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viernes, 20 de junio de 2025

EL AMOR



encuentra bien; además, me dices dónde tiene la herida v si ha sido curado como es debido."


Evidentemente, Savielich tenía razón, y yo, sin funda-mento alguno, le había ofendido con mis reproches y sos-pechas. Le pedí disculpas, pero el anciano mostróse in-consolable.


-¡A lo que he llegado! Al fin de mis años y de mis servicios, vaya unas mercedes que he alcanzado de mis señores! ¿Yo un perro viejo, un porquero y, además, el culpable de tu herida? ¡No, padrecito Piotr Andreich! ¡No he sido yo, sino el maldito music el responsable de todo! ¡Fue él quien te enseñó a chocar con barras de hierro y a patear, como si con choques y pataleos pudiera uno guardarse de una persona malvada! ¡Qué necesidad habría de tomar al musie y gastar dinero en balde!


¿Quién, entonces, se había tomado el trabajo de infor-mar a mi padre sobre mi comportamiento? ¿El general? Aparentemente, no se ocupaba mucho de mí; e Iván Kuz-mich, no consideró necesario dar cuenta de mi duelo. Per-diame en conjeturas, hasta que mis sospechas se fijaron en Shvabrin. Solamente él podría beneficiarse descubriéndo-me, ya que la consecuencia no podía ser otra que mi rup-tura con la familia del comandante. Fui a comunicar todo esto a María Ivanovna. Me recibió en el porche.


-¿Qué le ha pasado? -preguntó al verme. ¡Qué pá lido está!


-¡Todo ha terminado! -respondi entregándole la carta de mi padre.


Y ahora fue ella la que perdió el color. Después de leerla, me la devolvió con mano temblorosa y dijo con insegura voz:


-Está visto que mi suerte... Sus padres no me quie ren en su familia. ¡Que se haga la voluntad del Señor! 

 

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                                Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Ya no hay remedio; que, por lo menos, sea usted feliz..


-¡Eso no ocurrirá! -grité apoderándome de su mano-. Tú me quieres, y yo estoy dispuesto a todo. Vamos, arro-jémonos a los pies de tus padres; ellos son gente sencilla, y no unos despiadados orgullosos Nos bendecirán y nos casaremos..., y después, con el tiempo, confío en convencer a mi padre a fuerza de ruegos, y me perdonará; mi madre se pondrá de nuestra parte.


-No, Piotr Andreich me interrumpió Masha-, no me casaré contigo sin la bendición de tus padres, pues sin ella no podrás ser feliz. Acatemos la voluntad divina. Si en-cuentras otra novia, si te enamoras de otra, que Dios te acompañe, Piotr Andreich; yo, por los dos..


Rompió en llanto y se alejó de mí. Hubiera deseado ir tras ella, pero me di cuenta de que era incapaz de domi-narme, y regresé a casa.


Me hallaba sentado, absorto en hondas meditaciones, cuando Savielich cortó mis ideas.


-Aquí tiene, señor dijo alargándome un trozo de pa-pel escrito, entérese de si soy el delator de mi propio se-ñorito y de si intento incitar al hijo contra el padre.


Tomé el papel. Era la respuesta de Savielich a la carta que le había escrito mi padre. Hela aquí, palabra por palabra:


"Muy señor mío, Andrei Petrovich, įnuestro padre be-nevolente!


"He recibido su bondadoso escrito, en el que se enoja conmigo, su esclavo, diciéndome que debería avergonzar-me por no cumplir las órdenes del señor; pero yo no soy un perro viejo, sino un fiel servidor suyo, que cumplo las órdenes del señor y que siempre le he servido celosa-mente hasta llegar a ver mi cabeza blanca. Sobre la herida de...

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EL AMOR



Andreievich Grinev, en la provincia de Orenburg, en el fuerte de Bielogorsk." Intentaba adivinar por el trazo de la letra el estado de ánimo con que había sido escrita la carta. Me decidi, por fin, a abrirla y, desde las primeras lineas, vi que todo se había ido al diablo. Su contenido era el siguiente:

"Hijo mío, Piotr. Tu carta, en la que pides nuestra ben-dición y nuestro consentimiento para casarte con Maria Ivanovna, la hija de Mironov, la recibimos el dia quince del corriente mes; y no solo no te daré mi bendición ni mi conformidad, sino que, además, me dispongo a llegar hasta ti para castigarte, como a un crío, por tus juga rretas, y sin tomar en consideración tu grado de oficial: has demostrado no ser digno de ceñir la espada que se te ha entregado para defender a la patria, y no para desafios con calaveras como tú. Escribiré inmediatamente a An-drei Karlovich para que te traslade del fuerte de Bielo-gorsk a otro lugar más retirado donde se te pase la estu-pidez. Tu madre guarda cama, pues ha caído enferma del disgusto al enterarse de tu duelo y de tu herida. ¿Qué va a ser de ti? Ruégole a Dios que te corrijas, aunque no me atrevo a confiar en su infinita misericordia.

"Tu padre,

A. G."

La lectura de esta carta provocó en mi diversos senti mientos. Las despiadadas expresiones, en las que mi pa dre no fue parco, me ofendieron hondamente. El desdén con que se referia a María Ivanovna me pareció tan inso lente como injusto. La idea del traslado de Bielogorsk me aterró. Pero, la noticia de la enfermedad de mi ma-dre fue lo que más pesadumbre me produjo. Estaba indignado con Savielich porque, no cabia duda, mis padres

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 se habían enterado de todo por su conducto. Paseábame de un extremo a otro de la estrecha habitación, me de-Inve ante Savielich y, mirándolo amenazadoramente, le dije:


-Está visto que no has tenido bastante con que resul-tara herido por tu culpa y haya estado al borde de la tumba durante un mes entero, sino que, además, quieres matar a mi madre.

