Tenga la bondad de escucharme.


Y entonces le reveló un secreto, por el cual cada uno de nosotros pagaría un precio muy elevado...


Los jóvenes jugadores redoblaron su atención. Tomski encendió su pipa, tragó el humo y prosiguió:


-Aquella misma noche mi abuela se presentó en Ver-salles, au jeu de la Reine. El duque de Orleans llevaba la banca. Mi abuela se disculpó mansamente por no haber satisfecho su deuda, inventó una pequeña historis tara justificarse, y se sentó con el duque a jugar. Eligió tres cartas, colocándolas una a continuación de la otra; con las tres ganó logrando un desquite completo.


-¡Cosas de azar! -opinó uno de los jóvenes.


-Eso es un cuento! -manifestó Hermann.


-Pudiera ser que las cartas estaban marcadas? -dijo un tercero.


-No lo creo-repuso gravemente Tomski.


-¡Cómol -exclamó Narumov-, ¿tienes una abuela que


hoja 1

 

EL JUICIO

 




El manuscrito original de Piotr Andreievich Grinev nos lo facilitó uno de sus nietos al saber que nos ocupábamos eu un trabajo sobre la época descrita por su abuelo. Con el consiguiente permiso de sus familiares, decidimos edi-tarlo especialmente, tomándonos la libertad de variar los nombres de algunos personajes.


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dónde sea brilla

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