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viernes, 20 de junio de 2025
EL AMOR
EL AMOR
martes, 17 de junio de 2025
EL DUELO
ante todos... ¡No lo haría ni por todo el bienestar del mundo!
Las palabras de Maria Ivanovna me abrieron los ojos, explicándome muchas cosas. Comprendí las obstinadas y malévolas alusiones con que Shvabrin la asediaba. Pro-bablemente, se habría percatado de nuestra recíproca in-clinación, y procuraba separarnos. Las frases que motiva-ron nuestro altercado resultábanme ahora mucho más abominables, pues estaba claro que no solo se trataba de una burla indecente y brutal, sino de una calumnia premeditada, por lo que mi deseo de castigar al insolente de lengua viperina se hizo más apremiante y, con impa-ciencia, aguardé el momento oportuno.
No tuve que esperar mucho. Cuando, al día siguiente, me hallaba enfrascado en una elegía y mordía la pluma al acecho de las rimas, Shvabrin llamó a mi ventana. Dejé la pluma, tomé la espada y acudí a su llamamiento.
-¿Para qué lo vamos a postergar? -dijo. Ahora no nos vigilan. Bajemos hacia el río, allí no nos estorbará nadie.
Marchamos en silencio. Después de bajar por un sen-dero escarpado, llegamos a la misma orilla del río y de senfundamos las espadas. Shvabrin era más diestro que yo, pero yo era más fuerte y más decidido. Además, mon-sieur Bopre, que en alguna épeza de su vida fue soldado, me había dado unas cuantas lecciones de esgrima, que puse en práctica. Shvabrino esperaba encontrar en mi enemigo tan peligroso. Duraat large rato, no pudimos cau-sarnos daño alguno. Pero, I darme cuenta de que Shva-brin se debilitaba, arrecié en mis ataques, emujándolo casi hasta el río.
De pronto oí mi nombre, pronunciado en voz alta. Des-vié la mirada y distinguí a Savielich, que corría hacia mipor el sendero... En aquel mismo instante, sentí una fuerte punzada en el pecho, debajo del hombro derecho, y caí desvanecido.
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das, llevándolas a la despensa. No pude menos de echar me a reir. Shvabrin conservé su seriedad.
-Con todos mis respetos hacia usted manifestő, im-perturbable, dirigiéndose a la comandanta- debo hacer notar que se molesta inútilmente sometiéndonos a su jui cio. Deje el asunto en manos de Iván Kuzmich, que es de su incumbencia.
-¡Oh, padrecito mio! -repuso la comandanta. ¿Acaso el marido y la mujer no son una misma alma y un misino cuerpo? ¡Iván Kuzmich! ¿Qué haces ahí, hoquiabierto? ¡Enciérralos inmediatamente en distintos rincones, ponlos a pan y agua, a ver si se les disipa la necedad. Que el padre Guerasim les imponga una penitencia para que im ploren el perdón de Dios y se arrepientan ante los hombres.
Iván Kuzmich estaba indeciso, Maria Ivanovna, pali-disima. Mas poco a poco, el temporal fue cediendo, y la comandanta, ya tranquilizada, nos obligó a besarnos, Pa-lasha nos devolvió las espadas y salimos de la casa del comandante aparentemente reconciliados. Iván Ignatich salió con nosotros.
-¿No le ha dado vergüenza -le dije enfadado-dela-tarnos al comandante, cuando me había dado su palabra de no hacerlo?
-Como hay Dios, que no le he dicho nada a Iván Kuz-mich-respondió; Basilisa Yegorovna me lo sonsacó to-do. Y ella ha llevado el asunto a su manera, sin conoci miento del comandante. Por lo demás, gracias a Dios que todo ha acabado felizmente.
Con estas palabras se separó de nosotros, encaminán-dose hacía su casa. Quedamos solos Shvabrin y yo.
-Opino que esto no puede quedar así le dije.