Savielich no se hubiera quedado más sorprendido si a sus pies cae un rayo.

-Pero, señor exclamó, a punto de romper en llanto-, ¿qué dices? ¡Que fui el culpable de que te hirieran! ¡Bien sabe Dios que corría para protegerte con mi propio pecho de la espada de Alexei Iváních! Mi maldita vejez me lo impidió. ¿Y qué le he hecho yo a tu madrecita?

-¿Que qué le has hecho? -añadí. ¿Quién te ha man-dado escribir informes sobre mí? ¿Es que estás a mi lado como espía?

-¿Yo? ¿Que yo he escrito sobre ti? -prosiguió Savie-lich llorando. ¡Dios, rey de los cielos! Haz el favor de leer lo que me escribe el señor, y te convencerás de si te he delatado o no.

Sacó del bolsillo una carta en la que lei lo siguiente: "Debería darte vergüenza, viejo perro, de que, a pesar de mis severas instrucciones, no me hayas notificado nada sobre tħi hijo, Piotr Andreievich, y que haya sido gente extraña la que se ha visto obligada a hacerme saber sus bellaquerías. ¿Es así como cumples con tu obligación y con la voluntad de tu señor? ¡Te voy a enviar, viejo pe-rro, a guardar los cerdos, por encubridor de la verdad y por ser tolerante con el muchacho. Te ordeno que, en cuanto recibas ésta, me escribas inmediatamente dándome noticias de su salud, aunque ya me han notificado que se...

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EL AMOR

 



 la herida. Cuidese, aunque no sea más que por mi.

Con estas palabras me abandonó, dejándome ebrio de entusiasmo. La fehcidad me resucitaba. ¿Será míal ¡Me ama! Esta idea colmaba mi existencia.

A partir de entonces, me restableci con rapidez. Me cu-raba el barbero del regimiento, ya que en el fuerte no había ningún galeno y, gracias a Dios, no se andaba con muchos remilgos. La juventud y la naturaleza aceleraroa mi curación. Toda la familia del comandante estaba pen-diente de mi, y María Ivanovna no se apartaba de mi lado. Como puede comprenderse, en la primera ocasión propicia, reanudé mi declaración de amor. María Iva-novna me escuchaba pacientemente. Confesóme, sin gaz-moñería, que su corazón se sentía inclinado hacia mí. añadiendo que sus padres, naturalmente, acogerian gozosos su felicidad.

-Pero, piénsalo bien agregó-, ¿no pondrán tus padres algún impedimento?

Quedé pensativo. No dudaba del afecto y la delicadeza de mi madre, mas, conociendo el carácter y la manera de pensar de mi padre, presentia que mi amor no lo con-movería mucho, considerándolo como un capricho de mu-chacho joven. Expuse, con sinceridad, a María Ivanovna las dudas que me asaltaban, y determiné escribir a mi padre lo más elocuente y persuasivamente posible, solici-tando su bendición. Enseñé la carta a María Ivanovna, quien, impulsada por los sentimientos de su bondadoso co-razón y por la confianza propia del amor y de la juventud, la halló tan convincente y conmovedora que no dudó de su éxito.

Reanudé mi amistad con Shvabrin desde los primeros dias de mi convalecencia. Iván Kuzmich, amonestándome por el duelo, dijo:

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¡Si. Piotr Andreich, tendría que haberte arrestado, pe-ro ya has sido suficientemente castigado! A Alexei Ivá nich lo he puesto de guardia en el almacén del pan, y Basilisa Yegorovna tiene su espada bajo llave. Que reca pacite y se arrepienta.

Me embargaba la felicidad de tal modo, que sentiame incapaz de guardar rencor, por lo que abogué en favor de Shvabrin. El bueno del comandante, con la aquies-cencia de su esposa, decidió levantarle el castigo. Shvabrin vino a verme; expresóme su profundo pesar por lo que había ocurrido entre nosotros, reconociéndose el único cul-pable y rogándome que olvidara lo sucedido. Yo, que no era vengativo, le perdoné sinceramente nuestro desafio. así como la herida que me había ocasionado. En su ca-lumnia creí ver el despecho del amor propio lastimado y el resentimiento del enamorado sin suerte y, generosamente, disculpé a mi desafortunado rival.

Recobré la salud rápidamente y pude trasladarme a mi alojamiento. Esperaba con ansiedad la respuesta a mi car-ta; no me atrevía a hacerme demasiadas ilusiones, pero trataba, al mismo tiempo, de reprimir los presentimientos enojosrs. Aún no me había explicado con Basilisa Yego-rovra ni con su esposo; pero mi propuesta de matrimonio no les hubiese extrañado, Ni María Ivanovna ni vo nos esforzábamos por ocultarles nuestros sentimientos y, por adelantado, estábamos seguros de su beneplácito.

