una mesa, cosía un remiendo azul en el codo de un uni-forme verde. Le pedí que me anunciara.
-Entra, padrecito respondió; nuestra gente está en casa.
Pasé a una habitación limpia, arreglada al estilo anti-guo. En un rincón estaba el aparador con la vajilla; de la pared colgaba un marco con un diploma de oficial; a su lado, destacaban unos cuadritos de madera represen-tando la liberación de Kristin y Ochakov, la elección de la novia y el entierro del gato. Cerca de la ventana, sentábase una viejecita, con pelliza y pañuelo a la cabeza. Desenre-daba una madeja que sostenía en sus manos extendidas, un viejecito tuerto, con uniforme de oficial.
-¿Qué desea, padrecito? -preguntó ella, sin abandonar su tarea.
Respondí que había llegado para hacerme cargo de mi destino, y que, según mi obligación, me presentaba al señor capitán. Con estas palabras me dirigía al anciano tuerto, estimando que era el comandante. Pero la dueña de casa interrumpió mí estudiado discurso.
-Iván Kuzmich no está en casa-dijo se ha ido de visita a casa del padre Guerasim; pero, da lo mismo, pa-drecito, yo soy su esposa. Sé bien venido. Siéntate, padrecito.
Llamó a una muchacha y le ordenó que avisara al cabo. El viejo me miraba interesado con su único ojo.
-Permitame preguntarle me dijo, ¿en qué regimiesato va a prestar sus servicios?
Satisfice su curiosidad.
-Y me permito preguntarle añadió-, ¿por qué motivo ha dejado la Guardia por la rla guarnición?
Le contesté que tal había sido la decisión del mandu. -Seguramente por acciones indecorosas del oficial de
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la Guardia-sacó como consecuencia el imfatigable pres guntón.
-Deja de decir tonterías le amonesti la capitana, ve que el joven está fatigaslo por el viaje, no tienes por p agobiarle (mantén los brazos derechos.). Oh, pa drecito -prosiguió dirigiéndose a mi, no te entristezas porque te hayan enviado a este rincón perdido. No eres el primero, y tampoco serás el último. Con paciencia, te acostumbrarás. Alexei Ivanich Shvabrin ya hace cinco años que fue trasladado aqui, por asesinato. Dios sabe qui mala tentación tuvo. Fijate que salió un día de la ciudad, acompañado de un teniente, sacaron las espadas v comen zaron a pincharse mutuamente. Alexei Ivanich degollo al teniente y, además, ante dos testigos! ¿Qué te parece? Para pecar, no se precisa maestro.
Se presentó el cabo, un joven cosaco de porte agradable.
-Maximich-pidióle la capitana, prepara alojamiento para el señor oficial, pero que esté limpio
-A sus órdenes, Basilisa Yegorovnal respondió el ca ho. ¿Qué le parece si acomodamos a su señoría con Iván Polizhev?
-No digas bobadas, Maximich respondió la capita-na-; Polizhev ya está bastante apurado; es mi compadre, y no olvida que somos sus jefes. Conduce al señor ofi-cial. ¿cuál es su nombre y patronimico, padrecito mio? ¿Piotr Andreich?... Instala a Piotr Andreich con Semeon Kusov. El muy truhán ha dejado que su caballo se me-tiera en mi huerto. Qué, Maximich, ¿va todo bien?
-A Dios gracias, todo está tranquilo -repuso el cosa-co, a no ser que el caporal Prójorov y Ustina Negulina han llegado a las manos, en el baño, por un cubo de agua caliente.
-¡Ivan Ignatiev! -ordenó la capitana al anciano tuerto
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