-Naturalmente que no convino Shvabrin-, usted me responderá con su sangre por su insolencia. Es muy pro-
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bable que se nos vigile, durante algunos días tendremos que disimular. Hasta la vistal
Y nos separamos, como si nada hubiera ocurrido.
Al volver a la residencia del comandante me senté, co-mo acostumbraba, al lado de María Ivanovna. Iván Kuz-mich no se hallaba en casa y Basilisa Yegorovna se ocu paba en sus quehaceres. Conversamos en voz baja, María Ivanovna me regañó cariñosamente por el sobresalto que a todo el mundo había producido mi riña con Shvabrin.
-Crel morir de mied-dijo cuando nos comunicaron su intención de luchar con las espadas. ¡Qué extravagan-tes son los hombres! Por una sola palabra, que posible-mente olvidan al cabo de la semana, son capaces de dego-llarse y de sacrificar, no solo su vida, sino también su conciencia y el bienestar de aquellos que... Estoy con-vencida de que no ha sido usted el promotor de la disputa. Seguramente ha sido Alexei Ivánich.
-¿Por qué lo cree así, María Ivanovna?
-Porque..., jes tan burlón! No me gusta Alexei Ivá-nich. Me es muy desagradable; y, sin embargo, es extraño: no quisiera, por nada del mundo, serle enojosa. Me cau-saría inquietud y temor.
-¿Y qué opina, María Ivanovna, le agrada usted, o no? María Ivanovna balbuceó, enrojeciendo:
-Me parece..., creo que le gusto.
-¿Por qué lo cree usted?
-Porque me pidió en matrimonio.
-¿Que le pidió casarse con él? ¿Cuándo?
-El año pasado. Unos dos meses antes de su llegada.
-¿Y usted no aceptó?
-Ya lo ve. Es cierto que Alexei Ivánich es un hombre inteligente, de buena familia y con fortuna; pero cuando pienso que en la ceremonia nupcial tendría que besarlo
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-¿Qué, qué es eso, Iván Ignatich-quiso saber la co-mandanta que, en un rincón, estabe, echándose las cartas. No he oido bien.
Iván Iguatich, al advertir mi descontento y recordar su promesa, se turbó sin acertar a responder. Shvabrin acu-dió en su ayuda.
-Iván Ignatich-dijo aplaude nuestra reconciliación..
-¿Y con quién, padrecito mío, te has enemistado?
-Discuti violentamente con Piotr Andreich.
-¿Por qué?
-Por una tontería, Basilisa Yegorovna, por una canción.
-¡Buenas ganas de discutir por una canción! Pero ¿có mo ha ocurrido?
-De la siguiente manera: Piotr Andreich compuso hace poco una canción y hoy la ha cantado ante mí. Yo lo interrumpi con la mía preferida:
A medianoche a pasear no vayas, hijita del capitán...
Tuvimos una desavenencia y, Piotr Andreich se molestó, aunque después ha comprendido que cada cual puede cantar lo que desee. Y el asunto ha finalizado así.
Ante la desfachatez de Shvabrin, estuve a punto de perder los estribos; no obstante, nadie, excepto yo, com-prendió sus burdos subterfugios; por lo menos, nadie les prestó atención. La charla giró seguidamente en torno a los poetas. El comandante opinó que todos ellos eran gente disoluta y borrachos sin freno, y me aconsejó amis-tosamente que abandonara las musas, ocupación que con-sideraba incompatible con el servicio y que no conducía a nada bueno.
La presencia de Shvabrin haciaseme insoportable, por
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lo que me despedi en seguida del comandante y de su familia. Ya en casa, inspeccioné mi espada, probé su filo y me acosté, ordenando a Savielich que me despertara antes de la siete de la mañana.
Al día siguiente, a la hora y en el lugar previstos, r peraba a mi rival, quien no tardó en presentarse.
-Tenemos que daruos prisa me dijo porque pueden sorprendernos.