Por fin Savielich se presentó con una carta. Se la arre-baté, impaciente, de las manos. La dirección llevaba la letra de mi padre, lo que ya me predispuso para enfren-tarme con algo trascendental, puesto que, habitualmente, las cartas las escribía mi madre y él solo añadía unos cuan-tos renglones al final. Tardé abrir el sobre; repasaba una y otra vez la enfática inseopción: "A mi hijo, Piotr.
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EL AMOR

 



CAPITULO V

Al volver en mí, pasó algún tiempo antes que pudiera recobrarme y comprender lo que me había ocurrido. Ya-cía en cama, en una habitación desconocida, y sentía gran debilidad. Ante mí hallábase Savielich, con una vela en la mano. Alguien desenvolvía cuidadosamente los venda-jes de mi pecho y de mi hombro. Poco a poco, aclará-ronse mis ideas. Recordé el duelo, comprendiendo que había resultado herido.

En este momento, oí el chirrido de la puerta al abrirse.

-Que, ¿cómo se encuentra? -susurró una voz que me hizo estremecer.

-Sigue igual-respondió Savielich suspirando-, hace ya cinco días que está sin conocimiento.

Intenté darme la vuelta, pero no pude.

-¿Dónde estoy? ¿Quién está conmigo? -pregunté di-ficultosamente.

María Ivanovna se aproximó a la cama y se inclinó sobre mi
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-¿Cómo se siente? me preguntó.

-Gracias a Dios... -respondi con voz débil. ¿Es usted, Maria Ivanovna? Digame...

Pero no tuve fuerzas para proseguir, y guardé silencio. Savielich suspiró, aliviado. La alegría reflejábase en su rostro.

-¡Ya se ha recobrado, ya ha vuelto en sil -repetía-. ¡Alabado seas, Dios todopoderoso! ¡Ay, padrecito Piotr Andreich, qué susto nos has dado! ¡Vaya cinco días que has pasado...!

María Ivanovna cortó su discurso.

-No hables mucho con él, Savielich le dijo, aún está débil.

Salió, cerrando cuidadosamente la puerta. Mis pensa-mientos eran agitados. De suerte que me encontraba en la vivienda del comandante, y María Ivanovna había en-trado a verme. Ansiaba formular algunas preguntas a Savielich, pero el viejo movió negativamente la cabeza, tapándose los oídos. Cerré los ojos disgustado, y pronto me sumi en el sueño.

Al despertarme, llamé a Savielich y, en su lugar, apa-reció Marna Ivanovna; su voz angelical me saludó. No puedo explicar el inefable sentimiento que en aquel ins-tante me embargaba. Me apoderé de su mano, estrechán-dosela, mientras derramaba lágrimas de ternura. Masha no la retiró...; inesperadamente, sus labios rozaron mi mejilla en un cálido beso. Senfi como si una ola de fuego recorriera todo mi cuerpo.

-Mi buena y querida María Ivanovna le dije, acce-de a ser mi esposa, participa de mi dicha.

Ella volvió a la realidad.

-Por amor de Dios, tranquilícese dijo, retirando su mano de la mía. Aún está usted en peligro; puede abrirse...


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martes, 17 de junio de 2025

EL DUELO

 





ante todos... ¡No lo haría ni por todo el bienestar del mundo!


Las palabras de Maria Ivanovna me abrieron los ojos, explicándome muchas cosas. Comprendí las obstinadas y malévolas alusiones con que Shvabrin la asediaba. Pro-bablemente, se habría percatado de nuestra recíproca in-clinación, y procuraba separarnos. Las frases que motiva-ron nuestro altercado resultábanme ahora mucho más abominables, pues estaba claro que no solo se trataba de una burla indecente y brutal, sino de una calumnia premeditada, por lo que mi deseo de castigar al insolente de lengua viperina se hizo más apremiante y, con impa-ciencia, aguardé el momento oportuno.


No tuve que esperar mucho. Cuando, al día siguiente, me hallaba enfrascado en una elegía y mordía la pluma al acecho de las rimas, Shvabrin llamó a mi ventana. Dejé la pluma, tomé la espada y acudí a su llamamiento.


-¿Para qué lo vamos a postergar? -dijo. Ahora no nos vigilan. Bajemos hacia el río, allí no nos estorbará nadie.


Marchamos en silencio. Después de bajar por un sen-dero escarpado, llegamos a la misma orilla del río y de senfundamos las espadas. Shvabrin era más diestro que yo, pero yo era más fuerte y más decidido. Además, mon-sieur Bopre, que en alguna épeza de su vida fue soldado, me había dado unas cuantas lecciones de esgrima, que puse en práctica. Shvabrino esperaba encontrar en mi enemigo tan peligroso. Duraat large rato, no pudimos cau-sarnos daño alguno. Pero, I darme cuenta de que Shva-brin se debilitaba, arrecié en mis ataques, emujándolo casi hasta el río.


De pronto oí mi nombre, pronunciado en voz alta. Des-vié la mirada y distinguí a Savielich, que corría hacia mipor el sendero... En aquel mismo instante, sentí una fuerte punzada en el pecho, debajo del hombro derecho, y caí desvanecido.

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EL DUELO

 


das, llevándolas a la despensa. No pude menos de echar me a reir. Shvabrin conservé su seriedad.


-Con todos mis respetos hacia usted manifestő, im-perturbable, dirigiéndose a la comandanta- debo hacer notar que se molesta inútilmente sometiéndonos a su jui cio. Deje el asunto en manos de Iván Kuzmich, que es de su incumbencia.


-¡Oh, padrecito mio! -repuso la comandanta. ¿Acaso el marido y la mujer no son una misma alma y un misino cuerpo? ¡Iván Kuzmich! ¿Qué haces ahí, hoquiabierto? ¡Enciérralos inmediatamente en distintos rincones, ponlos a pan y agua, a ver si se les disipa la necedad. Que el padre Guerasim les imponga una penitencia para que im ploren el perdón de Dios y se arrepientan ante los hombres.


Iván Kuzmich estaba indeciso, Maria Ivanovna, pali-disima. Mas poco a poco, el temporal fue cediendo, y la comandanta, ya tranquilizada, nos obligó a besarnos, Pa-lasha nos devolvió las espadas y salimos de la casa del comandante aparentemente reconciliados. Iván Ignatich salió con nosotros.


-¿No le ha dado vergüenza -le dije enfadado-dela-tarnos al comandante, cuando me había dado su palabra de no hacerlo?


-Como hay Dios, que no le he dicho nada a Iván Kuz-mich-respondió; Basilisa Yegorovna me lo sonsacó to-do. Y ella ha llevado el asunto a su manera, sin conoci miento del comandante. Por lo demás, gracias a Dios que todo ha acabado felizmente.


Con estas palabras se separó de nosotros, encaminán-dose hacía su casa. Quedamos solos Shvabrin y yo.


-Opino que esto no puede quedar así le dije.


-Naturalmente que no convino Shvabrin-, usted me responderá con su sangre por su insolencia. Es muy pro-

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bable que se nos vigile, durante algunos días tendremos que disimular. Hasta la vistal


Y nos separamos, como si nada hubiera ocurrido.


Al volver a la residencia del comandante me senté, co-mo acostumbraba, al lado de María Ivanovna. Iván Kuz-mich no se hallaba en casa y Basilisa Yegorovna se ocu paba en sus quehaceres. Conversamos en voz baja, María Ivanovna me regañó cariñosamente por el sobresalto que a todo el mundo había producido mi riña con Shvabrin.


-Crel morir de mied-dijo cuando nos comunicaron su intención de luchar con las espadas. ¡Qué extravagan-tes son los hombres! Por una sola palabra, que posible-mente olvidan al cabo de la semana, son capaces de dego-llarse y de sacrificar, no solo su vida, sino también su conciencia y el bienestar de aquellos que... Estoy con-vencida de que no ha sido usted el promotor de la disputa. Seguramente ha sido Alexei Ivánich.


-¿Por qué lo cree así, María Ivanovna?


-Porque..., jes tan burlón! No me gusta Alexei Ivá-nich. Me es muy desagradable; y, sin embargo, es extraño: no quisiera, por nada del mundo, serle enojosa. Me cau-saría inquietud y temor.


-¿Y qué opina, María Ivanovna, le agrada usted, o no? María Ivanovna balbuceó, enrojeciendo:


-Me parece..., creo que le gusto.


-¿Por qué lo cree usted?


-Porque me pidió en matrimonio.


-¿Que le pidió casarse con él? ¿Cuándo?


-El año pasado. Unos dos meses antes de su llegada.


-¿Y usted no aceptó?


-Ya lo ve. Es cierto que Alexei Ivánich es un hombre inteligente, de buena familia y con fortuna; pero cuando pienso que en la ceremonia nupcial tendría que besarlo

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EL DUELO




 -¿Qué, qué es eso, Iván Ignatich-quiso saber la co-mandanta que, en un rincón, estabe, echándose las cartas. No he oido bien.


Iván Iguatich, al advertir mi descontento y recordar su promesa, se turbó sin acertar a responder. Shvabrin acu-dió en su ayuda.


-Iván Ignatich-dijo aplaude nuestra reconciliación..


-¿Y con quién, padrecito mío, te has enemistado?


-Discuti violentamente con Piotr Andreich.


-¿Por qué?


-Por una tontería, Basilisa Yegorovna, por una canción.


-¡Buenas ganas de discutir por una canción! Pero ¿có mo ha ocurrido?


-De la siguiente manera: Piotr Andreich compuso hace poco una canción y hoy la ha cantado ante mí. Yo lo interrumpi con la mía preferida:


A medianoche a pasear no vayas, hijita del capitán...


Tuvimos una desavenencia y, Piotr Andreich se molestó, aunque después ha comprendido que cada cual puede cantar lo que desee. Y el asunto ha finalizado así.


Ante la desfachatez de Shvabrin, estuve a punto de perder los estribos; no obstante, nadie, excepto yo, com-prendió sus burdos subterfugios; por lo menos, nadie les prestó atención. La charla giró seguidamente en torno a los poetas. El comandante opinó que todos ellos eran gente disoluta y borrachos sin freno, y me aconsejó amis-tosamente que abandonara las musas, ocupación que con-sideraba incompatible con el servicio y que no conducía a nada bueno.


La presencia de Shvabrin haciaseme insoportable, por

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lo que me despedi en seguida del comandante y de su familia. Ya en casa, inspeccioné mi espada, probé su filo y me acosté, ordenando a Savielich que me despertara antes de la siete de la mañana.


Al día siguiente, a la hora y en el lugar previstos, r peraba a mi rival, quien no tardó en presentarse.


-Tenemos que daruos prisa me dijo porque pueden sorprendernos.


Nos despojamos de las guerreras y desenfundamos Ioa espadas. Inesperadamente, de detrás de las hacinas salió Iván Ignatich, acompañado de cinco inválidos. Exigió qμια nos presentáramos al comandante. Obedecimos con dis gusto; rodeados por los soldados, nos encaminamos a la fortaleza detrás de Iván Ignatich, quien nos conducia so-lemnemente, marcando el paso con asombrosa gravedad.


Entramos en la comandancia. Iván Ignatich abrió la puerta, exclamando triunfalmente:


Los he traido!