Nos despojamos de las guerreras y desenfundamos Ioa espadas. Inesperadamente, de detrás de las hacinas salió Iván Ignatich, acompañado de cinco inválidos. Exigió qμια nos presentáramos al comandante. Obedecimos con dis gusto; rodeados por los soldados, nos encaminamos a la fortaleza detrás de Iván Ignatich, quien nos conducia so-lemnemente, marcando el paso con asombrosa gravedad.
Entramos en la comandancia. Iván Ignatich abrió la puerta, exclamando triunfalmente:
Los he traido!
Salió a recibirnos Basilisa Yegorovna.
-¡Ay, padrecitos mios! Pero ¿qué pasa? ¡Cómo se les ocurre cometer un crimen en nuestro fuertel ¡Ivan Kuz mich los arrestará inmediatamente! Piotr Andreich! Ale-xei Ivánich! ¡Entréguenme las espadas! ¡Venga, venga! Falasha, lleva estas espadas a la despensal Jamás es-peré tal cosa de usted, Piotr Andreich! ¿No le da vergüen za? De Alexei Ivánich no me extraña nada, pues ya ha sido expulsado de la Guardia por homicidio y, además, no cree en Dios. Pero, tú, ¿adónde quieres ir a parar?
Iván Kuzmich mostróse de completo acuerdo con su esposa, y agregó:
-Basilisa Yegorovna tiene razón. Los duelos están for malmente prohibidos por el reglamento militar.
Entre tanto, Palasha ya había recogido nuestras espa-
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-De esto tendrás que responder exclamó agarrándome fuertemente del brazo. Te exijo una satisfacción.
-¡De acuerdo, cuando quieras! -contesté gustoso, ya que en aquel instante hubiera sido capaz de despedazarlo. Inmediatamente fui a ver a Iván Ignatiev, y lo encontré con la aguja entre las manos: por encargo de la coman-danta, pasaba un hilo por las setas que se habían de poner a secar para el invierno.
-¡Ah, Piotr Andreich! -dijo al verme. ¡Bien venido! ¿Cómo es que el Señor lo envia? ¿Qué se le ofrece?
En dos palabras le expliqué que había reñido con Alexei Iváních, y que le pedía que fuese mi padrino. Iván 1g natiev me escuchó con atención, desencajando su único ojo.
-¿Quiere decir-exclamó que desea apuñalar a Alexei Iváních, y que yo asista como testigo? ¿No es eso?
-Eso es.
-Pero, ¡Piotr Andreichl, įvaya la que han armado! ¿Us ted y Alexei Iváních se han insultado? ¡Valiente cosa! Las injurias no se llevan colgadas del cuello. El lo ha insultado a usted; usted lo ultraja a él. El le da a usted en los mortos; y usted en una oreja, y en la otra, y cada cual por su lado. Ya los ayudaremos a hacer las paces. Porque me tomo la libertad de preguntar: ¿es que está bien acuchillar a un semejante? Y si usted lo apuñala a él, menos mal; que el Señor lo acoja; Alexei Iváních no es santo de mi devoción. Pero ¿y si el agujereado es usted? ¿Qué resultará entonces? ¿Quién, si se me permite pre-guntar, hará el primo?
Los razonamientos del moderado teniente ni me hicie-ron vacilar, ni quebrantaron mi decisión.
-Como quiera-dijo Iván Ignatich-, haga lo que crea más conveniente. Pero ¿para qué se me necesita como testigo? La gente se pelea, ¿y qué tiene eso de extraño?
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capítulo IV
Transcurrieron algunas semanas y la vida en el fuerte de Bielogorsk resultóme no solo soportable, sino, incluso, agradable. En el hogar del comandante tratábanme como a un miembro de la familia. Tanto el marido como la mu-jer eran personas respetables. Iván Kuzmich, que había sido soldado raso antes de llegar a oficial, era un hombre ignorante y sencillo, pero bueno y honrado a carta cabal. Su mujer lo gobernaba, equilibrando así su innata des-preocupación. Basilisa Yegorovna vigilaba tanto los asun-tos del servicio como los que le eran propios como ama de casa, y regía el fuerte con el mismo tino que su mismo hogar.