Salió a recibirnos Basilisa Yegorovna.


-¡Ay, padrecitos mios! Pero ¿qué pasa? ¡Cómo se les ocurre cometer un crimen en nuestro fuertel ¡Ivan Kuz mich los arrestará inmediatamente! Piotr Andreich! Ale-xei Ivánich! ¡Entréguenme las espadas! ¡Venga, venga! Falasha, lleva estas espadas a la despensal Jamás es-peré tal cosa de usted, Piotr Andreich! ¿No le da vergüen za? De Alexei Ivánich no me extraña nada, pues ya ha sido expulsado de la Guardia por homicidio y, además, no cree en Dios. Pero, tú, ¿adónde quieres ir a parar?


Iván Kuzmich mostróse de completo acuerdo con su esposa, y agregó:


-Basilisa Yegorovna tiene razón. Los duelos están for malmente prohibidos por el reglamento militar.


Entre tanto, Palasha ya había recogido nuestras espa-

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EL DUELO




-De esto tendrás que responder exclamó agarrándome fuertemente del brazo. Te exijo una satisfacción.


-¡De acuerdo, cuando quieras! -contesté gustoso, ya que en aquel instante hubiera sido capaz de despedazarlo. Inmediatamente fui a ver a Iván Ignatiev, y lo encontré con la aguja entre las manos: por encargo de la coman-danta, pasaba un hilo por las setas que se habían de poner a secar para el invierno.


-¡Ah, Piotr Andreich! -dijo al verme. ¡Bien venido! ¿Cómo es que el Señor lo envia? ¿Qué se le ofrece?


En dos palabras le expliqué que había reñido con Alexei Iváních, y que le pedía que fuese mi padrino. Iván 1g natiev me escuchó con atención, desencajando su único ojo.


-¿Quiere decir-exclamó que desea apuñalar a Alexei Iváních, y que yo asista como testigo? ¿No es eso?


-Eso es.


-Pero, ¡Piotr Andreichl, įvaya la que han armado! ¿Us ted y Alexei Iváních se han insultado? ¡Valiente cosa! Las injurias no se llevan colgadas del cuello. El lo ha insultado a usted; usted lo ultraja a él. El le da a usted en los mortos; y usted en una oreja, y en la otra, y cada cual por su lado. Ya los ayudaremos a hacer las paces. Porque me tomo la libertad de preguntar: ¿es que está bien acuchillar a un semejante? Y si usted lo apuñala a él, menos mal; que el Señor lo acoja; Alexei Iváních no es santo de mi devoción. Pero ¿y si el agujereado es usted? ¿Qué resultará entonces? ¿Quién, si se me permite pre-guntar, hará el primo?


Los razonamientos del moderado teniente ni me hicie-ron vacilar, ni quebrantaron mi decisión.


-Como quiera-dijo Iván Ignatich-, haga lo que crea más conveniente. Pero ¿para qué se me necesita como testigo? La gente se pelea, ¿y qué tiene eso de extraño?


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A Dios gracias, yo me he peleado bastante con surcos y turcos: ya estoy harto.

Intenté explicarle, como pude, el papel del padrino en el duelo, mas Iván Ignatich no pudo comprenderme.

-Usted sabrá lo que hace concretó. Pero si he de intervenir en este asunto, será para informar a Iván Kuz-mich, como el deber me manda, de que en el fuerte se premedita una atrocidad opuesta a los intereses del Es-tado: quizá el señor comandante tenga a bien adoptar las medidas pertinentes...

Me asusté, rogando a Iván Ignatich que no dijera nada al comandante, lo disuadi a duras penas; pero, al fin, pro metióme que callaria; resolvi prescindir de él.

Pasé aquella tarde, como siempre, en casa del coman dante. Procuraba aparentar buen humor e indiferencia para evitar sospechas y preguntas importunas; no obstante, reconozco que no tenía esa sangre fría de que se jactan, casi siempre, los que se han encontrado en mi situación. Aquella tarde estaba predispuesto al cariño y al enterne cimiento. María Ivanovna me agradaba más que de cos tumbre. La idea de que, quizá, la veía por última vez, conferiale, a mis ojos algo conmovedor. Shvabrin tam-bién apareció por la comandancia. Lo llevé aparte, infor mándolo de mi conversación con Iván Ignatich.

-¿Para qué necesitamos padrinos? -dijo secamente, Prescindiremos de ellos.

Acordamos batirnos detrás de las hacinas, cercanas al fuerte, y nos citamos para las siete de la mañana del dia siguiente. Hablamos con tan aparente amistad que Iván Ignatich, impulsado por la alegría, se fue de la lengua.

-Asi se hace me dijo, satisfecho; es preferible una mala paz a una buena rencilla, y, deshonrado, pero con vida.

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EL DUELO

 


cuantos años después Alexander Petrovich Sumarokov las elogió mucho. Consegul escribir una cancioncills que me satisfiro. Es sabido que, a veces, los compositores, con la disculpa de recabar consejo, buscan, en realidad, un audi-torio benevolente. Así que, después de copiar mi can-ción, se la llevé a Shvabrin, el único capaz en todo el fuerte de valorar la obra de un poets. Después de una pequeña introducción, extraje del bolsillo el cuaderno y le lei los siguientes versos:

Destruyendo el sentir amoroso, la esperanza bella desechar, y esquioando, además a Masha mi albedrio poder recuperer.