María Ivanovna dejó pronto de mostrarse retraída con-migo, Intimamos. Hallé en ella a una muchacha discreta
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y sensible. Sin darme cuenta, fui tomando afecto a fami lia tan agradable, así como a Iván Ignatich, el tuerto te-niente de la guarnición, a quien Shvabrin había calum-niado asegurando que mantenía relaciones ilícitas con Basilisa Yegorovna; lo cual era absolutamente inverosimil, mas Shvabrin no se sentía inquieto por ello.
Se me nombró oficial, pero las ocupaciones no me abru-mahan. En el bienaventurado fuerte no se efectuaban re-vistas, ni instrucciones, ni guardias. El comandante, por deseo propio, de cuando en cuando, hacía marcar el paso a sus soldados, sin lograr que llegaran a distinguir cuál era el derecho y cuál el izquierdo, a pesar de que muchos de ellos, para no equivocarse, antes de cada vuelta hacían la señal de la cruz. Shvabrin tenía algunos libros france-ses. Comencé a leerlos, despertándoseme la afición a la literatura. Por las mañanas leía, me ejercitaba en las tra-ducciones y, a veces, en la composición de versos. Habi-tualmente comía en casa del comandante, y solía pasar alli el resto del dia. Por la tarde, acudian con frecuencia el padre Guerasim y su mujer, Akulina Pamfilovna, la primera recadera de todo el recinto empalizado. Como se comprenderá, vela diariamente a A. I. Shvabrin, aunque su conversación me fue siendo menos agradable cada día. Las constantes burlas de que hacía víctima a la família del comandante me molestaban profundamente y, en par-ticular, sus mordaces observaciones sobre Maria Ivanovna. En el fuerte no había más sociedad que esta, pero yn tampoco deseaba otra.
Contra todas las predicciones, los bashkirios no se su-blevaron; la tranquilidad reinaba a nuestro alrededor. Sin embargo, la paz se alteró por una súbita discordia intestina.
Ya he dicho que me interesé por la literatura. Mis ex-periencias, por aquellos tiempos, esan apreciables, y unos
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EL FUERTE
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Entérate de quién es el culpable y de quién tiene la razón si Ustina o Prójorov. Pero castiga a los dos. Bien, Maximich, vete en gracia de Dios, Piotr Andreich, Maximich le acompañará a su alojamiento,
Me despeli de ella con una inclinación de cabeza y acompañado por el cabo me encaminé hacia una isha que se levantaba en la orilla alta del rio, en el mismo cxtremu del fuerte. La mitad de la vivienda estaba ocupada por la familia de Semenn Kusov, siéndome destinada la otra mitad. Constaba de una sala bastante ascada, dividida en dos piezas por un tabique. Savielich empezó a manio brar en ella, y yo eché una ojeada por la estrecha ventana. Ante mi se extendia la triste estepa. A un lado, había unas cuantas ishas, por la calle correteaban algunas galli-nas, una vieja enn una artesa en las manos, llamaba cou voz chillona a los cerdos, que le respondian con gruñidos amistosos. Y en semejante lugar estaba condenado a pa sar mi juventud! Me invadió la tristeza. Abandone la ventana y, sin cenar, me acosté dispuesto a dormirme, sin hacer caso de las tiphicas de Savielich, que sepetia aron gojado:
-¡Señor de los cielos! ¡No quiere probar bocado! Om dirà la señora si su hipto cae enfermo?