Sus ojos me cautioaron, los tengo siempre ante mi, mi alma desconcertaron y mi sosiego perdi.

Tú, que conoces mis penas, Masha, por tu compasión mapiro, pues sufro en vano el cruel sino de que me tengas cautivo.

¿Qué te parece? -pregunté a Shvabrin, esperando sus aplausos como homenaje bien merecido.

Pero, con gran disgusto mio, Shvabrin, que solía ser condescendiente, declaró rotundo que mi canción no es taba bien.

-¿Por qué? -le pregunté con disimulado disgusto.

-Porque semejantes versos respondió son dignos de

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mi profesor, Basili Kirilich Trediakov, y me recuerdan sus cuplés amoresos.

Tomó mi cuaderno y, desmenuzando sin piedad cada verso y cada palabra, mofábase sarcasticamente. No pude soportarlo, le arrebaté el cuaderno de las manos y le dije que jamás volvería a enseñarle mis escritos. Shvabrin bur-kse también de esta amenaza.

-Veremos manifestó si eres capaz de mantener tu palabra: los poetas necesitan tanto un oyente como Iván Kuzmich so garrafita de vino antes de la comida. ¿Y quién es esa Masha, a la que declaras tu delicada pasión y tus desventuras amorosas? ¿No será, por casualidad, Maria Ivanovna?

-No te importa qué Masha pueda ser le respondi hu-raño. No necesito saber tu opinión ni tus suposiciones.

-Vaya, vayal Resulta que eres un poeta con amor pro-pio y un amante discreto! -prosiguió Shvabrin aumentando irritación. Pero escucha un consejo de amigo: si quieres llegar a tiempo, debes actuar, pero no precisa-mente con canciones.

Qué insinúa, caballero? Haga el favor de explicarse.

-Con sumo agrado. Puesto que deseas saberlo, te dire que si aspiras a que María Ivanovna te visite al anoche-cer, regálale un par de pendientes en vez de poesias,

Me empezó a hervir la sangre.

-¿Por qué tienes semejante opinión de ella le pre gunté conteniendo a duras penas mi indiguación.

-Porque sé, por experiencia, cuáles son sus gustos y costumbres-manifestó con diabólica sonrisa.

-Mientes, canalla! le grité enfurecido. Estás min-tiendo de la manera más desvergonzada!

A Shvahrin se le alteró el rostro.

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EL DUELO



      capítulo IV

Transcurrieron algunas semanas y la vida en el fuerte de Bielogorsk resultóme no solo soportable, sino, incluso, agradable. En el hogar del comandante tratábanme como a un miembro de la familia. Tanto el marido como la mu-jer eran personas respetables. Iván Kuzmich, que había sido soldado raso antes de llegar a oficial, era un hombre ignorante y sencillo, pero bueno y honrado a carta cabal. Su mujer lo gobernaba, equilibrando así su innata des-preocupación. Basilisa Yegorovna vigilaba tanto los asun-tos del servicio como los que le eran propios como ama de casa, y regía el fuerte con el mismo tino que su mismo hogar.


María Ivanovna dejó pronto de mostrarse retraída con-migo, Intimamos. Hallé en ella a una muchacha discreta

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y sensible. Sin darme cuenta, fui tomando afecto a fami lia tan agradable, así como a Iván Ignatich, el tuerto te-niente de la guarnición, a quien Shvabrin había calum-niado asegurando que mantenía relaciones ilícitas con Basilisa Yegorovna; lo cual era absolutamente inverosimil, mas Shvabrin no se sentía inquieto por ello.


Se me nombró oficial, pero las ocupaciones no me abru-mahan. En el bienaventurado fuerte no se efectuaban re-vistas, ni instrucciones, ni guardias. El comandante, por deseo propio, de cuando en cuando, hacía marcar el paso a sus soldados, sin lograr que llegaran a distinguir cuál era el derecho y cuál el izquierdo, a pesar de que muchos de ellos, para no equivocarse, antes de cada vuelta hacían la señal de la cruz. Shvabrin tenía algunos libros france-ses. Comencé a leerlos, despertándoseme la afición a la literatura. Por las mañanas leía, me ejercitaba en las tra-ducciones y, a veces, en la composición de versos. Habi-tualmente comía en casa del comandante, y solía pasar alli el resto del dia. Por la tarde, acudian con frecuencia el padre Guerasim y su mujer, Akulina Pamfilovna, la primera recadera de todo el recinto empalizado. Como se comprenderá, vela diariamente a A. I. Shvabrin, aunque su conversación me fue siendo menos agradable cada día. Las constantes burlas de que hacía víctima a la família del comandante me molestaban profundamente y, en par-ticular, sus mordaces observaciones sobre Maria Ivanovna. En el fuerte no había más sociedad que esta, pero yn tampoco deseaba otra.


Contra todas las predicciones, los bashkirios no se su-blevaron; la tranquilidad reinaba a nuestro alrededor. Sin embargo, la paz se alteró por una súbita discordia intestina.


Ya he dicho que me interesé por la literatura. Mis ex-periencias, por aquellos tiempos, esan apreciables, y unos

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EL FUERTE









completa tontuela. María Ivanovna se sentó en un rincón y cogió la costura. Entre tanto, sirvieron la sopa de re pollo. Basilisa Yegorovna, al ver que su esposo segula sin aparecer, envió por segunda vez a Palasha en su busca.

-Di al señor que los invitados esperan, y que la sopa se enfria; gracias a Dios, la instrucción puede esperar, ya tendrá tiempo de sobra para continuar con sus gritos.

El capitán se presentó en seguida, acompañado de viejecillo tuerto.

¿Qué pasa, padrecito mio? -Interrogóle su mujer. Hace rato que la comida está servida, y a ti no hay ma nera de hacerte venir.

-Ya sabes, Basilisa Yegorovna respondió Iván Kuz mich, que he estado ocupado con el servicios Instru yendo a los soldaditos.

Ya está bien! repuso ella. Para lo que adelantas: ni a ellos les entra el servicio, nó tú comprendes nada de él. Si estuvieras en casa rezando a Dios, adelantarias más. Queridos invitados, a la mesa, por favor.

Nos sentamos a comer. Basilisa Yegorovna charlaba sin cesar, acosándome a preguntas: quiénes eran mis padres, si vivían, dónde tenían su residencia y cuál era su posición y fortuna. Al oir que mi padre tenía trescientos siervos, exclamó:

-¡Pues si que hay gente rica en este mundo! Nosotros, padrecito, no tenemos más que un solo siervo: la moza Palasha; pero, gracias a Dios, vamos tirando. Tenemos una aflicción: Masha, que está en edad de casarse, žy cuál será su dote?: un peine, una escoba y tres kopeks (¡Dios me perdone!) para que pueda ir al baño. Si en-contrara un hombre bueno, no estaría mal; de lo contra-rio, se quedará solterona para la eternidad.
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 Miró a Maria Ivanovna, estaba turbadisima y algunas lagrimas le resbalaron al plato. Senti lastima por ella, y me apresuré a cambiar el tema de la conversación,

He oido dije sin venir a cuento que los bashkirios tienen el propósito de atacar nuestro fuerte.

-¿A quién has oldo decir tal cosa, padrecito mio? -pre-

guntóme Iván Kuzmich. Esu me dijeron en Orenburg-respondi.

Tonterías! añadió el comandante. Hace tiempo que no oimos nada, Los bashkirios son un pueblo ame drentado y los kirguises están escarmentados. Seguro que no se meterán con nosotros, mas, si lo hicieran, les daris tal vapuleo que les apaciguaria para diez años.

A usted no le atemoriza vivir en el fuerte, expuesta a semejantes peligros? -pregunté a la capitana.

-Estoy acostumbrada, padrecito mio respondió. Cuan-do hace veinte años nos trasladaron del regimiento aqui, ¡no lo vuelva a permitir el Señor!, ya lo creo que me asus-taba de esos malditos herejes. En cuanto veía un gorro de lince u ola sus aullidos, puedes creerlo, padrecito, se me paralizaba el corazón! Pero ya me he acostumbrado de tal manera, que ni me muevo del sitio cuando nos dicen que esos desalmados vagabundean por las cercanías del fuerte.

-Basilisa Yegorovna es una dama muy valiente comen-tó con seriedad Shvabrin, Iván Kuzmich puede atesti guarlo.

-Si-respondió Iván Kuzmích, no es de las más asus-tadizas.

-¿Es tan valiente como usted, María Ivanovna? -pre-gunté.

-¿Masha, valiente? respondió su madre. No, Masha es una medrosilla. Aún no se ha acostumbrado a las  naciones de las escopetas; se estremece en cuanto las oye. Hace dos años, Iván Kuzmich tuvo la idea de disparar el cañón, en honor a mi cumpleaños, y mi palomita estuvo a punto de irse al otro mundo muerta de miedo. Desde entonces, no hemos vuelto a disparar el maldito cañón. Abandonamos la mesa. El capitán y la capitana fuéronse a dormir, yo pasé la velada en casa de Shvabrin.

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EL FUERTE


Entérate de quién es el culpable y de quién tiene la razón si Ustina o Prójorov. Pero castiga a los dos. Bien, Maximich, vete en gracia de Dios, Piotr Andreich, Maximich le acompañará a su alojamiento,


Me despeli de ella con una inclinación de cabeza y acompañado por el cabo me encaminé hacia una isha que se levantaba en la orilla alta del rio, en el mismo cxtremu del fuerte. La mitad de la vivienda estaba ocupada por la familia de Semenn Kusov, siéndome destinada la otra mitad. Constaba de una sala bastante ascada, dividida en dos piezas por un tabique. Savielich empezó a manio brar en ella, y yo eché una ojeada por la estrecha ventana. Ante mi se extendia la triste estepa. A un lado, había unas cuantas ishas, por la calle correteaban algunas galli-nas, una vieja enn una artesa en las manos, llamaba cou voz chillona a los cerdos, que le respondian con gruñidos amistosos. Y en semejante lugar estaba condenado a pa sar mi juventud! Me invadió la tristeza. Abandone la ventana y, sin cenar, me acosté dispuesto a dormirme, sin hacer caso de las tiphicas de Savielich, que sepetia aron gojado:


-¡Señor de los cielos! ¡No quiere probar bocado! Om dirà la señora si su hipto cae enfermo?


A la mañana siguiente, cuando empezaba a vestirme, se abrió la puerta y apareció ante mi un joven oficial, alko moreno, pero innegablemente fen, aunque vivaz en extremo


-Perdóneme dijo en francés si prescindo de las ev-remonias y me presento ante usted para que nos conur camos, Aver me entere de su llegada, y el deseo de ver por fin, un rostro humano ha sido tan fuerte, que no he podido aguardar mas. Esto lo comprenderá usted cuando


lleve aqui cierto tiempo. Adivinó que era el oficial expulsado de la Caardia por

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motivo del duelo. Rápidamente trabamos conocimiento, Shvabrin no tenía nada de tonto. Su conversación era in-geniosa y entretenida. Me describió, con regocijo v agu deza, a la familia del comandante, su circulo y el lugar adonde me había arrastrado el destino. Reia con toda mi alma, cuando vino a invitarme a comer, en nombre de Basilisa Yegorovna, el mismo ínválido que remendaba el uniforme en el vestíbulo de la comandancia. Shvabrin ofrecióse a acompañarme.