A la mañana siguiente, cuando empezaba a vestirme, se abrió la puerta y apareció ante mi un joven oficial, alko moreno, pero innegablemente fen, aunque vivaz en extremo
-Perdóneme dijo en francés si prescindo de las ev-remonias y me presento ante usted para que nos conur camos, Aver me entere de su llegada, y el deseo de ver por fin, un rostro humano ha sido tan fuerte, que no he podido aguardar mas. Esto lo comprenderá usted cuando
lleve aqui cierto tiempo. Adivinó que era el oficial expulsado de la Caardia por
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motivo del duelo. Rápidamente trabamos conocimiento, Shvabrin no tenía nada de tonto. Su conversación era in-geniosa y entretenida. Me describió, con regocijo v agu deza, a la familia del comandante, su circulo y el lugar adonde me había arrastrado el destino. Reia con toda mi alma, cuando vino a invitarme a comer, en nombre de Basilisa Yegorovna, el mismo ínválido que remendaba el uniforme en el vestíbulo de la comandancia. Shvabrin ofrecióse a acompañarme.
Ante la residencia del comandante vimos a una veintena de ancianos inválidos, con largas trenzas y sombreros de tres picos. Estaban alineados de frente y, ante ellos, ha-llábase el comandante. Este era un anciano animoso, de estatura elevada, que portaba un honete y una bata china. Al divisarnos se acercó a nosotros, me dedicó unas cuan tas palabras cariñosas y prosiguió sus órdenes de mando. Nos detuvimos para ver la instrucción, pero el comandante nos pidió que fuéramos a hacer compañía a Basilisa Ye-gorovna, prometiendo que iría tras de nosotros,
-Aquí añadió no tienen nada que ver.
Basilisa Yegorovna nos recibió sin cumplidos, con fran-ca cordialidad, se comportó conmigo como si fuésemos antiguos conocidos. El inválido y Palasha preparahan la mesa.
-¿Cómo mi Iván Kuzmich no finaliza ya la instrucción!
-exclamó la comandanta Pelasha, llama al señor para comer. Pero, ¿dónde está Masha?
En aquel preciso instante apareció una muchacha de unos dieciocho años, de cara redonda y mejillas sonrosa-das, su cabello, de un rubio ciaro, iba peinad lisamente detrás de sus encendidas orejas. A primera vista no me agradó mucho, y la miraba con prevensión. Shvabrin me había descrito a Masha, la hija del capitán, como una
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cubiertas de nieve. Tras ellas se extendía la estepa kir. guisa. Tha asumido en hondas y tristes reflexiones. La vida de guarnición ofreciame pocos atractivos. Intentaba re presentarme al capitán Mironov, mi futuro jefe, y me lo figuraba un viejo severo y fastidioso, únicamente intere sado en los asuntos de su cargo, y dispuesto a arrestarme a pan y agua por cualquier frusleria.
Anochecía. Viajábamos a buena velocidad.
-¿Queda lejos el fuerte? -pregunté al cochero.
-Está cerca -respondió; ya se le puede divisar.
Miré en todas direcciones esperando ver amenazadores bastiones, torres y baluartes. Pero no pude descubrir na-da, a no ser una aldehuela cercada por una empalizada de estacas. A un lado se alzaban tres o cuatro hacinas medio cubiertas por la nieve; a otro, un torcido molino, cuyas
aspas de liber caían desprendidas indolentemente. -¿Dónde está el fuerte? -pregunté, sorprendido.
-Ese es me respondió el cochero indicando la alde. huela.
En aquel momento nos aproximábamos a ella. Ante el portón había un viejo cañón de hierro fundido; las calles eran estrechas y sinuosas; las isbas, bajas y en su mayor parte, con techos de paja. Ordené que me llevaran direc tamente a la commandancia, y al cabo de un minuto el carruaje detúvose ante una casita de madera, construida en un lugar elevado junto a la iglesia, también de madera.
Nadie salió a recibirme. Entré en el zaguán y entreabri la puerta del vestíbulo. Un anciano inválido, sentado en
Soldados de edad avanzada que habían pasado toda su vida en las filas del ejército, la palabra con que se los denomi naha no significa, forzosamente, que sufrieran defecto fisico alguno.
miércoles, 11 de junio de 2025
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