Ante la residencia del comandante vimos a una veintena de ancianos inválidos, con largas trenzas y sombreros de tres picos. Estaban alineados de frente y, ante ellos, ha-llábase el comandante. Este era un anciano animoso, de estatura elevada, que portaba un honete y una bata china. Al divisarnos se acercó a nosotros, me dedicó unas cuan tas palabras cariñosas y prosiguió sus órdenes de mando. Nos detuvimos para ver la instrucción, pero el comandante nos pidió que fuéramos a hacer compañía a Basilisa Ye-gorovna, prometiendo que iría tras de nosotros,


-Aquí añadió no tienen nada que ver.


Basilisa Yegorovna nos recibió sin cumplidos, con fran-ca cordialidad, se comportó conmigo como si fuésemos antiguos conocidos. El inválido y Palasha preparahan la mesa.


-¿Cómo mi Iván Kuzmich no finaliza ya la instrucción!


-exclamó la comandanta Pelasha, llama al señor para comer. Pero, ¿dónde está Masha?


En aquel preciso instante apareció una muchacha de unos dieciocho años, de cara redonda y mejillas sonrosa-das, su cabello, de un rubio ciaro, iba peinad lisamente detrás de sus encendidas orejas. A primera vista no me agradó mucho, y la miraba con prevensión. Shvabrin me había descrito a Masha, la hija del capitán, como una


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EL FUERTE

 


una mesa, cosía un remiendo azul en el codo de un uni-forme verde. Le pedí que me anunciara.

-Entra, padrecito respondió; nuestra gente está en casa.

Pasé a una habitación limpia, arreglada al estilo anti-guo. En un rincón estaba el aparador con la vajilla; de la pared colgaba un marco con un diploma de oficial; a su lado, destacaban unos cuadritos de madera represen-tando la liberación de Kristin y Ochakov, la elección de la novia y el entierro del gato. Cerca de la ventana, sentábase una viejecita, con pelliza y pañuelo a la cabeza. Desenre-daba una madeja que sostenía en sus manos extendidas, un viejecito tuerto, con uniforme de oficial.

-¿Qué desea, padrecito? -preguntó ella, sin abandonar su tarea.

Respondí que había llegado para hacerme cargo de mi destino, y que, según mi obligación, me presentaba al señor capitán. Con estas palabras me dirigía al anciano tuerto, estimando que era el comandante. Pero la dueña de casa interrumpió mí estudiado discurso.

-Iván Kuzmich no está en casa-dijo se ha ido de visita a casa del padre Guerasim; pero, da lo mismo, pa-drecito, yo soy su esposa. Sé bien venido. Siéntate, padrecito.

Llamó a una muchacha y le ordenó que avisara al cabo. El viejo me miraba interesado con su único ojo.

-Permitame preguntarle me dijo, ¿en qué regimiesato va a prestar sus servicios?

Satisfice su curiosidad.

-Y me permito preguntarle añadió-, ¿por qué motivo ha dejado la Guardia por la rla guarnición?

Le contesté que tal había sido la decisión del mandu. -Seguramente por acciones indecorosas del oficial de

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la Guardia-sacó como consecuencia el imfatigable pres guntón.

-Deja de decir tonterías le amonesti la capitana, ve que el joven está fatigaslo por el viaje, no tienes por p agobiarle (mantén los brazos derechos.). Oh, pa drecito -prosiguió dirigiéndose a mi, no te entristezas porque te hayan enviado a este rincón perdido. No eres el primero, y tampoco serás el último. Con paciencia, te acostumbrarás. Alexei Ivanich Shvabrin ya hace cinco años que fue trasladado aqui, por asesinato. Dios sabe qui mala tentación tuvo. Fijate que salió un día de la ciudad, acompañado de un teniente, sacaron las espadas v comen zaron a pincharse mutuamente. Alexei Ivanich degollo al teniente y, además, ante dos testigos! ¿Qué te parece? Para pecar, no se precisa maestro.

Se presentó el cabo, un joven cosaco de porte agradable.

-Maximich-pidióle la capitana, prepara alojamiento para el señor oficial, pero que esté limpio

-A sus órdenes, Basilisa Yegorovnal respondió el ca ho. ¿Qué le parece si acomodamos a su señoría con Iván Polizhev?

-No digas bobadas, Maximich respondió la capita-na-; Polizhev ya está bastante apurado; es mi compadre, y no olvida que somos sus jefes. Conduce al señor ofi-cial. ¿cuál es su nombre y patronimico, padrecito mio? ¿Piotr Andreich?... Instala a Piotr Andreich con Semeon Kusov. El muy truhán ha dejado que su caballo se me-tiera en mi huerto. Qué, Maximich, ¿va todo bien?

-A Dios gracias, todo está tranquilo -repuso el cosa-co, a no ser que el caporal Prójorov y Ustina Negulina han llegado a las manos, en el baño, por un cubo de agua caliente.

-¡Ivan Ignatiev! -ordenó la capitana al anciano tuerto
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dónde sea brilla

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